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Del Defensor del Pueblo al Auditor Democrático con Competencia Electoral: Proyecto para que el órgano electoral nacional funcione desde la arquitectura jurídica de la defensoría del pueblo.

Traslado del Poder Ejecutivo al ámbito autónomo, con origen en el legislativo de la institucionalidad electoral. Economía jurídica y real, para precisar la competencia, especificar la “defensa del pueblo”, dotando a la misma entidad creada a tal efecto de la competencia electoral, a fin de que la principal acción resulte en la defensa del voto o sufragio emitido por el ciudadano, para que no lo haga ni condicionado, ni presionado o forzosamente impelido y para que  al realizar el acto del voto, el mismo no sea birlado, cambiado, no contado ni sumado, en ninguna instancia ni provisoria ni definitiva.
El proyecto contempla que desde el andamiaje jurídico-real de la Defensoría del Pueblo de la Nación (Ley N° 24.284) no sólo se defina su funcionalidad específica (desde su nacimiento normativo como en las distintas partes del mundo en donde se implementa se encuentra una dificultad para expresar en forma taxativa y fehaciente ante qué y cómo defiende una institucionalidad a los ciudadanos de los posibles excesos que cometan las institucionalidades hacia ellos) sino que además aprovechando la misma, se traslade la competencia existente en la actualidad en la órbita de la Dirección Nacional Electoral, dentro del Ministerio del Interior del Poder Ejecutivo Nacional.
Toda lo atinente a lo electoral, de esta manera, tendrá su funcionalidad, con origen en el poder legislativo, pero de funcionamiento autónomo, dotando además al mismo de la posibilidad de hacer docencia democrática, dado que también se trasladaría el Instituto Nacional de Capacitación política que pasaría a ser un Instituto para el fortalecimiento democrático.
Tal como en Ecuador, como  México o distintos países del mundo, el órgano electoral esta disociado, expresa y explícitamente del poder Ejecutivo, que siempre en lo electoral pone en juego o su continuidad o sus intereses políticos, claros y manifiestos, atentando de hecho y palmariamente con la, al menos, sensación de asepsia que se debería garantizar para el ejercicio del voto de la ciudadanía. No sólo en las últimas elecciones nacionales se demostraron los problemas tanto conceptuales como reales que posee el actual sistema imperante, sino que sistemáticamente, desde el recupero de la democracia, la cuestión electoral, ha sido una tarea pendiente a nivel institucional como normativo.
A los efectos no sólo de corregir también o mejor dicho de precisar la institucionalidad del Defensor del Pueblo, sino a los efectos de que este traslado que se propone de dos órganos del ejecutivo, no se transformen en la posibilidad de la creación de una entidad elefantiásica que genere mayor gasto, agio burocrático y devaneos interminables, es que se propone la refuncionalización, reacondicionamiento, normativo, para su posterior consecución en la realidad de que la cuestión electoral garantice la expresión democrática de la ciudadanía en su conjunto y que una vez o que cada vez que esta decida todos podamos conocer, sin tinte de sospecha alguna, como ha resultado tal jornada electoral que es ni más ni menos que el símbolo de nuestra vida democrática.
A continuación unas breves líneas de argumentación, quedando a entera disposición de instituciones como autoridades que requieran el proyecto en su integridad para poder darle el mayor curso posible.
El Presidente del Instituto Latinoamericano del Ombudsman (ILO) el Dr. Carlos Constela, en su apreciable obra “Teoría y Práctica del Defensor del Pueblo” (Editorial Zavalía), inicia el texto en la búsqueda histórica del surgimiento de la figura en cuestión, llegando no a su primer momento simbólico, sino a su naturaleza jurídica y filosófica (es apasionante el discurrir planteado por el doctor que lo develan como un conocedor de los mundos jurídicos, históricos como filosóficos)  que la define con claridad meridiana como la sustentación del defensor del pueblo en el “poder negativo” , cita “Sólo por virtud del llamado poder negativo se puede afirmar que la del defensor del pueblo es una magistratura para defender al pueblo y limitar los excesos diferenciales del poder en la defensa de la democracia (pág 69.)”, haremos un alto en este punto, no para confrontar teóricamente con el Presidente del Instituto, ni mucho menos, sino para simplemente dar nuestra perspectiva.
En el historicismo que pretende la obra mencionada, el autor reconoce la imposibilidad de detectar el momento cero o iniciático de la defensoría (“Haciendo la historia del ombudsman dice un catedrático belga, que cuando se intenta rastrear sobre los antecedentes de esta institución debe indagarse en el amplio campo de la evolución de las estructuras legales de la sociedad” pág 12, ibídem)  resulta extraño incluso, sí se analiza toda la obra, que en este pasaje el autor sólo señale la cita sin brindar nombre y apellido del citado, mencionando sólo su nacionalidad, dado que en todo su compendio son cientos los  autores a los que recurre, y claramente expone en el mismo  independientemente de esto, y acudiendo a otros análisis acerca de la razón de ser y por ende la historia de la figura del defensor del pueblo, el consenso continúa acerca de su difuso origen, pero estos últimos analistas  o teóricos agregan que provendría de la cultura nórdica o escandinava.
Aquí es donde los teóricos que respaldan la posición “latinoamericanista” con el instituto que preside Constela a la vanguardia, dividen aguas entre “el defensor del pueblo” y el ombudsman, veamos “Hemos sostenido desde hace tiempo la naturaleza tribunicia del Defensor del Pueblo por oposición a la idea que lo identifica como un comisionado parlamentario. Del mismo modo afirmamos que sus orígenes están en el Tribuno de la Plebe de la antigua Roma antes que en el Ombudsman escandinavo. (Constenla 2008: 27-40; 2010: 308-317; 2011: 42-50; 2012: 328-331) El mismo autor propone otro libro determinando este origen histórico y con gran didáctica, diferenciando el defensor del pueblo latinoamericano del ombudsman escandinavo o europeo.
Sin embargo, y aquí esta nuestro aporte o perspectiva teórica, en lo que no repara Constenla, es que el origen europeo de esta figura (lo expresa el mismo autor en su obra, anteriormente citada,  de Teoría y Práctica del Defensor del Pueblo; “En la historia de España existe una singular institución a la que se apela como antecedente histórico, se trata del justicia mayor de Aragón, gestado en el siglo XIII como mediador y moderador en las pugnas entre el rey la nobleza” pág. 186) que se observa claramente también en la historia de la corona británica (la recordada y taquillera película “Corazón Valiente” inspirada en la vida del Escocés William Wallace, quién ejerce una representación natural del pueblo, del suyo, es decir del más cercano en un inicio, ante abusos normativos concretos, el derecho de pernada por ejemplo, y ante la pasividad o la complicidad de quién debía velar por los mismos, la propia nobleza escocesa, es una cabal muestra de lo que arriba se menciona en forma teórica) y en definitiva de la razón de ser del instituto del ombudsman en toda Europa, por más que pueda diferenciarse en su naturaleza histórica o en los principios metodológicos, resguarda o guarda, la misma finalidad o teleología que la del defensor del pueblo latinoamericano.
En este punto, presentamos nuestra disrupción, a diferencia de la historia Europea, a nivel normativo, mucho más ordenada y con su propia razón de ser, y a diferencia de la nuestra, que muchas veces, sólo ha sido una burda imitación o copia teórica de lo que ocurría, Atlántico mediante, deberíamos aprovechar la institución del defensor del pueblo, no sólo para sacarlo de esa “negatividad” jurídica que debe a su supuesta razón de ser (Eurocéntrica en verdad) , sino también no introducirle a la comunidad una posición a la defensiva (no entraremos en aspectos psicológicos y lo pernicioso o poco productivo o placentero de una posición tal) es decir que sienta la necesidad de estar defendida de sus propias instituciones creadas, paradojalmente, para hacerles más feliz o más sencilla su existencia, por tanto, consideramos necesario, sin cambiar una coma, desde el punto de vista jurídico o procedimental, sino con la designación de hombres que entiendan o proyecten una idea filosófica y no sólo se planteen ocupar un lugar por el rol en sí mismo o por el sueldo, que se le puede agregar en el espíritu de la defensoría del pueblo un rol que tenga más que ver con una función explicativa, con una posición pedagógica.
Pese a los años democráticos transcurridos, aún nos asombramos de como ciertas situaciones parecen poner en vilo a nuestra institucionalidad (Desde una inundación, hasta una ley electoral confusa y anquilosada) no por casualidad, quiénes nos dedicamos a los aspectos teóricos, sin desentendernos de lo práctico, en este caso, el de esta pluma, que intitulo su último ensayo de filosofía política “La democracia incierta”, creemos indispensable el hacer pedagogía democrática, sobre todo en las esferas o capaz más marginadas por la miseria y la pobreza estructural que asola y azota desde hace tiempo nuestra región.
Para ponerlo en términos prácticos se podría aprovechar el rol aún no acendrado del defensor del pueblo para que más que un defensor, o además de un defensor, sea un auditor democrático, un explicador popular de lo que es la democracia, sus usos y funciones. Resolviendo de esta manera una de nuestras deudas, arquitectónicamente conceptuales más colosales, la de tener un organismo de lo electoral por fuera del Poder Ejecutivo, con base en el legislativo, pero con autonomía, reservándose además la promoción o el auspicio de otras prácticas democráticas, además del voto, mediante el Instituto para el fortalecimiento democrático.
Tener un defensor y a su vez un difundidor, o un auditor democrático, sería mucho más útil y tendría más que ver con nuestra propia historia, que lo que  se pudo haber copiado de Europa, esta posibilidad, concreta y puntual, como tantos aspectos centrales de nuestra vida democrática, a la que debemos honrar en sus actos más sagrados, como lo es la posibilidad de emitir un sufragio y que el mismo sea contado y/o sumado, tal como fue emitido o sufragado en tiempos y en los procesos o métodos más, democráticamente adecuados.





