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Socius fit culpae qui nocentem sublevat.

"El que apoya al culpable se hace cómplice de la falta". Su autor Publilio Siro fue un escritor latino de la antigua Roma. Fue hecho esclavo, pero gracias a su talento se ganó el favor de su amo, que lo liberó y educó (a diferencia de las esclavitudes modernas en donde la máxima expresión de libertad es que te brinden la posibilidad de ganarte un salario que apenas permita la subsistencia, una suerte de condena para no dar cuenta de lo corto de las cadenas). Recibió el premio de César en una competición en la que venció a todos sus rivales, incluido el célebre Décimo Laberio en los tiempos en que los premios y las distenciones eran tales, y no reductos de la baja politiquería para comprar favores a cambio de caricias a la vanidad. De sus obras queda únicamente una colección de "Sentencias" (Sententiae) y la siguiente es tal vez la más contundente, sobre todo en los tiempos actuales en donde, la sociedad civil, pretendería que se cumpla "iudex damnatur ubi nocens absolvitur" ("El juez es condenado cuando el culpable es absuelto.") tal máxima, tan determinante, efectiva y sencilla. La complicidad en la falta, y que hace culpable al que apoya al truhan, cuando es lesiva de la cosa pública, se transforma en crimen de lesa humanidad, como pretender borrar con una sentencia la imprescriptibilidad de haber asesinado en nombre y con recursos del estado, o pretender asesinarlo a este, mediante el transfuguismo electoral, o la asonada institucional de haber accedido a un cargo por un partido, frente o espacio político y antes de terminar tal función abandonar tal conducto o carro por cualquier excusa fútil.
Bien lo expresaba el Loretano Oscar Portela, quién no aprovecho como el otro (habría que ver sí esto es bueno o malo) su genio poético para que el estado le bancara sueldo de legislador para él y su pareja, “Llamar a reflexión a una sociedad  con vocación de suicidio permanente. Y pedirles a nuestros diputados y senadores nacionales y por qué no provinciales, al Gobernador de la Provincia etc. una ayudita para los amigos. A que pregunten si que necesita la familia de alguien que vino para enriquecer el patrimonio- angaú- del espíritu de los Correntinos”. Oscar al expresar contundentemente estas realidades, se ganó el olvido, la indiferencia y hasta el desprecio de quiénes se consideran tanto sus pares, como quiénes debían administrar el estado como para hacer políticas públicas y culturales. A tal punto siguen batallando contra Oscar, que a tres años de su muerte, siquiera recuerdan, institucionalmente, su fecha de natalicio, un 13 de mayo como el de ayer. Pero claro, Oscar encarnó en una idea, en una figura, la del poeta eterno que debe lidiar contra las nimiedades de tipos temerosos, que huyen despavoridos por el temor a ser humanos. En tal condición, la de la humanidad, se encuentran valores, como por ejemplo la lealtad, hacia una función, la de ejercer públicamente un espacio dentro del poder político, sin agachadas, sin atajos, sin sinuosidades.
Para ello y habiéndonos dado cuenta que se constituía en un gran problema para el campo atestado de hienas republicanas, el asentarse en principios inflexibles como el descripto, es que avanzamos en proyectar, propuestas como las siguientes, a los efectos de evitar mayores males democráticos:
Los bloques parlamentarios deberán corresponderse con los partidos o frentes que fueron electos sus integrantes, no pudiendo los legisladores cambiarse de bloque o crear uno nuevo hasta la finalización de su mandato. Esta limitación le corresponderá también al vice que ejerza como presidente nato del cuerpo. Caso contrario, quiénes manifiesten una conducta política que no se corresponda con la adoptada por la mayoría del bloque o espacio político por el que fueron electos, deberán presentar su renuncia en forma indeclinable.
Se propone establecer el sistema que posee la República Plurinacional de Bolivia (los diputados que pertenezcan a un mismo partido político, jurídicamente reconocido, se organizarán en una Bancada Política. La división de las Bancadas ya constituidas, no dará lugar al reconocimiento de otras nuevas, hasta la conclusión del período constitucional) o la de Costa Rica (Los diputados se consideran integrados a la fracción del partido por el cual resultaron electos y ninguno puede pertenecer a más de una fracción) a los efectos de modificar el actual sistema Argentino (el nacional, del cual se desprenden o adhieren casi todas las provincias) que facilita, solamente mediante una nota reglamentaria, que un legislador que ingreso, por la lista, por el espacio, por los pilares de la institucionalidad democrática, como son los partidos o frentes electorales, luego, al asumir, o al tiempo de ello, con cualquier tipo de argucia política, cambian de bloque, o crean uno nuevo, birlando la esencia y el espíritu mismo de la representatividad y por ende de lo democrático. Este fenómeno, que mal se llamó en Argentina “De travestismo político” o “Borocotización (en homenaje a un Diputado que ni bien asumió por un espacio político, se pasó  o cambio de bloque, edificando a partir de su apellido un término que denota la traición política, no ya a un espacio sino a todo el sistema representativo) seguramente no será evitado, por una normativa como la que se propone, pero al menos, administrativamente se plantea una modificación que no facilite este tipo de conductas tan nocivas para nuestras actuales democracias.
Mientras todo el concierto de lo establecido políticamente, plantea en escena, supuestas discusiones nodales, acerca de cambios o de transformaciones en lo electoral, vemos con preocupación que esto no es más que una suerte de pantomima nimia, que contribuye a un juego de fuegos artificiales mediáticos, que a lo sumo, mejoraran lo obvio, es decir una mera cuestión metodológica. Que en vez de que el ciudadano, ceda su representatividad, mediante un sobre donde ponga una boleta en papel, como lo venimos haciendo desde hace décadas, y lo empiece a hacer mediante oprimir un botón en una máquina electrónica, no puede constituirse en el cambio radical o la tan mentada transformación que se nos vende, con bombos y platillos.
