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Diarrea de Palabras


Serenidad, concepto tan alejado de lo tortuosamente teórico como cercano a lo útilmente práctico. La actitud de manifestarse en forma seria y adecuada ante los seductores tentáculos que momentos anteriores hubo de ofrecer la condición humana. En el reino de la Satisfacción, tal como el vulgo lo había apodado, la condición de existente estaba vinculada con la naturaleza de las limitaciones. De esta manera, y gracias a la productiva relación con la técnica (cuando hablamos de productiva, rescatamos el fundamental hecho de equilibrar las relaciones de fuerza del hombre para con sus logros externos, o producciones artificiales) se estableció un beneficioso artilugio social, conocido como estado de derecho en la antigua civilización, antes del develamiento del Ser.
No significaba mayor importancia la posibilidad de que tal vez, él mismo Dios, haya sido la construcción teórica de otros individuos, empujados por el fervor de la sociedad y libidinosamente pretendido por lo general de la necesidad. Tampoco lo injusto que hubo de ser su mundo, lo soberbio de su mensaje (al mandar a su hijo, como pobre, al valle de lágrimas) y lo aterrador de sus tiempos (en dos mil años un solo diluvio y un primogénito).
Hasta que punto lo real o lo básicamente perceptible, es patrimonio de uno en cuanto sujeto y en que momento este estado de cosas empieza a ser terreno de lo percibido. Sin ir más lejos, los elementos percibidos pueden llegar a dirigir el centro de nuestra atención. Decimos el centro de nuestra atención puesto que nuestro organismo, compuesto por varios órganos funcionales, que a su vez dependen de múltiples constituyentes coordinados, funciona de una manera tal que reúne toda la serie de informaciones escogidas con el fin de, o la obligación, de tomar algún tipo de determinación. La cuestión empieza a consumarse cuando uno toma disparadores secundarios. Estos que no forman parte de escala axiológica alguna, son elementos presentes que actúan inmediatamente sobre lo percibido, ya que por más que tengan una morada anterior a algún tipo de objeto, él actuar ante el fenómeno, se sitúan en una instancia posterior de tiempo, dentro del sujeto claro está.

Es preciso reconocer que el desarrollo analítico de la temática llegó a un punto tal en el que se deben escoger tópicos universales. Si partimos de lugares individuales, se deben explicar todos y cada uno de ellos y esta tarea resultaría imposible si las conexiones de lo mismos se deja de lado, al introducirse uno en el campo de  las conexiones inocentemente se adentro en los dominios de lo universal. Por ello avanzar tras el obligado sitio se convierte en una necesidad y no en una opción.

Razón, sensaciones, conciencia, espíritu, esencia, voluntad, instinto, intención, ser. Términos que cobijan grandes construcciones teóricas pacientemente redactadas como impacientemente leídas y analizadas. De todas maneras a un ser humano tipo no le alcanzaría el tiempo material como para vincularse estrechamente (esto implicaría el leer los tratados escritos en la lengua original, como así también los trabajos de los más renombrados comentadores, escribir pensamientos originales al respecto, dar a conocer la novedad, ser escuchado, entendido e interrogado) con siquiera dos de una acotada lista de conceptos. Sin considerar por supuesto el hecho de que de la teoría a la práctica hay un gran trecho, que difícilmente, más en las condiciones anteriormente descriptas, pueda transitar en el lapso de la existencia física de un ser humano común.                              
Os has considerado, simples palurdos de tu edénico sitio, quiero que sepas que no levanto la voz como para el reclamo de una porción de tierra, no me interesa lo que pueda llegar a cosechar en tan escabroso lugar, yo anunció el advenimiento inminente de mi lucha, por razones morales, pues sé que el término no te causa simpatía, ni por soberbia, ya que no tengo nada que demostrar, lo hago por dignidad, cosa tan alejada de tus dominios. No me perturba él tener que evangelizar a cientos de babayos, dócilmente amaestrados por tu petulante arrogancia, sí, me causa cierta molestia, el saber que tras tu redención, no existirá parámetro alguno como para clasificarme. Y escucha lo que  digo, sí puedes oírme, lastimera parturienta engalanada de arrojos sentimentales, el fruto de tu prostituido vientre pasará al cobijo de mi pontificado himen, él cuál aguarda un ceremonioso y respetable desgarramiento, proveniente de la sensatez de la razón y no de la inequidad de la pasión. Yo iré develando tus estériles misterios, sujetos al poder corruptor de tu detestable apariencia. El hombre es como el agua, no se sabe bien de donde vino, cambia fácilmente de estado, a veces se muestra calmo otras embravecido, puede saberse dulce o amargo, ser decisivo o no en el ambiente. Pero no sólo es necesario sino constituye un continuo discurrir sin sentido inherente, ya que estos forman parte de construcciones relacionadas pero independientes, como el caso de un mar, en el cuál el sol y la arena, pueden crear una playa, pues esta originariamente constituye un sitio donde existen carpas, mesas, sillas y otros utensilios que dan un sentido al agua y su finalidad. Resulta pues innegable que el hombre, en cuanto tal, es sólo en la medida de la coherencia de su entidad, formado por su ser y las exigencias de este, que forjan su dimensión real. El hombre, oasis en la niñez, océano en la juventud, río en la madurez y  agua de pozo en la vejez.