El libro agoniza en la terapia intensiva de las ferias que organizan para exterminarlo.

“Lo que llamamos literatura no ha existido siempre; es decir, por literatura entendemos una cierta relación que hoy mantenemos con ciertos textos, algunos de los cuales (los contemporáneos) pueden haber sido ya producidos como tales, mientras que muchos de los demás no fueron en absoluto literatura en el momento de su producción y recepción primeras…Comprendemos que la literatura es hija de determinada sociedad y solidaria de una serie de instituciones (Academia de letras, sociedades de autores, facultades de filología, prensa periódica, mercado del libro, alfabetización y escolarización obligatoria, etc.) de muy reciente consolidación…La noción de escritura, una noción que pretendía abrazar a la literatura y a todo aquello que no era justo llamar así, y que por tanto no partía de distinciones de géneros, estilos, temas, jerarquías, o autorías, sirvió para neutralizar valores subrepticiamente pasados de contrabando por la idea de literatura…permitiendo el análisis en términos de escritura que no solamente reivindica obras menores o autores malditos sino que eleva el rango de objetos dignos de análisis textos plebeyos o secundarios”( Pardo Torío, J.S. “La aporía de la diferencia”. Editorial Síntesis. Madrid. 2014. Pág. 200).
La cita que antecede es un cabal ejemplo ratificatorio y contundente de lo que se pretende transmitir. El libro objeto, del que se extrajo lo citado, lo encontré en una librería a punto de cerrar, en una suerte de palangana plástica que contenía libros como otrora pudo contener excrementos humanos o vísceras de chanchos. Lo único que aglutinaba a los libros allí reunidos era su precio, tres dólares. Obviamente que por tal suma, alguno de filosofía encontraría y resulto que eran mayoría, los allí depositados que se vendían más baratos que el papel, en cualquiera de sus otros usos. Por esos caprichos del destino, y buscando editorial para mi sexto libro, me topé con la firma española que publicó tal objeto despachado como retazo. El dueño, director o responsable, tras una suerte de “evaluación” de mi manuscrito, me escribió un correo electrónico expresándome que editaría mi libro, siempre y cuando, comprará por anticipado una cantidad determinada de ejemplares, aduciendo razones de mercado y demás argumentos económico-financieros acerca de la realidad de la industria del libro. Sabía de muchas editoriales que hacen esto, pero claro, lo expresan  de anticipado, y está muy bien. Llegan a tener una suerte de denominación de edición a demanda o autoedición, al punto que en mis jóvenes años hube de experimentar tal aventura sólo recomendable para ciertas personalidades (de lo contrario se podría cometer la tropelía de recomendarle a un romántico que pagando por sexo pretenda encontrar amor).
Claro que como todo en la actualidad del “postiempo” , la multiplicación de lo mismo, en una surte de exceso en el juego de espejos enfrentados, nos devuelve este tipo de experiencia, de editoriales que se venden como las tradicionales, pero  que terminan siendo lo que no pretenden ser, de lo contrario se presentarían como tales.
El caso de los emporios editoriales, de las grandes o clásicas, es harto aburrido el desenmascarar cómo funcionan. Existen, valga la paradoja, libros enteros denunciando esto, o lo que es peor, cadáveres, de escritores que han dejado su vida, ahogados en la angustia que no mitigó ni el alcohol, ni el tabaco, ni las drogas, de escribir para que firmen otros, de tolerar evaluaciones ciegas, triples referatos, de académicos, ciegos o tuertos,  que sólo son leídos, obligatoriamente por sus circunstanciales alumnos que cuando se reciben, en el mejor de los casos, los saludan para el cumpleaños, más por una suerte de síndrome de Estocolmo que por haberles dado algo válido para sus vidas.
Esta falta de oxigenación, de democratización del libro, la encontraron como oportunidad las nuevas editoriales, que en verdad producto de los tiempos modernos (es decir de las máquinas que imprimen en menor tiempo y en mayor cantidad) no son más que fotocopiadores con cierto marketing que asociados a gobiernos de turno, inventan esta serie de “Ferias del libro” que no son más que un negocio, para esas fotocopiadoras modernas y los gobernantes que se llevan el aplauso gratis de haber organizado un evento cultural.
De acuerdo a los datos que brindan fundaciones de investigación  (cerlalc.org) en Argentina leemos menos de 5 libros al año. El nivel africano de tal resultante se agravaría temiendo que tal estudió se llevó a cabo en las grandes urbes argentinas. Se estima, que donde la pobreza golpea con más fuerza, el norte argentino, el promedio de 4,6 libros leídos al año, desciende a como mínimo 3.
Claro que las ferias del libro, en el maridaje señalado, dirá que en un pueblo o ciudad de, supongamos 50.000 habitantes la primera feria del libro de la paloma cultural, indicó que se vendieron 200.000 libros.
Esto mismo es lo que nos permite afirmar que estamos matando al libro. Las fotocopiadoras que se dicen editoriales, venden fotocopias, que dicen que son libros.  Rejunte de hojas anilladas, que en el mejor de los casos son un recortar y pegar de funcionarios de un ministerio. O tal vez, lo más grato que se encuentren en tales encuentros, sean los poemas del diputado, o del fiscal, que se puede pagar la autoedición, pero que ni siquiera se toman en serio el hecho de escribir un libro, por lo general, se los hacen sus secretarios o esos escritores fantasmas que, como los libros, están en la terapia intensiva,  acosados por las adicciones, ante este mundo que pretende someter a todos por igual bajo el báculo de la formalidad vacua y huera, bajo la estupidez egoísta del poder simbólico del billete.
A los gobiernos le sirve, decir que en una semana, cinco millones de tipos pasearan por tal feria de “la cultura absoluta” y compraran otros cientos de miles de fotocopias. Es mucho más difícil, trabajar culturalmente en que un pueblo, o su clase dirigente, reconozca con prestancia, jerarquía, respeto o consideración a un poeta que a un prestamista, a quién demás está decir lo tienen en un sitial de semidiós (insistimos, la idea es poner a ambos en el mismo sitial, no bajar a uno para subir a otro, no son excluyentes o no debería serlo). Claro este seguramente financio la llegada de las maquinas fotocopiadoras que se dicen editoriales, y posiblemente pueda pagar también para que hagan sus memorias y quede en papel la historia de su vida. Lamentablemente para sí, no podrá cambiar lo que ha hecho o no (es decir sí toda su vida ha prestado dinero y está orgulloso de ello, no debería pretender haber hecho otra cosa), el escritor, sin embargo sí, puede cambiarlo todo, y además no tiene reparo de conciencia, es decir, puede vivir muchas vidas escritas, indistintamente, sin que eso lo conmueva o lo dañe.
Un escritor en verdad no necesita de una feria, ni siquiera de un libro. Al escritor le alcanzan con las palabras. El público que tenga o no, es lo de menos, esta es la consagración de un hombre de letras, prescindir del resultado, en el juego que ha hecho con esas palabras.
Para mis colegas, a esos que aún les molestan estas minucias de mercado, les digo que sí sirve de testimonio, he decidido prescindir del libro como elemento que me defina, ya no significa el fetiche de la consagración simbólica.
Resolví enviar a todos los correos electrónicos que encuentro, el conjunto de palabras que se da en llamar libro. La experiencia es sumamente recomendable. Creo que es el camino que tenemos, mediante esta era, los escritores (es decir ni siquiera la otra trampa de los libros electrónicos, ni nada de ello, socializar, indiscriminada y azarosamente lo que uno ha escrito). En el camino, recibo respuestas de quiénes se enojan porque les llego un correo no deseado, pienso en cuán enfermo estamos de hacernos problema por algo así en un mundo que se cae a pedazos, producto de la violencia, la pobreza y la marginalidad que padecen millones de hermanos. También y lamentablemente en menor cantidad, agradecimientos, aliento. Me da mucha gracia, las respuesta que me envían revistas académicas o científicas, que me brinda un link y me aleccionan acerca de cómo tengo que presentar el texto  para ser considerado ( lo peor de todo es que me he aburrido de publicar en esos lugares, que no son leídos ni consultados por casi nadie, y que te piden exclusividad, en una suerte de contradicción manifiesta dado que, uno como autor busca llegar a mayor cantidad de personas, y ellos someten al texto a evaluaciones, cansina, ciegas, bobas, que terminan de sepultar la posibilidad de que alguno más que no forma parte de tal cofradía lea algo de lo que producen) y ni siquiera están leyendo el correo que les mando, en donde les digo en tres líneas que les estoy mandando un manuscrito de filosofía política, en el caso de que les interese. Y me responden, sin leer o sin entender que no quiero (porque además les envío mis datos donde están todas mis publicaciones científicas y académicas) publicar bajo tales reglas, solo quiero escribir y compartir lo que escribo.