Ni siquiera pretendemos que el cambio, la transformación o la modificación, sea conceptual y que por ende discutamos, el pasar de una democracia agonal (tal como lo plantea con claridad meridiana y condicionada, el sistema de balotaje o doble vuelta, con su polarización tan preestablecida) a una consensual (como el sistema Español, el del Vaticano para elegir Papa, o el de las viejas organizaciones precolombinas) tampoco el rediscutir el pasar del actual sistema hiperpresidencialista (que se derrama en las provincias en un sistema hipergobernadorista) a uno parlamentarista. No se trata, como se plantea a nivel económico, una discusión de shock o gradualismo. Se trata de lo basal de nuestro sistema democrático, y al menos, con esta como otras iniciativas, pretendemos que se respete un poco más el voto del soberano y por ende la lógica de la legitimidad representativa.
La pobreza, la marginalidad y todo lo que genera la exclusión (falta de educación, problemas con adicciones, etc) vendría a ser como la esclavitud moderna, es decir condición necesaria del gobierno del pueblo, así como los Griegos, idearon la democracia en las polis con ciudadanos con menos de cinco mil habitantes y un sinfín de esclavos, la versión moderna de nuestra democracia, sostiene la esclavitud, con una realidad aún más cruel que la del tipo encadenado y azotado a latigazos, más no así su imagen, a la que nadie presta atención, o a la que ya nos hemos acostumbrado (asentamientos, pisos de tierra, techos abiertos, panzas llenas de aire, mugre en las narices y en los cabellos, pies descalzos y rostros simiescos) a la que cada cierto tiempo, el de las elecciones, aquellos elegidos (los políticos), van, saludan, le llevan un bolso de comida, una ayuda, un beneficio, un instante de ciudadanía, para que en ese breve pasaje humanizante, estos lo convaliden con el voto que les brinda las prerrogativas a los políticos, ya transformados en la casta superior.
Somos pocos, los que leemos, los que entendemos, los que hemos tenido el raro privilegio de escaparle a la esclavitud señala, a la pobreza estructural que no nos hubiera permitido alimentarnos y con ello nos hubiese dificultado el desarrollo neuronal. Como si esto fuera poco, y para los pocos que entramos en esa segunda fase, las estructuras creadas para convencernos que el gobierno del pueblo es el elixir de los dioses, son más que efectivas y condicionantes. La educación, la religión y el trabajo, son las tres patas de una mesa que alinea, determina y somete, cualquier tipo de espiritualidad, o libre pensamiento, que se atreva a discutir esto mismo. En caso de que el ánimo del irreverente no sea controlado, la penalidad del encarcelamiento, la locura o la marginación, le esperaran al preso, loco o al imbécil. La medicina es la etapa final, o mejor dicho la antimedicina y su asociación con el desarrollo de lo técnico, le aguarda al rebelde con la guadaña afilada, de propinarle, mediante la excusa del stress y demás argucias de índole medicinal, un infarto, un cáncer o un derrame cerebral.
Escaparle a todas estas fases, debe ser un milagro, proveniente de alguien mucho más justo y ecuánime del que llaman Dios, y lo menos que se merece es una nota, como la presente, como para dejar testimonio que estas excepciones existen, para confirmar la regla
Pero todo es en definitiva cultural, como lo dijimos y quiénes comprendamos esto, debemos obrar no contra hombres, ni nombres, sino contra un sistema, que produce en serie a aquellos y en cantidades industriales a quiénes le temen a estos, la ecuación es fácil, no será posible convencer a la gran mayoría en tiempo acotado, sino más bien en tiempo prudencial, a quiénes están signados a ser popes por el sistema, es a ellos a quienes le debemos dirigir nuestras canciones y loas más efectivas para lograr cambios que se impongan y sean perdurables en el tiempo.
Y porque no desconocemos que los textos son diálogos en el tiempo, deseamos finalizar de la manera más sensata para lo filosófico, que es el reinado de la pregunta, dirigida a quiénes pueden detentar un circunstancial poder, para que las puedan responder en la magnificencia de sus soledades o en la grandiosidad de sus actos públicos y de aquí la razón de este proyecto, de imponerle límites radicados en principios constitucionales, para que no hagan y deshagan a su antojo, cuando sólo le hubimos de ser, condicionada y parcialmente, cierta representatividad en un determinado contexto (por ejemplo un espacio o partido político por el que ingresaron y mediante el que los votamos y que no puedan cambiarlo en el tiempo que dure su mandato)o que en caso de que lo hagan, que renuncien a los cargos por los frentes que fueron elegidos y que una vez dentro del poder piensan en fraguar o violar tal confianza que les ha sido dada.






Las escasas diferencias democráticas entre Alemania y Ruanda.

En ambos países se elegirá el presente año la máxima autoridad política. En uno, quién irá por su cuarto mandato, aquilatará al completar en caso de que se confirmen los pronósticos de las  encuestas, más de quince años en el poder, en el otro serán algunos más, con la salvedad que en este se realizó un referéndum y el 98% de la población aprobó la posibilidad de continuidad. Ambos estados, luego de guerras sangrientas, en la más reciente, fratricida, intestina que no salió, de los límites parroquiales de la geografía del lugar, en la otra, se generó a partir de la misma la última guerra mundial, pueden esgrimir índices económicos que expresan crecimientos del producto bruto interno, y otros datos objetivos, que son sin embargo, dimensionados en forma distinta, disímil, en el concierto internacional. En uno de los países la representación femenina en el parlamento araña el 65% en el otro, uno de los partidos que contaría con el 20% de adhesión, suscribe abiertamente a principios, postulados y manifiestos declarada y decididamente xenófobos.
Tentados a desgranar las diferencias etnológicas, estéticas, culturales, que dimanan de cada uno de estos países y que nos condicionan a una determinada perspectiva no solo de ellos, sino de nosotros mismos a partir de esto, solo tenemos que agregar que tal vez, el enfoque desde que realicemos nuestros análisis, nuestras lecturas, no sean más que sensaciones parcializadas, imperialistas, totalitarias, absolutistas, que al explorarlas en sus supuestas razones, sólo exhiben como lo substancial, como piedra basal de la arquitectura sorprendente, la contundencia de la violencia, de la estridencia de la fuerza como punto cero o punto de partida.
Las razones democráticas que se han utilizado y se siguen utilizando para generar posibilidades supuestas de libertad, allí en donde, supuestamente no las habría o supuestamente las desearían, no son más que suposiciones semánticas que se utilizan a los únicos efectos de sostener en el poder, a los que garantizan que las reglas del juego determinen que los ganadores de la partida sean pocos y los perdedores muchos.
Uno de los principios, o mejor dicho, de los pruritos, que la ciencia política, casi en su condición de brazo académico, de razón instrumental del poder de facto, que instauró como deidad, llamado “alternancia en el poder”, no es más que una excusa burda, que además de ser contradictoria en cuanto a que viola la disponibilidad de que el soberano vote a quién le plazca en el uso de su libertad irrevocable, que se la utiliza para mantener a raya a países de segundo y tercer orden, dado que desde donde se mueven los hilos de Ariadna de Occidente, esto es tan real y practicable como en Ruanda.
Los límites imaginarios, esto es tautología, dado que todos los límites son productos de nuestra imaginación, o en verdad de nuestros temores, que traza la política para delimitar quién puede estar dentro y quién puede estar fuera de su sistema integral, no es más que una fantasía insustancial que no resiste el menor análisis, como para que este dotada de cientificidad, de razonabilidad o de sentido común.
La democracia es en verdad “Realpolitik” (término no casualmente Alemán) que define la política de la realidad, la política de la praxis. Tampoco casualmente, el militar nacido en Alemania, Carl von Clausewitz, acuño la célebre definición “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. La democracia es asociada o vinculada como razón fundamental o teleológica para una vida en plena libertad. Paradigmáticamente en al menos una tribu Africana, no pudieron encontrar una definición en la lengua original que expresara lo que para occidente significaría libertad. Tiempo tardaron en darse cuenta que no había un término que significara libertad, dado que no necesitaban poner en palabras lo que vivenciaban, a diario y cotidianamente en acto.
Probable y posiblemente más lejos estemos de mejorar nuestras institucionalidades democráticas mientras más digamos que trabajamos por ellas a riesgo de pretenderlas, pétreas, absolutas, imperativas y apegadas a formalismos normativos que desdibujan nuestra compleja condición humana.  



Paraguay nueva víctima de un conflicto de poderes que no representan lo democrático.

"El derecho de sedición debe ser respetado, salvo en el caso de peligro claro y presente, el cuál obligaría a restringir las libertades políticas" Rawls. J.
Ante los hechos que observamos en forma directa, de ciudadanos que prenden fuego sus espacios de representación institucional, nos vemos obligados a continuar trabajando, desde el concepto, como lo venimos realizando, casi proféticamente, en este caso particular en relación al artículo que impedía la reelección del Presidente de Paraguay, pretendiendo resolver por lo frío de la norma, una cultura que generó a Gaspar de Francia como a Stroessner y que debía de ser resuelta profundizando lo democrático, es decir la cuestión meramente electoral, y no pretenden torcerla con cabildeos que obviamente terminarían (sí es que esto acabó, Venezuela  está en una situación harto compleja también, o sí es que continuará en el plano de la acción o en otras fronteras, o ambas) en disputas de poderes abstractos que devienen en el florecimiento de la gente en las calles, iracundos, violentos y dispuestos a pasar por fuego, lo que consideran que se llevaron puesta su posibilidad de comer como de vivir dignamente.  
Cómo lo siguiente que afirmábamos semanas atrás, no se produjo y en cambio se apostó, al devaneo, a lo difuso del interactuar de poderes del estado, difuminados en lo que verdaderamente representan, se llevó a una situación de hastío ante el manoseo que escondía las verdaderas intenciones de una clase política, alejada por siempre de los intereses de los sectores populares, pero irracionalmente distante de la lógica política.
Creemos en la inconstitucionalidad del artículo Nº 229 de la constitución Paraguaya  que impide la reelección del máximo gobernante ; estamos ante la defensa del derecho básico del ciudadano a poder elegir a quién lo gobierne, sin que medien condicionamientos de corporaciones políticas o clanes, o facciones, con representatividades ocasionales, como en mucho de los casos de legitimidad difusa, cómo es el caso, de la limitante de reelección al máximo cargo político de un país soberano que dice tener para sí, precisamente un régimen democrático, en donde la soberanía residiría en la voluntad popular, sin condicionamientos. Dentro de un contexto, no solamente, político, sino social en donde esta limitación no existe ni como planteo teórico. Es decir, atenta este artículo contra todo un sistema político, donde salvo el Presidente, el vice y los gobernadores, todo el resto de la representatividad política, puede ser reelecta, sin ningún tipo de ecuanimidad ni razón argumental que determine esta inequidad para el libre desarrollo de los derechos políticos del ciudadano. Asimismo consideramos también que atenta contra nuestros usos y costumbres, en donde desde los gremios, como los entes autárquicos, los clubes de barrio, o cualquier organización de personas, están al mando de alguien, que por lo general siempre consigue permanecer por muchos años al frente de lo que coordine, dirige o preside. Esto desnuda que a nivel teórico, sobre todo ciertas minorías ilustradas, pueden estar en contra de reelecciones, pero es nuestra forma de ser ante el mundo, tiene que ver con nuestra tradición, con nuestras costumbres, es cómo si alguien mañana, en una convención constituyente quiera establecer el fin del monoteísmo, no por ello la gente, dejará de creer en un solo dios y empezará a creer en varios.  Nosotros con esta presentación apuntamos a defender el derecho básico y esencial del ciudadano, elegir quién lo gobierne, que creemos que se está vulnerando, por una disposición normativa escandinava que nada tiene que ver con lo que hemos sido ni lo que somos como pueblo en la gran nación guaraní.
Lamentablemente venimos de tiempos en donde se nos quiere hacer creer que la política es lo urgente, es la dinámica pura y dura de un hacer alocado, y la política, es lo subyacente, son las reglas de juego que tienen que ser mejoradas o cuestionadas desde la razón, para que los ciudadanos, no se encuentren una y otra vez con los mismos problemas irresueltos por parte de quiénes cambian de envases, que también, lamentablemente, vienen en recipientes más insustanciales, que son partidos políticos que no plantean, ni defienden planteamientos, sí no que tan sólo se terminan disputando el poder para responder a intereses facciosos o de clanes, separándose de tal manera de los que dicen representar que son los ciudadanos.