Sería más honesto, más directo, más efectivo, que quiénes desean la muerte del libro, organicen la quema de los mismos, pero claro, como ya se realizaron varias a lo largo de la historia, ahora la condenan a la agonía de esta terapia intensiva mencionada, siguen sin entender que así maten los papiros, los libros, incendien las imprentas, travistan las editoriales de fotocopiadoras, camuflen la literatura o la cultura con el cualquiercosismo o el reducto para los amigos o amantes con sensibilidad, no podrán con el pensamiento, ni con su símbolo, la palabra. Como recuerda uno de los pocos escritores que quedan, Girala Yampey, para el Guaraní, que vino a estas tierras en busca de la tierra sin mal, la palabra es alma, y el alma está más allá de las formas, llámese libro que se exhiban como tales en ferias de vanidades.     

Socius fit culpae qui nocentem sublevat.

"El que apoya al culpable se hace cómplice de la falta". Su autor Publilio Siro fue un escritor latino de la antigua Roma. Fue hecho esclavo, pero gracias a su talento se ganó el favor de su amo, que lo liberó y educó (a diferencia de las esclavitudes modernas en donde la máxima expresión de libertad es que te brinden la posibilidad de ganarte un salario que apenas permita la subsistencia, una suerte de condena para no dar cuenta de lo corto de las cadenas). Recibió el premio de César en una competición en la que venció a todos sus rivales, incluido el célebre Décimo Laberio en los tiempos en que los premios y las distenciones eran tales, y no reductos de la baja politiquería para comprar favores a cambio de caricias a la vanidad. De sus obras queda únicamente una colección de "Sentencias" (Sententiae) y la siguiente es tal vez la más contundente, sobre todo en los tiempos actuales en donde, la sociedad civil, pretendería que se cumpla "iudex damnatur ubi nocens absolvitur" ("El juez es condenado cuando el culpable es absuelto.") tal máxima, tan determinante, efectiva y sencilla. La complicidad en la falta, y que hace culpable al que apoya al truhan, cuando es lesiva de la cosa pública, se transforma en crimen de lesa humanidad, como pretender borrar con una sentencia la imprescriptibilidad de haber asesinado en nombre y con recursos del estado, o pretender asesinarlo a este, mediante el transfuguismo electoral, o la asonada institucional de haber accedido a un cargo por un partido, frente o espacio político y antes de terminar tal función abandonar tal conducto o carro por cualquier excusa fútil.
Bien lo expresaba el Loretano Oscar Portela, quién no aprovecho como el otro (habría que ver sí esto es bueno o malo) su genio poético para que el estado le bancara sueldo de legislador para él y su pareja, “Llamar a reflexión a una sociedad  con vocación de suicidio permanente. Y pedirles a nuestros diputados y senadores nacionales y por qué no provinciales, al Gobernador de la Provincia etc. una ayudita para los amigos. A que pregunten si que necesita la familia de alguien que vino para enriquecer el patrimonio- angaú- del espíritu de los Correntinos”. Oscar al expresar contundentemente estas realidades, se ganó el olvido, la indiferencia y hasta el desprecio de quiénes se consideran tanto sus pares, como quiénes debían administrar el estado como para hacer políticas públicas y culturales. A tal punto siguen batallando contra Oscar, que a tres años de su muerte, siquiera recuerdan, institucionalmente, su fecha de natalicio, un 13 de mayo como el de ayer. Pero claro, Oscar encarnó en una idea, en una figura, la del poeta eterno que debe lidiar contra las nimiedades de tipos temerosos, que huyen despavoridos por el temor a ser humanos. En tal condición, la de la humanidad, se encuentran valores, como por ejemplo la lealtad, hacia una función, la de ejercer públicamente un espacio dentro del poder político, sin agachadas, sin atajos, sin sinuosidades.
Para ello y habiéndonos dado cuenta que se constituía en un gran problema para el campo atestado de hienas republicanas, el asentarse en principios inflexibles como el descripto, es que avanzamos en proyectar, propuestas como las siguientes, a los efectos de evitar mayores males democráticos:
Los bloques parlamentarios deberán corresponderse con los partidos o frentes que fueron electos sus integrantes, no pudiendo los legisladores cambiarse de bloque o crear uno nuevo hasta la finalización de su mandato. Esta limitación le corresponderá también al vice que ejerza como presidente nato del cuerpo. Caso contrario, quiénes manifiesten una conducta política que no se corresponda con la adoptada por la mayoría del bloque o espacio político por el que fueron electos, deberán presentar su renuncia en forma indeclinable.
Se propone establecer el sistema que posee la República Plurinacional de Bolivia (los diputados que pertenezcan a un mismo partido político, jurídicamente reconocido, se organizarán en una Bancada Política. La división de las Bancadas ya constituidas, no dará lugar al reconocimiento de otras nuevas, hasta la conclusión del período constitucional) o la de Costa Rica (Los diputados se consideran integrados a la fracción del partido por el cual resultaron electos y ninguno puede pertenecer a más de una fracción) a los efectos de modificar el actual sistema Argentino (el nacional, del cual se desprenden o adhieren casi todas las provincias) que facilita, solamente mediante una nota reglamentaria, que un legislador que ingreso, por la lista, por el espacio, por los pilares de la institucionalidad democrática, como son los partidos o frentes electorales, luego, al asumir, o al tiempo de ello, con cualquier tipo de argucia política, cambian de bloque, o crean uno nuevo, birlando la esencia y el espíritu mismo de la representatividad y por ende de lo democrático. Este fenómeno, que mal se llamó en Argentina “De travestismo político” o “Borocotización (en homenaje a un Diputado que ni bien asumió por un espacio político, se pasó  o cambio de bloque, edificando a partir de su apellido un término que denota la traición política, no ya a un espacio sino a todo el sistema representativo) seguramente no será evitado, por una normativa como la que se propone, pero al menos, administrativamente se plantea una modificación que no facilite este tipo de conductas tan nocivas para nuestras actuales democracias.
Mientras todo el concierto de lo establecido políticamente, plantea en escena, supuestas discusiones nodales, acerca de cambios o de transformaciones en lo electoral, vemos con preocupación que esto no es más que una suerte de pantomima nimia, que contribuye a un juego de fuegos artificiales mediáticos, que a lo sumo, mejoraran lo obvio, es decir una mera cuestión metodológica. Que en vez de que el ciudadano, ceda su representatividad, mediante un sobre donde ponga una boleta en papel, como lo venimos haciendo desde hace décadas, y lo empiece a hacer mediante oprimir un botón en una máquina electrónica, no puede constituirse en el cambio radical o la tan mentada transformación que se nos vende, con bombos y platillos.
Ni siquiera pretendemos que el cambio, la transformación o la modificación, sea conceptual y que por ende discutamos, el pasar de una democracia agonal (tal como lo plantea con claridad meridiana y condicionada, el sistema de balotaje o doble vuelta, con su polarización tan preestablecida) a una consensual (como el sistema Español, el del Vaticano para elegir Papa, o el de las viejas organizaciones precolombinas) tampoco el rediscutir el pasar del actual sistema hiperpresidencialista (que se derrama en las provincias en un sistema hipergobernadorista) a uno parlamentarista. No se trata, como se plantea a nivel económico, una discusión de shock o gradualismo. Se trata de lo basal de nuestro sistema democrático, y al menos, con esta como otras iniciativas, pretendemos que se respete un poco más el voto del soberano y por ende la lógica de la legitimidad representativa.
La pobreza, la marginalidad y todo lo que genera la exclusión (falta de educación, problemas con adicciones, etc) vendría a ser como la esclavitud moderna, es decir condición necesaria del gobierno del pueblo, así como los Griegos, idearon la democracia en las polis con ciudadanos con menos de cinco mil habitantes y un sinfín de esclavos, la versión moderna de nuestra democracia, sostiene la esclavitud, con una realidad aún más cruel que la del tipo encadenado y azotado a latigazos, más no así su imagen, a la que nadie presta atención, o a la que ya nos hemos acostumbrado (asentamientos, pisos de tierra, techos abiertos, panzas llenas de aire, mugre en las narices y en los cabellos, pies descalzos y rostros simiescos) a la que cada cierto tiempo, el de las elecciones, aquellos elegidos (los políticos), van, saludan, le llevan un bolso de comida, una ayuda, un beneficio, un instante de ciudadanía, para que en ese breve pasaje humanizante, estos lo convaliden con el voto que les brinda las prerrogativas a los políticos, ya transformados en la casta superior.
Somos pocos, los que leemos, los que entendemos, los que hemos tenido el raro privilegio de escaparle a la esclavitud señala, a la pobreza estructural que no nos hubiera permitido alimentarnos y con ello nos hubiese dificultado el desarrollo neuronal. Como si esto fuera poco, y para los pocos que entramos en esa segunda fase, las estructuras creadas para convencernos que el gobierno del pueblo es el elixir de los dioses, son más que efectivas y condicionantes. La educación, la religión y el trabajo, son las tres patas de una mesa que alinea, determina y somete, cualquier tipo de espiritualidad, o libre pensamiento, que se atreva a discutir esto mismo. En caso de que el ánimo del irreverente no sea controlado, la penalidad del encarcelamiento, la locura o la marginación, le esperaran al preso, loco o al imbécil. La medicina es la etapa final, o mejor dicho la antimedicina y su asociación con el desarrollo de lo técnico, le aguarda al rebelde con la guadaña afilada, de propinarle, mediante la excusa del stress y demás argucias de índole medicinal, un infarto, un cáncer o un derrame cerebral.
Escaparle a todas estas fases, debe ser un milagro, proveniente de alguien mucho más justo y ecuánime del que llaman Dios, y lo menos que se merece es una nota, como la presente, como para dejar testimonio que estas excepciones existen, para confirmar la regla
Pero todo es en definitiva cultural, como lo dijimos y quiénes comprendamos esto, debemos obrar no contra hombres, ni nombres, sino contra un sistema, que produce en serie a aquellos y en cantidades industriales a quiénes le temen a estos, la ecuación es fácil, no será posible convencer a la gran mayoría en tiempo acotado, sino más bien en tiempo prudencial, a quiénes están signados a ser popes por el sistema, es a ellos a quienes le debemos dirigir nuestras canciones y loas más efectivas para lograr cambios que se impongan y sean perdurables en el tiempo.
Y porque no desconocemos que los textos son diálogos en el tiempo, deseamos finalizar de la manera más sensata para lo filosófico, que es el reinado de la pregunta, dirigida a quiénes pueden detentar un circunstancial poder, para que las puedan responder en la magnificencia de sus soledades o en la grandiosidad de sus actos públicos y de aquí la razón de este proyecto, de imponerle límites radicados en principios constitucionales, para que no hagan y deshagan a su antojo, cuando sólo le hubimos de ser, condicionada y parcialmente, cierta representatividad en un determinado contexto (por ejemplo un espacio o partido político por el que ingresaron y mediante el que los votamos y que no puedan cambiarlo en el tiempo que dure su mandato)o que en caso de que lo hagan, que renuncien a los cargos por los frentes que fueron elegidos y que una vez dentro del poder piensan en fraguar o violar tal confianza que les ha sido dada.