No debemos, sin embargo, dejar de soslayar que estar a  favor de las reelecciones, es políticamente incorrecto, o no recomendable desde el punto de vista teórico. No sólo consideramos que estamos más allá de que esto beneficie o perjudique a alguien, sino un desarrollo teórico de proporciones, de allí que reconozcamos que probablemente sea no recomendable reelegir gobernantes. Ahora, no podemos tener reglas de juego que no sean ecuánimes y que atenten contra el sistema mismo al que se propone y presenta como lo mejor que podríamos tener políticamente. Es decir sí las reelecciones tienen un límite, que lo tengan para todo y cada uno de los cargos ejecutivos y representativos y que se haga extensivo al funcionariado que es designado de forma discrecional, sí no, que no se le impida al soberano, el elegir a sus gobernantes, a riesgo de que eternice a personajes en el poder. Es decir, tenemos que apostar a hacer madurar a la ciudadanía, darle la libertad de que pueda votar a quien quiera, las veces que lo desee, pero que tenga la madurez de saber los riesgos de reelegir indefinidamente. Es como si uno como padre de un pre adolescente, no lo deje salir a divertirse a la noche, por temor a que tome malas decisiones, esa no sería la posición correcta, lo correcto sería que lo formemos para que él pueda tomar las mejores decisiones, y que nosotros no le impidamos nunca ese ejercicio por temor o por riesgo de. Es lo mismo que pasa con ciertos países que aseguran hacer guerras preventivas o contra la opresión o el terrorismo, ejerciendo opresión o el terror.
Apelamos a las autoridades nacionales al respeto irrestricto de la soberanía popular, a las garantías políticas del pueblo Paraguayo, reservando, de lo contrario, a quién considere que esto esté lesionado, el derecho de realizar los planteos en los organismos internacionales, como el Parlamento Europeo, la Corte Interamericana de los derechos humanos (CIDH) y reserva de solicitud de carta democrática ante el Mercosur, Parlatino y envío de situación al Departamento de Estado de EE.UU. 
“La indefensión es un concepto jurídico indeterminado referido a aquella situación procesal en la que la parte se ve limitada o despojada por el órgano jurisdiccional de los medios de defensa que le corresponden en el desarrollo del proceso. Las consecuencias de la indefensión pueden suponer la imposibilidad de hacer valer un derecho o la alteración injustificada de la igualdad de medios entre las partes, otorgando a una de ellas ventajas procesales arbitrarias” (Definición otorgada por Wikipedia). La indefensión política, es una construcción conceptual, o un neologismo, al que tenemos que acudir para describir la situación en la que los ciudadanos de cualquier democracia occidental se vean percudidos por condicionamientos que impidan la libre elección de sus propios gobernantes.
Se deja en claro que la pretensión no es hacer ni discutir ciencia, a partir de la premisa de que la filosofía política, de un tiempo a esta parte, no viene discutiendo, nada o casi nada, que establezca consideraciones radicales que propongan un estado de cosas, (discutir la misma noción de estado dentro de ellas) que difiera, al menos, discursivamente, de una inercia en la que se podría decir que estamos sometidos, desde los primeros libros de consideraciones políticas tal como la conocemos. A diferencia, de lo que ocurre, por ejemplo, con otro campo, extenso de lo filosófico, como el ontológico, en donde las perspectivas, no sólo que han sido y son, de diversidades insondables, sino que además interpelan, a la confrontación de la experiencia metafísica, del cabo a rabo del fenómeno humano. Se entiende que podrán alegar, que esta consideración pueda ser catalogada de logomaquia o pecaminosa por insustancialidad académica, sin embargo, el registro de los hechos de nuestras democracias occidentales actuales nos impele a pensar, utilizando la filosofía política para ello, por más que como se considera, esto mismo sea un oxímoron.
Sí este campo nos está vedado, o por las propias imposiciones del poder, está cerrado para poder pretender un análisis de lo político, que vaya más allá de la filosofía política, que no filosofa políticamente, iremos por el sendero de lo que clínicamente se considera normal o anormal en términos psicológicos, de forma tal de encontrar, en qué lugar del análisis estamos.
Estudios e investigaciones determinaron el siguiente test, para descubrir comportamiento psicopático:
“Una mujer está en el entierro de su madre junto a su hermana,  y de repente ve un apuesto señor apoyado en un árbol del cementerio mirándola fijamente. Está lloviendo y ella se acerca a él para refugiarse en su enorme paraguas negro. La mujer, sonrojada, lo mira intensamente… Durante los días siguientes lo sigue, lo busca, lo ve… y poco a poco se enamora locamente de él, pero nunca le dice nada. Un día, le pierde la pista. Lo busca sin éxito y pasan varios días sin volver a verlo. Un buen día la mujer mata a su hermana.”
La mujer mata a la hermana para volver a ver al hombre que la enamoró en el entierro de su viudo.
Tener una política o una representación de políticos psicopáticos, sería que cada dos años o cierto tiempo, sólo ejerzan un comportamiento democrático, para citarnos, solamente a votar, sin más.
“Es increíble como un pueblo, en cuanto está sometido, cae tan repentinamente en un profundo olvido de la libertad, tanto que no puede despertarse para recuperarla, sometiéndose tan fácil y voluntariamente, que se diría al verlo que no ha perdido su libertad, sino ganado su servidumbre. Es verdad que al comienzo se somete obligado y vencido por la fuerza; pero los que vienen después sirven sin disgusto y hacen voluntariamente lo que los anteriores habían hecho obligados. Por esto, los hombres bajo el yugo, alimentados y educados en la servidumbre,  se contentan con vivir como han nacido sin cuidarse de nada; y ni piensan en tener otro bien ni otro derecho que el que le fue dado, y toman por natural el estado de su nacimiento. (“Discurso de la Servidumbre voluntaria”. Étienne de la Boétie. Pp 38-39. Editorial Colihue).
 Sí los ciudadanos no somos capaces de despojarnos de la servidumbre voluntaria y continuar sometidos a políticos con comportamientos psicopáticos, no sólo hablaría de nuestra enfermedad social, sino también de nuestro propio incumplimiento con la Constitución, dado que dejaríamos nuestra condición de seres humanos.
La única herramienta válida, tanto legal como legítima para que exista la representación, es la manifestación de la voluntad del voto soberano, en el marco de elecciones libres que de tal forma constituyen la democracia expresada en su sentido lato.
Sí hablamos de legitimidad, no sólo debemos hacerlo, diferenciándola, de la legalidad, sino estableciendo una meridiana diferencia entre la legitimidad parcial versus la legitimidad absoluta, la primera que es la válida y la única razonablemente cierta que puede otorgar el ciudadano a sus mandantes y la segunda, la que cree tener el representado cuando absorbe la cesión de la ciudadanía, para luego cometer los latrocinios por todos conocidos, que supuestamente, controla o controlaría, estos excesos, otro poder de un estado constituido que sería el poder judicial, cuyos miembros no son elegidos, paradigmáticamente por el voto de la gente. Esta razón de la legitimidad parcial, podría encontrarse observada explícitamente, en que el ciudadano al delegar su representatividad, lo haga no sólo por el término de una elección a otra, sino también bajo ejes conceptuales, que vayan más allá de lo temporal. Un ejemplo concreto sería que los representantes, no puedan, es decir tengan su legitimidad parcial o vetada, para introducir reformas constitucionales o electorales. Los mismos que conducen el juego, no deberían, asimismo estar posibilitados para cambiar esas reglas a su antojo o discrecionalidad. Toda reforma debe ser ad referéndum, bajo consulta obligada a la ciudadanía, de lo contrario se irrumpiría la parcialidad natural que nos insta como seres humanos. Todo lo absoluto, así se trate de una falsa idea de libertad, conduce inevitablemente a lo totalitario.
La democracia sí ha caído producto de los desmanejos de cierta clase política en un juego maquinal, como lo puede ser una tragamonedas o cualquiera que estipule el azar como factor determinante, debe re-escribirse, re-interpretarse, de lo contrario, sostener que lo político, mediante lo democrático es un juego adictivo de cierta clase dirigente para con las mayorías no tiene razón de ser, pues así como alguien sostuvo que dios no pudo haber jugado a los dados con nosotros, no podemos seguir siendo siervos, de quiénes, muy probablemente, hasta no puedan estar libre de afecciones que les nublen en buen entendimiento.
Las libertades políticas y en concreto, la libertad de expresión política pueden resultar contraproducentes sí, realmente, incluyen el derecho a la expresión subversiva, es decir, el derecho a la resistencia y a la revolución, el derecho a la desobediencia civil. Este es un tema que siempre ha puesto en difícil aprieto a todos los teóricos de los gobiernos representativos y legítimos.
En los bolsones marginales, en los archipiélagos de excepción, en donde el estado se ausentó en nombre de la política y los políticos al mando, sólo los tienen en cuenta, en los períodos electorales, para utilizar sus necesidades en el beneficio institucional de que asistan a las elecciones y los apoyen, a cambio de mendrugos o dádivas, en una práctica claramente extorsiva y prostituyente o cosificadora, la ciudadanía (sí cabe el término para tales sujetos que están en condiciones pre capitalistas y sometidos a la miseria de la indignidad del hambre constante y la bota arriba de la cabeza bajo el nombre de la necesidad permanente) sin embargo, cree, casi, dogmáticamente (estamos trabajando en una lectura en paralelo con el fenómeno religioso, que en las capas más bajas, sostiene sus adhesiones mediante la resignación, la culpa y la vida ultraterrena, en clave dogmática obviamente o apelando a que la fe es lo último que se pierde o lo único que se tiene en medio de la desesperanza) en la democracia, en la política o en sus políticos. Es paradojal, en tales sectores, en donde la política, o la democracia han demostrado sus fracasos más rotundos posee sin embargo, un apoyo irrestricto, irracional, explicable tal vez desde una resignación tajante o una fe conmovedora. Sin embargo, en los sectores, llamados independientes, cercanos a los cascos urbanos de las diferentes ciudades relevadas, los encuestadores, tienen muy difícil la realización de sus trabajos de campo. En un gran porcentaje son echados, cuando advierten que la consulta tiene que ver con la política. Los que responden, abrumadoramente, muestran su rechazo, sino también la generación de una suerte de resentimiento, hacia la política, y su sucedáneo actual, lo democrático. Aquí tal vez, sea conveniente volver a citar al hombre de Harvard, como para aproximarnos a una explicación del fenómeno. (“La gente está perdiendo su confianza en las instituciones democráticas. Tiene razones para estar enojada, a lo largo de la historia de la estabilidad democrática, el nivel de vida medio de la población fue aumentando de una generación a otra. Pero ya no. Debemos descubrir como nuestras democracias pueden ser estables en esta nueva circunstancia”. Mounk, Y). Se vislumbra esto mismo en forma fehaciente, pues la generación que podría estar mejor que sus padres, no lo está, y en paralelo, observan que aquellos que estaban como siguen estando, no tienen otra herramienta más que la fe o la resignación. Su conciencia de clase, no sólo es distinta, sino que además tienen las herramientas (educación formal por ejemplo o cierta cultura comunicacional o televisiva) como para expresarlo, cada vez más contundentemente y podríamos arriesgar, hasta con odios concentrados o acumulados, hacia los que ellos consideran responsables, agrupándolos en el significante de políticos/política/democracia.
Sabemos que no tendremos el beneplácito, el reconocimiento saludable, por parte de las autoridades, los medios de comunicación, y mucho menos la gratificación de los dirigentes políticos o culturales, por estar desarrollando esta colaboración a nuestra democracia vernácula. Incluso más, sabemos que lamentable, como erróneamente, este tipos de investigaciones, despierta la estulta y antediluviana reacción de que se la tomen con el mensajero. Seremos nuevamente señalados de todo lo que no somos, proyectados en odios ajenos, en envidias incomprensibles y en ninguneos harto frecuentes.
A contrario sensu, de lo pretensión metodológica de las revoluciones del pasado, no es necesario convencer a muchos y que esos muchos provengan de un campo popular, sometido u oprimido.