Las escasas diferencias democráticas entre Alemania y Ruanda.

En ambos países se elegirá el presente año la máxima autoridad política. En uno, quién irá por su cuarto mandato, aquilatará al completar en caso de que se confirmen los pronósticos de las  encuestas, más de quince años en el poder, en el otro serán algunos más, con la salvedad que en este se realizó un referéndum y el 98% de la población aprobó la posibilidad de continuidad. Ambos estados, luego de guerras sangrientas, en la más reciente, fratricida, intestina que no salió, de los límites parroquiales de la geografía del lugar, en la otra, se generó a partir de la misma la última guerra mundial, pueden esgrimir índices económicos que expresan crecimientos del producto bruto interno, y otros datos objetivos, que son sin embargo, dimensionados en forma distinta, disímil, en el concierto internacional. En uno de los países la representación femenina en el parlamento araña el 65% en el otro, uno de los partidos que contaría con el 20% de adhesión, suscribe abiertamente a principios, postulados y manifiestos declarada y decididamente xenófobos.
Tentados a desgranar las diferencias etnológicas, estéticas, culturales, que dimanan de cada uno de estos países y que nos condicionan a una determinada perspectiva no solo de ellos, sino de nosotros mismos a partir de esto, solo tenemos que agregar que tal vez, el enfoque desde que realicemos nuestros análisis, nuestras lecturas, no sean más que sensaciones parcializadas, imperialistas, totalitarias, absolutistas, que al explorarlas en sus supuestas razones, sólo exhiben como lo substancial, como piedra basal de la arquitectura sorprendente, la contundencia de la violencia, de la estridencia de la fuerza como punto cero o punto de partida.
Las razones democráticas que se han utilizado y se siguen utilizando para generar posibilidades supuestas de libertad, allí en donde, supuestamente no las habría o supuestamente las desearían, no son más que suposiciones semánticas que se utilizan a los únicos efectos de sostener en el poder, a los que garantizan que las reglas del juego determinen que los ganadores de la partida sean pocos y los perdedores muchos.
Uno de los principios, o mejor dicho, de los pruritos, que la ciencia política, casi en su condición de brazo académico, de razón instrumental del poder de facto, que instauró como deidad, llamado “alternancia en el poder”, no es más que una excusa burda, que además de ser contradictoria en cuanto a que viola la disponibilidad de que el soberano vote a quién le plazca en el uso de su libertad irrevocable, que se la utiliza para mantener a raya a países de segundo y tercer orden, dado que desde donde se mueven los hilos de Ariadna de Occidente, esto es tan real y practicable como en Ruanda.
Los límites imaginarios, esto es tautología, dado que todos los límites son productos de nuestra imaginación, o en verdad de nuestros temores, que traza la política para delimitar quién puede estar dentro y quién puede estar fuera de su sistema integral, no es más que una fantasía insustancial que no resiste el menor análisis, como para que este dotada de cientificidad, de razonabilidad o de sentido común.
La democracia es en verdad “Realpolitik” (término no casualmente Alemán) que define la política de la realidad, la política de la praxis. Tampoco casualmente, el militar nacido en Alemania, Carl von Clausewitz, acuño la célebre definición “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. La democracia es asociada o vinculada como razón fundamental o teleológica para una vida en plena libertad. Paradigmáticamente en al menos una tribu Africana, no pudieron encontrar una definición en la lengua original que expresara lo que para occidente significaría libertad. Tiempo tardaron en darse cuenta que no había un término que significara libertad, dado que no necesitaban poner en palabras lo que vivenciaban, a diario y cotidianamente en acto.
Probable y posiblemente más lejos estemos de mejorar nuestras institucionalidades democráticas mientras más digamos que trabajamos por ellas a riesgo de pretenderlas, pétreas, absolutas, imperativas y apegadas a formalismos normativos que desdibujan nuestra compleja condición humana.  



Paraguay nueva víctima de un conflicto de poderes que no representan lo democrático.