Debemos subvertir la revolución. La revuelta pasa por convencer a los privilegiados que no tienen verdadero provecho de los privilegios de los que dicen o sienten gozar. No necesitamos ocupar ninguna calle, incendiar ninguna bandera, edificio o botella con gasolina.
Simplemente nos bastará con tener claro esto mismo, para socavar la mente de los que mandan, de los que gobiernan, de los que tienen en sus manos las reglas de juego actuales. A ellos debe apuntar nuestra revolución, hacia allí debemos apuntar nuestro objetivo revolucionario. Debemos subvertirlos para que sean los abrazos, armados y ejecutores, de un occidente, que tenga reglas de juego más inclusivas o democráticas, tal como entendemos algunos, la verdadera democracia.




¿Busca Justicia el Poder Judicial?.

¿Será justicia?
Esta frase conceptual que se usa en los escritos jurídicos, en el ámbito del poder judicial, cómo el trato que se le dispensa al magistrado (en alguna oportunidad Majestad, como a Dios o al emperador, o su señoría) no son meros usos y costumbres de vago o rancio protocolo. Son elementos simbólicos que disciplinan a las instituciones y con ello a la comunidad, para que no observemos que las vendas que dicen tapiar la observancia de la justicia, para que sea ecuánime en sus veredictos, no es más que en verdad, un relato parcial, atestado de inequidades que provienen de una petición de principios o falacia de origen. ¿Qué es justicia? Es el título de uno de los autores, más estudiados y valorados por el corpus jurídico, Hans Kelsen, quién no sólo que no respondió, pidiendo expresas disculpas en su texto por no hacerlo, la pregunta que dio origen al libro, sino que además ensayo una tibia respuesta, ensimismada de conceptos relativos y de imposibilidades de note corte Kantiano, usando a Platón y a la historia de Jesús de Nazaret como para convencer al lector que la pretensión de justicia es la principal aspiración del ser humano. Paradójico que aquellos que trabajan en administrar justicia, es decir dentro del ámbito del poder judicial, sostengan que garantizan tal justicia, al ponerla antes de la firma como uso en sus escritos, teniendo a uno de sus principales teóricos que se pregunta precisamente qué es justicia, sin lograr, responder tal cuestión, por lo que se disculpa, garabateando un ensayo de respuesta relativa.
El supuesto diálogo, entre Poncio Pilato y Jesús de Nazaret, le sirve a Kelsen, para graficar que el hijo de Dios, por más que hubiera de responder que estaba allí para dar testimonio de la verdad, y al ser inquirido, específicamente acerca de que es la verdad, no hubo de responder nada, exige de tal manera al hecho citado que, finaliza la referencia, preguntándose, algo que considera aún más importante qué la verdad, ni más ni menos ¿ Qué es la justicia?.
Sus referencias conceptuales se plasman renglón seguido, cuando menciona a Platón y a Kant, forzando textualmente al primero, párrafos después, estableciendo que su teoría de las ideas, era en verdad una búsqueda para responder de qué se trataba la justicia (a diferencia de la mayoría de las consideraciones del pensamiento platónico que lo ubican como un predecesor de la metafísica o de la filosofía política). De hecho,  considera, en lo que podría ser una obsesión teórica, lo primordial en el ser humano, en una conversión entre semántica y conceptual, acerca de la búsqueda de la justicia, cómo en verdad o en profundidad la búsqueda de la felicidad.
 La lucidez de Kelsen, sin embargo, se percibe cuando deja desarrollar, sin el presidio de las referencias sus apreciaciones acerca de lo que está preguntando. Probablemente la frase primordial de su trabajo sea: “De no haber intereses en conflicto, no hay tampoco necesidad de justicia”. A continuación, y bajo el resplandor de lo mejor de sí, afirma  acerca de la posibilidad de discernir lo justo; “Problema que no puede resolverse mediante el conocimiento racional”. Luego de esto, da rienda suelta a su construcción de sentido relativo de lo justo, en una suerte de interdependencia con la cuestión democrática. Es más podríamos agregar, que Kelsen al diseñar la estructura de su teoría pura de derecho, apunta a prescindir de todo el laberinto accesorio en que décadas luego termino de convertirse en Occidente, el poder judicial, en el supuesto afán de buscar o implementar justicia (Una de sus ideas más notables fue la de originariamente proponer un cuerpo de jueces que no provengan del poder judicial). Nos detendremos en este punto, como para preguntar en esta instancia, algo que consideramos revelador para esa pregunta de la justicia en sí.
Sí nosotros iniciásemos un texto que se proponga lo ulterior de la noción de lo justo y acudiésemos para ello, a una referencia religiosa, y encontráramos en el culto Yoruba, tendríamos que acudir a su Orixa, Xangó vinculado a la justicia: “Reafirma claramente la imagen de poder que es siempre asociada a su figura. Es reconocido principalmente por su credibilidad, siendo sus decisiones consideraras tradicionalmente acertadas y sabias. Decide sobre el bien y el mal; posee la capacidad de inspirar la aceptación incontestable de sus decisiones, tanto por su poder represivo como por su rectitud y honestidad casi inquebrantable. Es el Orixa del rayo y del trueno. Místicamente, el rayo es una de sus armas, que envía como castigo, nunca impensado o arrebatado. Es un Orixa, temido y respetado. El pai Xango castiga a los ladrones, malhechores y mentirosos, su Justicia y Rectitud es lo que caracteriza a esta entidad” (http://orixaxango.galeon.com)
A diferencia de lo citado por Kelsen, el Jesús de Nazaret que culturalmente está muy vinculado al platonismo, sobre todo desde la similitud creacional del diálogo el Timeo y el Génesis de la Biblia, en donde la justicia, siempre está en un más allá, al que el propio Jesús apuesta (no haciendo intervenir a su padre todopoderoso, tolerando su injusta pena, y reafirmando el sentido de ejemplaridad de hacerle conocer a los cristianos de la existencia del otro mundo en donde la justicia divina sería un hecho) y de la cuál Kelsen, volverá en su obra fundamental de la Teoría pura del derecho, en la búsqueda de la norma hipotética fundamental, para validar el derecho, llegando hasta la instancia del derecho internacional (que se sitúa en la cúspide de su pirámide del derecho) se puede inferir, precisamente que renuncia a un absolutismo como para definir justicia, no sólo por carecer de elementos, como lo expresa, reflejando su Kantismo, sino  porque en verdad, consideraba que la justicia en su sentido cabal, solo podría existir en otro plano, no terrenal, como el anunciado, y por el que muere, Jesús de Nazaret, a quién, Kelsen, cita no casualmente en su introducción.