"El derecho de sedición debe ser respetado, salvo en el caso de peligro claro y presente, el cuál obligaría a restringir las libertades políticas" Rawls. J.
Ante los hechos que observamos en forma directa, de ciudadanos que prenden fuego sus espacios de representación institucional, nos vemos obligados a continuar trabajando, desde el concepto, como lo venimos realizando, casi proféticamente, en este caso particular en relación al artículo que impedía la reelección del Presidente de Paraguay, pretendiendo resolver por lo frío de la norma, una cultura que generó a Gaspar de Francia como a Stroessner y que debía de ser resuelta profundizando lo democrático, es decir la cuestión meramente electoral, y no pretenden torcerla con cabildeos que obviamente terminarían (sí es que esto acabó, Venezuela  está en una situación harto compleja también, o sí es que continuará en el plano de la acción o en otras fronteras, o ambas) en disputas de poderes abstractos que devienen en el florecimiento de la gente en las calles, iracundos, violentos y dispuestos a pasar por fuego, lo que consideran que se llevaron puesta su posibilidad de comer como de vivir dignamente.  
Cómo lo siguiente que afirmábamos semanas atrás, no se produjo y en cambio se apostó, al devaneo, a lo difuso del interactuar de poderes del estado, difuminados en lo que verdaderamente representan, se llevó a una situación de hastío ante el manoseo que escondía las verdaderas intenciones de una clase política, alejada por siempre de los intereses de los sectores populares, pero irracionalmente distante de la lógica política.
Creemos en la inconstitucionalidad del artículo Nº 229 de la constitución Paraguaya  que impide la reelección del máximo gobernante ; estamos ante la defensa del derecho básico del ciudadano a poder elegir a quién lo gobierne, sin que medien condicionamientos de corporaciones políticas o clanes, o facciones, con representatividades ocasionales, como en mucho de los casos de legitimidad difusa, cómo es el caso, de la limitante de reelección al máximo cargo político de un país soberano que dice tener para sí, precisamente un régimen democrático, en donde la soberanía residiría en la voluntad popular, sin condicionamientos. Dentro de un contexto, no solamente, político, sino social en donde esta limitación no existe ni como planteo teórico. Es decir, atenta este artículo contra todo un sistema político, donde salvo el Presidente, el vice y los gobernadores, todo el resto de la representatividad política, puede ser reelecta, sin ningún tipo de ecuanimidad ni razón argumental que determine esta inequidad para el libre desarrollo de los derechos políticos del ciudadano. Asimismo consideramos también que atenta contra nuestros usos y costumbres, en donde desde los gremios, como los entes autárquicos, los clubes de barrio, o cualquier organización de personas, están al mando de alguien, que por lo general siempre consigue permanecer por muchos años al frente de lo que coordine, dirige o preside. Esto desnuda que a nivel teórico, sobre todo ciertas minorías ilustradas, pueden estar en contra de reelecciones, pero es nuestra forma de ser ante el mundo, tiene que ver con nuestra tradición, con nuestras costumbres, es cómo si alguien mañana, en una convención constituyente quiera establecer el fin del monoteísmo, no por ello la gente, dejará de creer en un solo dios y empezará a creer en varios.  Nosotros con esta presentación apuntamos a defender el derecho básico y esencial del ciudadano, elegir quién lo gobierne, que creemos que se está vulnerando, por una disposición normativa escandinava que nada tiene que ver con lo que hemos sido ni lo que somos como pueblo en la gran nación guaraní.
Lamentablemente venimos de tiempos en donde se nos quiere hacer creer que la política es lo urgente, es la dinámica pura y dura de un hacer alocado, y la política, es lo subyacente, son las reglas de juego que tienen que ser mejoradas o cuestionadas desde la razón, para que los ciudadanos, no se encuentren una y otra vez con los mismos problemas irresueltos por parte de quiénes cambian de envases, que también, lamentablemente, vienen en recipientes más insustanciales, que son partidos políticos que no plantean, ni defienden planteamientos, sí no que tan sólo se terminan disputando el poder para responder a intereses facciosos o de clanes, separándose de tal manera de los que dicen representar que son los ciudadanos.
No debemos, sin embargo, dejar de soslayar que estar a  favor de las reelecciones, es políticamente incorrecto, o no recomendable desde el punto de vista teórico. No sólo consideramos que estamos más allá de que esto beneficie o perjudique a alguien, sino un desarrollo teórico de proporciones, de allí que reconozcamos que probablemente sea no recomendable reelegir gobernantes. Ahora, no podemos tener reglas de juego que no sean ecuánimes y que atenten contra el sistema mismo al que se propone y presenta como lo mejor que podríamos tener políticamente. Es decir sí las reelecciones tienen un límite, que lo tengan para todo y cada uno de los cargos ejecutivos y representativos y que se haga extensivo al funcionariado que es designado de forma discrecional, sí no, que no se le impida al soberano, el elegir a sus gobernantes, a riesgo de que eternice a personajes en el poder. Es decir, tenemos que apostar a hacer madurar a la ciudadanía, darle la libertad de que pueda votar a quien quiera, las veces que lo desee, pero que tenga la madurez de saber los riesgos de reelegir indefinidamente. Es como si uno como padre de un pre adolescente, no lo deje salir a divertirse a la noche, por temor a que tome malas decisiones, esa no sería la posición correcta, lo correcto sería que lo formemos para que él pueda tomar las mejores decisiones, y que nosotros no le impidamos nunca ese ejercicio por temor o por riesgo de. Es lo mismo que pasa con ciertos países que aseguran hacer guerras preventivas o contra la opresión o el terrorismo, ejerciendo opresión o el terror.
Apelamos a las autoridades nacionales al respeto irrestricto de la soberanía popular, a las garantías políticas del pueblo Paraguayo, reservando, de lo contrario, a quién considere que esto esté lesionado, el derecho de realizar los planteos en los organismos internacionales, como el Parlamento Europeo, la Corte Interamericana de los derechos humanos (CIDH) y reserva de solicitud de carta democrática ante el Mercosur, Parlatino y envío de situación al Departamento de Estado de EE.UU. 
“La indefensión es un concepto jurídico indeterminado referido a aquella situación procesal en la que la parte se ve limitada o despojada por el órgano jurisdiccional de los medios de defensa que le corresponden en el desarrollo del proceso. Las consecuencias de la indefensión pueden suponer la imposibilidad de hacer valer un derecho o la alteración injustificada de la igualdad de medios entre las partes, otorgando a una de ellas ventajas procesales arbitrarias” (Definición otorgada por Wikipedia). La indefensión política, es una construcción conceptual, o un neologismo, al que tenemos que acudir para describir la situación en la que los ciudadanos de cualquier democracia occidental se vean percudidos por condicionamientos que impidan la libre elección de sus propios gobernantes.
Se deja en claro que la pretensión no es hacer ni discutir ciencia, a partir de la premisa de que la filosofía política, de un tiempo a esta parte, no viene discutiendo, nada o casi nada, que establezca consideraciones radicales que propongan un estado de cosas, (discutir la misma noción de estado dentro de ellas) que difiera, al menos, discursivamente, de una inercia en la que se podría decir que estamos sometidos, desde los primeros libros de consideraciones políticas tal como la conocemos. A diferencia, de lo que ocurre, por ejemplo, con otro campo, extenso de lo filosófico, como el ontológico, en donde las perspectivas, no sólo que han sido y son, de diversidades insondables, sino que además interpelan, a la confrontación de la experiencia metafísica, del cabo a rabo del fenómeno humano. Se entiende que podrán alegar, que esta consideración pueda ser catalogada de logomaquia o pecaminosa por insustancialidad académica, sin embargo, el registro de los hechos de nuestras democracias occidentales actuales nos impele a pensar, utilizando la filosofía política para ello, por más que como se considera, esto mismo sea un oxímoron.
Sí este campo nos está vedado, o por las propias imposiciones del poder, está cerrado para poder pretender un análisis de lo político, que vaya más allá de la filosofía política, que no filosofa políticamente, iremos por el sendero de lo que clínicamente se considera normal o anormal en términos psicológicos, de forma tal de encontrar, en qué lugar del análisis estamos.
Estudios e investigaciones determinaron el siguiente test, para descubrir comportamiento psicopático:
“Una mujer está en el entierro de su madre junto a su hermana,  y de repente ve un apuesto señor apoyado en un árbol del cementerio mirándola fijamente. Está lloviendo y ella se acerca a él para refugiarse en su enorme paraguas negro. La mujer, sonrojada, lo mira intensamente… Durante los días siguientes lo sigue, lo busca, lo ve… y poco a poco se enamora locamente de él, pero nunca le dice nada. Un día, le pierde la pista. Lo busca sin éxito y pasan varios días sin volver a verlo. Un buen día la mujer mata a su hermana.”
La mujer mata a la hermana para volver a ver al hombre que la enamoró en el entierro de su viudo.
Tener una política o una representación de políticos psicopáticos, sería que cada dos años o cierto tiempo, sólo ejerzan un comportamiento democrático, para citarnos, solamente a votar, sin más.
“Es increíble como un pueblo, en cuanto está sometido, cae tan repentinamente en un profundo olvido de la libertad, tanto que no puede despertarse para recuperarla, sometiéndose tan fácil y voluntariamente, que se diría al verlo que no ha perdido su libertad, sino ganado su servidumbre. Es verdad que al comienzo se somete obligado y vencido por la fuerza; pero los que vienen después sirven sin disgusto y hacen voluntariamente lo que los anteriores habían hecho obligados. Por esto, los hombres bajo el yugo, alimentados y educados en la servidumbre,  se contentan con vivir como han nacido sin cuidarse de nada; y ni piensan en tener otro bien ni otro derecho que el que le fue dado, y toman por natural el estado de su nacimiento. (“Discurso de la Servidumbre voluntaria”. Étienne de la Boétie. Pp 38-39. Editorial Colihue).
 Sí los ciudadanos no somos capaces de despojarnos de la servidumbre voluntaria y continuar sometidos a políticos con comportamientos psicopáticos, no sólo hablaría de nuestra enfermedad social, sino también de nuestro propio incumplimiento con la Constitución, dado que dejaríamos nuestra condición de seres humanos.
La única herramienta válida, tanto legal como legítima para que exista la representación, es la manifestación de la voluntad del voto soberano, en el marco de elecciones libres que de tal forma constituyen la democracia expresada en su sentido lato.
Sí hablamos de legitimidad, no sólo debemos hacerlo, diferenciándola, de la legalidad, sino estableciendo una meridiana diferencia entre la legitimidad parcial versus la legitimidad absoluta, la primera que es la válida y la única razonablemente cierta que puede otorgar el ciudadano a sus mandantes y la segunda, la que cree tener el representado cuando absorbe la cesión de la ciudadanía, para luego cometer los latrocinios por todos conocidos, que supuestamente, controla o controlaría, estos excesos, otro poder de un estado constituido que sería el poder judicial, cuyos miembros no son elegidos, paradigmáticamente por el voto de la gente. Esta razón de la legitimidad parcial, podría encontrarse observada explícitamente, en que el ciudadano al delegar su representatividad, lo haga no sólo por el término de una elección a otra, sino también bajo ejes conceptuales, que vayan más allá de lo temporal. Un ejemplo concreto sería que los representantes, no puedan, es decir tengan su legitimidad parcial o vetada, para introducir reformas constitucionales o electorales. Los mismos que conducen el juego, no deberían, asimismo estar posibilitados para cambiar esas reglas a su antojo o discrecionalidad. Toda reforma debe ser ad referéndum, bajo consulta obligada a la ciudadanía, de lo contrario se irrumpiría la parcialidad natural que nos insta como seres humanos. Todo lo absoluto, así se trate de una falsa idea de libertad, conduce inevitablemente a lo totalitario.
La democracia sí ha caído producto de los desmanejos de cierta clase política en un juego maquinal, como lo puede ser una tragamonedas o cualquiera que estipule el azar como factor determinante, debe re-escribirse, re-interpretarse, de lo contrario, sostener que lo político, mediante lo democrático es un juego adictivo de cierta clase dirigente para con las mayorías no tiene razón de ser, pues así como alguien sostuvo que dios no pudo haber jugado a los dados con nosotros, no podemos seguir siendo siervos, de quiénes, muy probablemente, hasta no puedan estar libre de afecciones que les nublen en buen entendimiento.
Las libertades políticas y en concreto, la libertad de expresión política pueden resultar contraproducentes sí, realmente, incluyen el derecho a la expresión subversiva, es decir, el derecho a la resistencia y a la revolución, el derecho a la desobediencia civil. Este es un tema que siempre ha puesto en difícil aprieto a todos los teóricos de los gobiernos representativos y legítimos.
En los bolsones marginales, en los archipiélagos de excepción, en donde el estado se ausentó en nombre de la política y los políticos al mando, sólo los tienen en cuenta, en los períodos electorales, para utilizar sus necesidades en el beneficio institucional de que asistan a las elecciones y los apoyen, a cambio de mendrugos o dádivas, en una práctica claramente extorsiva y prostituyente o cosificadora, la ciudadanía (sí cabe el término para tales sujetos que están en condiciones pre capitalistas y sometidos a la miseria de la indignidad del hambre constante y la bota arriba de la cabeza bajo el nombre de la necesidad permanente) sin embargo, cree, casi, dogmáticamente (estamos trabajando en una lectura en paralelo con el fenómeno religioso, que en las capas más bajas, sostiene sus adhesiones mediante la resignación, la culpa y la vida ultraterrena, en clave dogmática obviamente o apelando a que la fe es lo último que se pierde o lo único que se tiene en medio de la desesperanza) en la democracia, en la política o en sus políticos. Es paradojal, en tales sectores, en donde la política, o la democracia han demostrado sus fracasos más rotundos posee sin embargo, un apoyo irrestricto, irracional, explicable tal vez desde una resignación tajante o una fe conmovedora. Sin embargo, en los sectores, llamados independientes, cercanos a los cascos urbanos de las diferentes ciudades relevadas, los encuestadores, tienen muy difícil la realización de sus trabajos de campo. En un gran porcentaje son echados, cuando advierten que la consulta tiene que ver con la política. Los que responden, abrumadoramente, muestran su rechazo, sino también la generación de una suerte de resentimiento, hacia la política, y su sucedáneo actual, lo democrático. Aquí tal vez, sea conveniente volver a citar al hombre de Harvard, como para aproximarnos a una explicación del fenómeno. (“La gente está perdiendo su confianza en las instituciones democráticas. Tiene razones para estar enojada, a lo largo de la historia de la estabilidad democrática, el nivel de vida medio de la población fue aumentando de una generación a otra. Pero ya no. Debemos descubrir como nuestras democracias pueden ser estables en esta nueva circunstancia”. Mounk, Y). Se vislumbra esto mismo en forma fehaciente, pues la generación que podría estar mejor que sus padres, no lo está, y en paralelo, observan que aquellos que estaban como siguen estando, no tienen otra herramienta más que la fe o la resignación. Su conciencia de clase, no sólo es distinta, sino que además tienen las herramientas (educación formal por ejemplo o cierta cultura comunicacional o televisiva) como para expresarlo, cada vez más contundentemente y podríamos arriesgar, hasta con odios concentrados o acumulados, hacia los que ellos consideran responsables, agrupándolos en el significante de políticos/política/democracia.
Sabemos que no tendremos el beneplácito, el reconocimiento saludable, por parte de las autoridades, los medios de comunicación, y mucho menos la gratificación de los dirigentes políticos o culturales, por estar desarrollando esta colaboración a nuestra democracia vernácula. Incluso más, sabemos que lamentable, como erróneamente, este tipos de investigaciones, despierta la estulta y antediluviana reacción de que se la tomen con el mensajero. Seremos nuevamente señalados de todo lo que no somos, proyectados en odios ajenos, en envidias incomprensibles y en ninguneos harto frecuentes.
A contrario sensu, de lo pretensión metodológica de las revoluciones del pasado, no es necesario convencer a muchos y que esos muchos provengan de un campo popular, sometido u oprimido.
Debemos subvertir la revolución. La revuelta pasa por convencer a los privilegiados que no tienen verdadero provecho de los privilegios de los que dicen o sienten gozar. No necesitamos ocupar ninguna calle, incendiar ninguna bandera, edificio o botella con gasolina.
Simplemente nos bastará con tener claro esto mismo, para socavar la mente de los que mandan, de los que gobiernan, de los que tienen en sus manos las reglas de juego actuales. A ellos debe apuntar nuestra revolución, hacia allí debemos apuntar nuestro objetivo revolucionario. Debemos subvertirlos para que sean los abrazos, armados y ejecutores, de un occidente, que tenga reglas de juego más inclusivas o democráticas, tal como entendemos algunos, la verdadera democracia.




¿Busca Justicia el Poder Judicial?.

¿Será justicia?
Esta frase conceptual que se usa en los escritos jurídicos, en el ámbito del poder judicial, cómo el trato que se le dispensa al magistrado (en alguna oportunidad Majestad, como a Dios o al emperador, o su señoría) no son meros usos y costumbres de vago o rancio protocolo. Son elementos simbólicos que disciplinan a las instituciones y con ello a la comunidad, para que no observemos que las vendas que dicen tapiar la observancia de la justicia, para que sea ecuánime en sus veredictos, no es más que en verdad, un relato parcial, atestado de inequidades que provienen de una petición de principios o falacia de origen. ¿Qué es justicia? Es el título de uno de los autores, más estudiados y valorados por el corpus jurídico, Hans Kelsen, quién no sólo que no respondió, pidiendo expresas disculpas en su texto por no hacerlo, la pregunta que dio origen al libro, sino que además ensayo una tibia respuesta, ensimismada de conceptos relativos y de imposibilidades de note corte Kantiano, usando a Platón y a la historia de Jesús de Nazaret como para convencer al lector que la pretensión de justicia es la principal aspiración del ser humano. Paradójico que aquellos que trabajan en administrar justicia, es decir dentro del ámbito del poder judicial, sostengan que garantizan tal justicia, al ponerla antes de la firma como uso en sus escritos, teniendo a uno de sus principales teóricos que se pregunta precisamente qué es justicia, sin lograr, responder tal cuestión, por lo que se disculpa, garabateando un ensayo de respuesta relativa.
El supuesto diálogo, entre Poncio Pilato y Jesús de Nazaret, le sirve a Kelsen, para graficar que el hijo de Dios, por más que hubiera de responder que estaba allí para dar testimonio de la verdad, y al ser inquirido, específicamente acerca de que es la verdad, no hubo de responder nada, exige de tal manera al hecho citado que, finaliza la referencia, preguntándose, algo que considera aún más importante qué la verdad, ni más ni menos ¿ Qué es la justicia?.
Sus referencias conceptuales se plasman renglón seguido, cuando menciona a Platón y a Kant, forzando textualmente al primero, párrafos después, estableciendo que su teoría de las ideas, era en verdad una búsqueda para responder de qué se trataba la justicia (a diferencia de la mayoría de las consideraciones del pensamiento platónico que lo ubican como un predecesor de la metafísica o de la filosofía política). De hecho,  considera, en lo que podría ser una obsesión teórica, lo primordial en el ser humano, en una conversión entre semántica y conceptual, acerca de la búsqueda de la justicia, cómo en verdad o en profundidad la búsqueda de la felicidad.
 La lucidez de Kelsen, sin embargo, se percibe cuando deja desarrollar, sin el presidio de las referencias sus apreciaciones acerca de lo que está preguntando. Probablemente la frase primordial de su trabajo sea: “De no haber intereses en conflicto, no hay tampoco necesidad de justicia”. A continuación, y bajo el resplandor de lo mejor de sí, afirma  acerca de la posibilidad de discernir lo justo; “Problema que no puede resolverse mediante el conocimiento racional”. Luego de esto, da rienda suelta a su construcción de sentido relativo de lo justo, en una suerte de interdependencia con la cuestión democrática. Es más podríamos agregar, que Kelsen al diseñar la estructura de su teoría pura de derecho, apunta a prescindir de todo el laberinto accesorio en que décadas luego termino de convertirse en Occidente, el poder judicial, en el supuesto afán de buscar o implementar justicia (Una de sus ideas más notables fue la de originariamente proponer un cuerpo de jueces que no provengan del poder judicial). Nos detendremos en este punto, como para preguntar en esta instancia, algo que consideramos revelador para esa pregunta de la justicia en sí.
Sí nosotros iniciásemos un texto que se proponga lo ulterior de la noción de lo justo y acudiésemos para ello, a una referencia religiosa, y encontráramos en el culto Yoruba, tendríamos que acudir a su Orixa, Xangó vinculado a la justicia: “Reafirma claramente la imagen de poder que es siempre asociada a su figura. Es reconocido principalmente por su credibilidad, siendo sus decisiones consideraras tradicionalmente acertadas y sabias. Decide sobre el bien y el mal; posee la capacidad de inspirar la aceptación incontestable de sus decisiones, tanto por su poder represivo como por su rectitud y honestidad casi inquebrantable. Es el Orixa del rayo y del trueno. Místicamente, el rayo es una de sus armas, que envía como castigo, nunca impensado o arrebatado. Es un Orixa, temido y respetado. El pai Xango castiga a los ladrones, malhechores y mentirosos, su Justicia y Rectitud es lo que caracteriza a esta entidad” (http://orixaxango.galeon.com)
A diferencia de lo citado por Kelsen, el Jesús de Nazaret que culturalmente está muy vinculado al platonismo, sobre todo desde la similitud creacional del diálogo el Timeo y el Génesis de la Biblia, en donde la justicia, siempre está en un más allá, al que el propio Jesús apuesta (no haciendo intervenir a su padre todopoderoso, tolerando su injusta pena, y reafirmando el sentido de ejemplaridad de hacerle conocer a los cristianos de la existencia del otro mundo en donde la justicia divina sería un hecho) y de la cuál Kelsen, volverá en su obra fundamental de la Teoría pura del derecho, en la búsqueda de la norma hipotética fundamental, para validar el derecho, llegando hasta la instancia del derecho internacional (que se sitúa en la cúspide de su pirámide del derecho) se puede inferir, precisamente que renuncia a un absolutismo como para definir justicia, no sólo por carecer de elementos, como lo expresa, reflejando su Kantismo, sino  porque en verdad, consideraba que la justicia en su sentido cabal, solo podría existir en otro plano, no terrenal, como el anunciado, y por el que muere, Jesús de Nazaret, a quién, Kelsen, cita no casualmente en su introducción.
 No sería descabellado pensar, que en el ámbito del poder judicial, sin que por ello no citemos a otros autores, como por ejemplo: “La noción de justicia sugiere a todos inevitablemente la idea de una cierta igualdad. Desde Platón y Aristóteles, pasando por Santo Tomás, hasta los juristas, moralistas y filósofos contemporáneos, todo el mundo está de acuerdo en' este punto. La idea de justicia consiste en una cierta aplicación de la idea de igualdad” (Perelman, Ch. “De la Justicia”. Pág. 23. Centro de Estudios Filosóficos. UNAM. 1964) la concepción de justicia, judeo-cristiana, desde lo filosófico, implica una imposibilidad de llevar a cabo, materialmente la justicia, de traducir aquella noción, difusa o variable, en una cuestión asequible, real, efectiva.
Cuando, en los escritos judiciales, es decir lo que luego se transformaran en expedientes, esa traducibilidad en los hechos, de lo que hablan los teóricos citados, como los muchos más aquí no citamos por la necesidad de una economía de las palabras (sabemos sobre todo que en los medios de comunicación, la posibilidad de publicación de artículos son inversamente proporcionales a la cantidad de caracteres que posea) de la pretensión de justicia, de la búsqueda real de la misma o de la implementación, rubricando sobre el epíteto de que será justicia, es en verdad, la manifestación que la misma no será en este plano, en este tiempo, sino en aquel, en donde reposa esa pretensión de justicia, que aquí sólo existe como ensayo, como excusa, como pretensión facciosa, de quiénes hacen de tal posibilidad su fuente de recursos y de poder concreto y fáctico, dando por sentado, de esta manera, cuál es la razón de ser del poder judicial. De lo contrario, no sería sindicado como poder, ni tampoco, hubiera sido propuesto como contrapeso de las otras instituciones del estado.
Esta es la razón, por la que citamos la noción de justicia en otra religión o cultura (como tantas otras), que no esconden, ocultan, o disfrazan su relación con la penalidad, con el castigo, con la interacción entre lo humano  y lo divino y por sobre todo, con su resultante o con los premios y castigos que de los comportamientos se desprendan. La relación del poder, no está maquillada, representada o verbalizada, en las cosmovisiones que se escaparon del dominio occidental, pese a los intentos de sometimiento continúo de este. Mientras más a flor de piel, estén visibilizados los trazos de esta vinculación, de esta relación, que nunca ha dejado de ser un choque de dos espadas, que produce la luz o la chispa del conocimiento como lo expresa Nietzsche citado por Foucault en “La verdad y las formas jurídicas”, nunca podremos abandonar esa noción en donde esperamos la vida o la muerte de un dios, que directamente o por intermedio de un poder, nos dé la gracia de la justicia. 
Nosotros sin embargo, sabemos que no sabemos lo que es justicia, pero aun así expresamos, en escritos formales, pretenderla, instauramos un poder judicial, como un elemento de poder, y no de búsqueda de justicia, pero, perversamente,  decimos lo contrario. Se acopian los libros, los tratados, para explicar sí la noción de justicia, se correspondería con una ciencia que la determine, sólo con un método, una teoría pura, una dogmática o una hermenéutica, y en este ejercicio bizantino, aquel que posee un conflicto, y que pretende que se lo salde, o lo que es peor, quién es víctima de una fuerza superior (llámese estado) que profundiza o genera su desigualdad, quedará esperando, una respuesta de una entidad que nace como factor de poder, no con la finalidad, ni de compensar, ni de saldar, absolutamente nada.