 No sería descabellado pensar, que en el ámbito del poder judicial, sin que por ello no citemos a otros autores, como por ejemplo: “La noción de justicia sugiere a todos inevitablemente la idea de una cierta igualdad. Desde Platón y Aristóteles, pasando por Santo Tomás, hasta los juristas, moralistas y filósofos contemporáneos, todo el mundo está de acuerdo en' este punto. La idea de justicia consiste en una cierta aplicación de la idea de igualdad” (Perelman, Ch. “De la Justicia”. Pág. 23. Centro de Estudios Filosóficos. UNAM. 1964) la concepción de justicia, judeo-cristiana, desde lo filosófico, implica una imposibilidad de llevar a cabo, materialmente la justicia, de traducir aquella noción, difusa o variable, en una cuestión asequible, real, efectiva.
Cuando, en los escritos judiciales, es decir lo que luego se transformaran en expedientes, esa traducibilidad en los hechos, de lo que hablan los teóricos citados, como los muchos más aquí no citamos por la necesidad de una economía de las palabras (sabemos sobre todo que en los medios de comunicación, la posibilidad de publicación de artículos son inversamente proporcionales a la cantidad de caracteres que posea) de la pretensión de justicia, de la búsqueda real de la misma o de la implementación, rubricando sobre el epíteto de que será justicia, es en verdad, la manifestación que la misma no será en este plano, en este tiempo, sino en aquel, en donde reposa esa pretensión de justicia, que aquí sólo existe como ensayo, como excusa, como pretensión facciosa, de quiénes hacen de tal posibilidad su fuente de recursos y de poder concreto y fáctico, dando por sentado, de esta manera, cuál es la razón de ser del poder judicial. De lo contrario, no sería sindicado como poder, ni tampoco, hubiera sido propuesto como contrapeso de las otras instituciones del estado.
Esta es la razón, por la que citamos la noción de justicia en otra religión o cultura (como tantas otras), que no esconden, ocultan, o disfrazan su relación con la penalidad, con el castigo, con la interacción entre lo humano  y lo divino y por sobre todo, con su resultante o con los premios y castigos que de los comportamientos se desprendan. La relación del poder, no está maquillada, representada o verbalizada, en las cosmovisiones que se escaparon del dominio occidental, pese a los intentos de sometimiento continúo de este. Mientras más a flor de piel, estén visibilizados los trazos de esta vinculación, de esta relación, que nunca ha dejado de ser un choque de dos espadas, que produce la luz o la chispa del conocimiento como lo expresa Nietzsche citado por Foucault en “La verdad y las formas jurídicas”, nunca podremos abandonar esa noción en donde esperamos la vida o la muerte de un dios, que directamente o por intermedio de un poder, nos dé la gracia de la justicia. 
Nosotros sin embargo, sabemos que no sabemos lo que es justicia, pero aun así expresamos, en escritos formales, pretenderla, instauramos un poder judicial, como un elemento de poder, y no de búsqueda de justicia, pero, perversamente,  decimos lo contrario. Se acopian los libros, los tratados, para explicar sí la noción de justicia, se correspondería con una ciencia que la determine, sólo con un método, una teoría pura, una dogmática o una hermenéutica, y en este ejercicio bizantino, aquel que posee un conflicto, y que pretende que se lo salde, o lo que es peor, quién es víctima de una fuerza superior (llámese estado) que profundiza o genera su desigualdad, quedará esperando, una respuesta de una entidad que nace como factor de poder, no con la finalidad, ni de compensar, ni de saldar, absolutamente nada.

Será justicia el día que vayamos por ella, entendiendo que la manera  ni la forma es actuando directamente o por mano propia, pero tampoco, esperando el designio, la evaluación de una Majestad que nos responda, cómo, cuándo  y dónde, por haber observados nuestros qué, porqués y para qué.
No democrático, faccioso, impopular e incuestionable: El poder judicial.
El poder de juzgar no debe confiarse a un tribunal, sino ser ejercido por personas sacadas del cuerpo del pueblo en ciertas épocas del año y de la manera que prescribe la ley, para formar un tribunal que sólo dure el tiempo que exija la necesidad. De tal manera, la facultad de juzgar, tan terrible entre los hombres, no hallándose vinculada en ningún estado ni profesión, viene a ser, por decirlo así, invisible y nula. No se tiene delante continuamente a los jueces; se teme a la magistratura y no a los magistrados” (Montesquieu, “El espíritu de las leyes”.)
 En tal obra, se establece la necesidad política, en verdad de la libertad, habla el autor, determinándose la división de poderes. Sí bien, afirma “De los tres poderes de que hemos hablado, el de juzgar es en cierta manera nulo. No quedan, por tanto, más que dos” el poder judicial le debe a Montesquieu, su razón de ser y su peculiar característica que viene adquiriendo de tal entonces de ser prácticamente incuestionable, a nivel teórico o académico.
Si alguien tuviese la posibilidad de repasar las tesis o los congresos en las diferentes facultades de humanidades, que traten acerca del poder judicial, a diferencia de los que versan sobre los restantes poderes, no habría dudas de que aquel es el menos observado, tratado y por ende, criticado o cuestionado. Posiblemente el autor del “Espíritu de las leyes” haya prestado un gran servicio para ello también al relatar las formas en que desde Roma se administraba la justicia, propiciando con ello, que desde la formación en derecho se estudie el derecho romano, como el fundamento mismo, desde donde continúa el extraño privilegio de quiénes se dedican a las leyes (académicamente) de tener la posibilidad de formar (en sus jerarquías) parte de un poder del estado, del que no pueden formar parte nadie que no tenga credenciales académicas acreditadas en este saber. Esta característica, sumamente facciosa y controversial, es sin embargo, muy poco cuestionada o visibilizada, a nivel teórico, práctico o mediático, nos hemos acostumbrado, extrañamente, a que la conformación de un poder del estado, el judicial, sea bajo principios, paradojalmente, injustos.