Será justicia el día que vayamos por ella, entendiendo que la manera  ni la forma es actuando directamente o por mano propia, pero tampoco, esperando el designio, la evaluación de una Majestad que nos responda, cómo, cuándo  y dónde, por haber observados nuestros qué, porqués y para qué.
No democrático, faccioso, impopular e incuestionable: El poder judicial.
El poder de juzgar no debe confiarse a un tribunal, sino ser ejercido por personas sacadas del cuerpo del pueblo en ciertas épocas del año y de la manera que prescribe la ley, para formar un tribunal que sólo dure el tiempo que exija la necesidad. De tal manera, la facultad de juzgar, tan terrible entre los hombres, no hallándose vinculada en ningún estado ni profesión, viene a ser, por decirlo así, invisible y nula. No se tiene delante continuamente a los jueces; se teme a la magistratura y no a los magistrados” (Montesquieu, “El espíritu de las leyes”.)
 En tal obra, se establece la necesidad política, en verdad de la libertad, habla el autor, determinándose la división de poderes. Sí bien, afirma “De los tres poderes de que hemos hablado, el de juzgar es en cierta manera nulo. No quedan, por tanto, más que dos” el poder judicial le debe a Montesquieu, su razón de ser y su peculiar característica que viene adquiriendo de tal entonces de ser prácticamente incuestionable, a nivel teórico o académico.
Si alguien tuviese la posibilidad de repasar las tesis o los congresos en las diferentes facultades de humanidades, que traten acerca del poder judicial, a diferencia de los que versan sobre los restantes poderes, no habría dudas de que aquel es el menos observado, tratado y por ende, criticado o cuestionado. Posiblemente el autor del “Espíritu de las leyes” haya prestado un gran servicio para ello también al relatar las formas en que desde Roma se administraba la justicia, propiciando con ello, que desde la formación en derecho se estudie el derecho romano, como el fundamento mismo, desde donde continúa el extraño privilegio de quiénes se dedican a las leyes (académicamente) de tener la posibilidad de formar (en sus jerarquías) parte de un poder del estado, del que no pueden formar parte nadie que no tenga credenciales académicas acreditadas en este saber. Esta característica, sumamente facciosa y controversial, es sin embargo, muy poco cuestionada o visibilizada, a nivel teórico, práctico o mediático, nos hemos acostumbrado, extrañamente, a que la conformación de un poder del estado, el judicial, sea bajo principios, paradojalmente, injustos.
Montesquieu, al hablar del espíritu de las leyes, narra no solo los aspectos históricos, tipificando los casos en una cuestionable trilogía de la politología, de la república, la monarquía y el despotismo, sino en sus razones físicas, en donde plantea, excentricidades antropológicas cómo la que formula al expresar que en los lugares de temperaturas más frías los ciudadanos son más afectos a cumplir la ley que en las zonas en donde el calor apremia. Pero en donde está haciendo germinar, la perversión que apoya aquél apoderamiento por parte de los facultados en derecho de un poder del estado, es en dotar de espíritu a las leyes, desde su propio título y habilitar la exegesis, la hermenéutica y la interpretación de construcciones que son afirmativas, apofánticas. Es extraño que aquí tampoco, se haya cuestionado desde la lógica formal al menos, que se pueda  realizar esto mismo. Sí las oraciones que afirman o niegan algo, en un contexto positivo cómo el del derecho, pueden, ameritan y se propician como de interpretaciones interminables, entonces estamos perdidos. Tan perdidos, como en verdad lo estamos, y lo señalan todos los estudios de opinión pública en las distintas comunidades de occidente, en relación a la poca credibilidad que posee el poder judicial o lo poco que se corresponde con un servicio que brinde o garantice justicia. Este poder, que insistimos, ha sido tomado por una facción de la sociedad, a contrario sensu, incluso de quiénes en parte han propiciado esto mismo (citamos a Montesquieu también cuando afirma que la posibilidad de juzgar reside en la selección circunstancial de ciudadanos no atados a profesión) se fue forjando, en razón de esta perversión capital que se hacen de los juicios lógicos. Este laberinto, de supuestas interpretaciones de interpretaciones , que llevan a apelaciones y a la generación de más tribunales que supuestamente discuten, bizantinamente, abstracciones inentendibles de procedimiento, no hacen más que dilatar el pronunciamiento de la justicia, pagando onerosos sueldos a funcionarios judiciales para que den vueltas semánticas o procedimentales, para justificar los ingresos, dimanados de ciudadanos a quiénes se les priva del servicio de justicia que les corresponde.
Las interpretaciones de la ley, las exegesis ad infinitum y las exposiciones catedráticas acerca de lo que quiso expresar el legislador (es decir quién construyo la ley, que el judicial sólo tiene que aplicar) debería estar acotado al campo literario, filosófico, de competencia o de interés para quiénes así lo deseen y manifiesten. Sin embargo, en uso y abuso del supuesto espíritu de la ley (ya lo expresamos cuando Montesquieu se puso a pensar sobre el contexto, escribió que la ley se cumple más en los lugares donde hace frío…) se consolidó esta burocracia judicial, este laberinto de expedientes, de papelerío absurdo,  de perspectivas, de marchas y contramarchas, de manifestaciones irresolutas, que al único lugar que nos hacen arriba es al axioma planteado por Séneca: Nada se parece tanto a la injusticia como la justicia tardía. Claro que esta justicia tardía, conviene a la facción que administra justicia, pues, en sus prerrogativas simbólicas, además del trato de Majestad, como en los tiempos imperiales, la mayoría de los jerarcas del poder judicial gozan de prerrogativas como el no pago de impuestos, la no obligatoriedad de jubilación y el cobro de sueldos u honorarios que siempre son sideralmente superiores que los que puede percibir un maestro o educador (lo ponemos como referencia, pues el propio Montesquieu en la misma obra dedica un capítulo aparte para dar cuenta de la necesidad, sobre todo en las repúblicas de la educación de los ciudadanos: “En el gobierno republicano es donde se necesita de todo el poder de la educación”).
Tal vez la disolución del poder judicial sea un camino. Sin embargo, la existencia de conflictividades entre ciudadanos y los ciudadanos y el estado, continuaría existiendo, por tanto el sendero tendría más razón de ser, sí lo dotamos de una institucionalidad republicana, que se corresponda con la realidad y no simplemente con una argumentación proveniente de una vieja teoría de división de poderes, enmarcada en la necesidad de aquel entonces, por la revolución planteado por los descubrimientos de Newton, principalmente su teoría gravitacional. Esta suerte de necesidad de que los “astros estén alineados” (usado en la actualidad por diferentes comunidades para expresar vulgarmente, que todo este ordenado como debe estar o como nosotros creemos que debería estar) generó la posibilidad, que a nivel político, las compensaciones estén alineadas en una tríada, destacando la importancia ritual y simbólico del tres en la cultura occidental, desde la concepción del padre, la madre y el hijo y luego sus ritualizaciones en el campo religioso.
Nuestro contexto físico (recordemos cómo afecto a las ciencias humanas también el contexto de la teoría de la relatividad de Einstein) se corresponde con los tiempos de las partículas elementales, el principio de indeterminación  o de incertidumbre de Heisenberg. No por ser autorreferenciales, pero sí para rotular nuestro trabajo y dedicación de años, no hace mucho dimos a publicar el ensayo de filosofía “La democracia incierta”, señalando, como la gran mayoría de colegas y hombres dedicados a la cultura y la política, nuestra atención a los poderes legislativo y ejecutivo, para mejorar con las críticas y los aportes dimanados nuestra institucionalidad. Sin embargo, creemos que sólo lo lograremos sí analizamos, redefinimos y revocamos determinados aspectos del poder intocable, incuestionable, o inobservable; el judicial.
Sin que lo disolvamos, pero reconociendo, como Montesquieu, que es el más prescindible, deberíamos empezar a modificarlo en su constitución, en su conformación, más no así, todavía, en su funcionamiento en general. Por supuesto que eliminar la consideración procedimental, espirituosa e interpretativa de las leyes que generan la argucia para estar presos del laberinto y recovecos en donde se duermen los expedientes o las causas, a la espera de un dictamen, será un objetivo central, pero no por ello, tendremos razón sí es que eliminamos la posibilidad de que alguien tenga el derecho a realizar una denuncia contra el estado o contra un par, por considerar lesionado un derecho o que alguien falta a su deber.
Montesquieu, también afirmó, razonablemente, que el eje rector de una república, era el principio de la virtud. Principio que, obviamente no se cumple, en casi ninguna comunidad occidental y mucho menos en el ámbito o el poder judicial. Que las más altas magistraturas, sean ocupadas por quiénes, no solamente conozcan de derecho, sino de otras actividades (insistimos la letra de la ley, desde la perspectiva del judicial, debe ser juzgada, no interpretada o analizada) bajo la condición de que sean notables en sus desempeños (logros o distingos académicos o en sus trabajos, en sus emprendimientos, bajo logros reconocibles) podría funcionar tanto como cierta democratización en tal foro. Posiblemente no elegir, como otros cargos, a los jueces, pero sí que sean parte de aquellos que ya conformaron el ejecutivo o el legislativo (esto generaría que quiénes están en los anteriores poderes no se quieran  perpetrar en ellos y ofrezcan su conocimiento anterior en elaborar o promulgar leyes, para luego juzgarlas) o generar el consejo de notables en donde no sólo participen los matriculados en derecho, sería un avance, en todo sentido, no sólo a nivel judicial, sino institucional.
Por supuesto que esto no es más que unos prolegómenos, un introito, acerca de la funcionalidad, la razón de ser y la necesidad de cambiar nuestra institucionalidad, a partir de la perspectiva poco veces ensayada, del poder judicial. Pretende ser un acto de justicia para Montesquieu, a quién leyeron para su provechoso pero no pensaron a partir de él, tal como lo expresó en su obra del que se desprende el artículo: “Quisiera indagar cuál es la distribución de los poderes públicos en todos los gobiernos moderados que conocemos, y calcular por ello el grado de libertad de que puede gozar cada uno. Pero no siempre conviene agotar tanto un asunto que no se deje ningún campo a las meditaciones del lector. No se trata de hacer leer, sino de hacer pensar”

Se necesitan más políticos

A horas de un nuevo año electoral, el corso político, se inicia también, con quiénes se disfrazan de candidatos a todo, a los efectos de estar presentes en la movida política, con fines varios.

Hablamos siempre a favor de, como aporte hacia, nunca en desmedro de, que se entienda, sobre todo para una arena política que en este 2017 amenaza con poblarse aún más de deportistas, cantantes y famosos, nada contra ellos, pero se precisa también de los políticos tradicionales, de los que contagian con ideología, los que no le temen a un debate, los que construyen en una rosca, en el barrio, en el barro y también en el café.


Otro de los tantos signos del imperialismo cultural que padecemos, y que nunca nos hemos propuesto plantear es aquello de que los políticos tradicionales, son todos chorros, corruptos, mafiosos, desalmados. Seguramente existieron varios, y existirán, pero no necesariamente actores, deportistas y famosos, por el sólo hecho de ser tal, vienen por naturaleza beatificados y por horas de estar en los medios, recogen besos y votos ante las multitudes, para luego, en caso de no estar preparados, el trillado gestionar se convierte en el reparto de aspirinas de los poderes de turno que manejan como títeres a los afamados devenidos en políticos.
Un político de raza, desnuda su ideología la pone arriba de la mesa, debate, confronta, se calienta, putea, hace todo lo que todos los seres humanos hacemos un día común en nuestras vidas.
En un momento de la historia, el poder detrás del poder (que obviamente se disfraza de los distintos partidos en los que supuestamente se pueda encontrar), se encargó de encajetarnos esa versión edulcorada del político, ese tipo prolijo, bien vestido, que habla en propositivo, que parece más un líder espiritual mahometano que un tipo que va por el poder con todo lo que implica.
Se nos quiere seguir vendiendo, que los que manejen nuestros destinos políticos, no van al baño, toman agua mineral y no tienen ni odios, ni rencores, ni envidias, ni revanchas.
El éxito cosechado en otras arenas, las deportivas, culturales y del espectáculo, los sitúa eternamente en el sitio de tipos elegidos por cierta deidad que los hace impolutos, perfectos, al punto que ni siquiera la tentación no ya de robar, sino de putear a alguien ni se les presenta.
Son los especímenes del estado de los filósofos Platónico, en la versión del exitismo banal, pueril y decante.
La política necesita, de los políticos que están en el comité, en la básica, de los que se enojan, de los que debaten, discuten, proponen, se la juegan, por lo que piensan, o lo que sienten, tarea del elector es descubrir quiénes están por lo que les conviene (una “virtud” del verdadero político es su capacidad camaelónica), el verdadero político es el que le dice al encuestador que es lo que tiene que hacer y no al revés, el verdadero político es el que le maneja al comunicador la entrevista y no al revés, el verdadero político es el que le pone los puntos a los sectores empresarios y no al revés, el verdadero político es el que le dice a sus votantes, lo que cree por más que no le convenga, el verdadero político es el que armoniza la singularidad en la diversidad, administrando el equilibrio de la balanza.
En filosofía hay un principio de máxima que reza “es más importante la formulación de la pregunta, que la respuesta en si”.
¿Existen quiénes hacen política o pretenden hacerla desde otro lugar, con proyectos, con propuestas, con presencia concreta en distritos electorales, con un concepto político claro, para resurgir la finalidad colectiva de la actividad política, con un sistema concreto de presencia del estado en aquellos lugares donde los sectores más marginales así lo precisan, con una visión a largo, mediano y corto plazo?

¿No será hora que esos señores que manejan los partidos políticos en vez de ganar en quebrantos futuros (alguien que tiene lealtad a un deporte, solo podrá serle fiel a la victoria por la victoria misma, lo mismo que un famoso o reconocido, quién sólo se debe a su éxito) y en continuar horadando lo democrático, estimulen la participación de quiénes puedan dotar a la democracia de sentido, y con ello salvar de su extinción, o agonía en la que podría estar sumida?