Montesquieu, al hablar del espíritu de las leyes, narra no solo los aspectos históricos, tipificando los casos en una cuestionable trilogía de la politología, de la república, la monarquía y el despotismo, sino en sus razones físicas, en donde plantea, excentricidades antropológicas cómo la que formula al expresar que en los lugares de temperaturas más frías los ciudadanos son más afectos a cumplir la ley que en las zonas en donde el calor apremia. Pero en donde está haciendo germinar, la perversión que apoya aquél apoderamiento por parte de los facultados en derecho de un poder del estado, es en dotar de espíritu a las leyes, desde su propio título y habilitar la exegesis, la hermenéutica y la interpretación de construcciones que son afirmativas, apofánticas. Es extraño que aquí tampoco, se haya cuestionado desde la lógica formal al menos, que se pueda  realizar esto mismo. Sí las oraciones que afirman o niegan algo, en un contexto positivo cómo el del derecho, pueden, ameritan y se propician como de interpretaciones interminables, entonces estamos perdidos. Tan perdidos, como en verdad lo estamos, y lo señalan todos los estudios de opinión pública en las distintas comunidades de occidente, en relación a la poca credibilidad que posee el poder judicial o lo poco que se corresponde con un servicio que brinde o garantice justicia. Este poder, que insistimos, ha sido tomado por una facción de la sociedad, a contrario sensu, incluso de quiénes en parte han propiciado esto mismo (citamos a Montesquieu también cuando afirma que la posibilidad de juzgar reside en la selección circunstancial de ciudadanos no atados a profesión) se fue forjando, en razón de esta perversión capital que se hacen de los juicios lógicos. Este laberinto, de supuestas interpretaciones de interpretaciones , que llevan a apelaciones y a la generación de más tribunales que supuestamente discuten, bizantinamente, abstracciones inentendibles de procedimiento, no hacen más que dilatar el pronunciamiento de la justicia, pagando onerosos sueldos a funcionarios judiciales para que den vueltas semánticas o procedimentales, para justificar los ingresos, dimanados de ciudadanos a quiénes se les priva del servicio de justicia que les corresponde.
Las interpretaciones de la ley, las exegesis ad infinitum y las exposiciones catedráticas acerca de lo que quiso expresar el legislador (es decir quién construyo la ley, que el judicial sólo tiene que aplicar) debería estar acotado al campo literario, filosófico, de competencia o de interés para quiénes así lo deseen y manifiesten. Sin embargo, en uso y abuso del supuesto espíritu de la ley (ya lo expresamos cuando Montesquieu se puso a pensar sobre el contexto, escribió que la ley se cumple más en los lugares donde hace frío…) se consolidó esta burocracia judicial, este laberinto de expedientes, de papelerío absurdo,  de perspectivas, de marchas y contramarchas, de manifestaciones irresolutas, que al único lugar que nos hacen arriba es al axioma planteado por Séneca: Nada se parece tanto a la injusticia como la justicia tardía. Claro que esta justicia tardía, conviene a la facción que administra justicia, pues, en sus prerrogativas simbólicas, además del trato de Majestad, como en los tiempos imperiales, la mayoría de los jerarcas del poder judicial gozan de prerrogativas como el no pago de impuestos, la no obligatoriedad de jubilación y el cobro de sueldos u honorarios que siempre son sideralmente superiores que los que puede percibir un maestro o educador (lo ponemos como referencia, pues el propio Montesquieu en la misma obra dedica un capítulo aparte para dar cuenta de la necesidad, sobre todo en las repúblicas de la educación de los ciudadanos: “En el gobierno republicano es donde se necesita de todo el poder de la educación”).
Tal vez la disolución del poder judicial sea un camino. Sin embargo, la existencia de conflictividades entre ciudadanos y los ciudadanos y el estado, continuaría existiendo, por tanto el sendero tendría más razón de ser, sí lo dotamos de una institucionalidad republicana, que se corresponda con la realidad y no simplemente con una argumentación proveniente de una vieja teoría de división de poderes, enmarcada en la necesidad de aquel entonces, por la revolución planteado por los descubrimientos de Newton, principalmente su teoría gravitacional. Esta suerte de necesidad de que los “astros estén alineados” (usado en la actualidad por diferentes comunidades para expresar vulgarmente, que todo este ordenado como debe estar o como nosotros creemos que debería estar) generó la posibilidad, que a nivel político, las compensaciones estén alineadas en una tríada, destacando la importancia ritual y simbólico del tres en la cultura occidental, desde la concepción del padre, la madre y el hijo y luego sus ritualizaciones en el campo religioso.
Nuestro contexto físico (recordemos cómo afecto a las ciencias humanas también el contexto de la teoría de la relatividad de Einstein) se corresponde con los tiempos de las partículas elementales, el principio de indeterminación  o de incertidumbre de Heisenberg. No por ser autorreferenciales, pero sí para rotular nuestro trabajo y dedicación de años, no hace mucho dimos a publicar el ensayo de filosofía “La democracia incierta”, señalando, como la gran mayoría de colegas y hombres dedicados a la cultura y la política, nuestra atención a los poderes legislativo y ejecutivo, para mejorar con las críticas y los aportes dimanados nuestra institucionalidad. Sin embargo, creemos que sólo lo lograremos sí analizamos, redefinimos y revocamos determinados aspectos del poder intocable, incuestionable, o inobservable; el judicial.
Sin que lo disolvamos, pero reconociendo, como Montesquieu, que es el más prescindible, deberíamos empezar a modificarlo en su constitución, en su conformación, más no así, todavía, en su funcionamiento en general. Por supuesto que eliminar la consideración procedimental, espirituosa e interpretativa de las leyes que generan la argucia para estar presos del laberinto y recovecos en donde se duermen los expedientes o las causas, a la espera de un dictamen, será un objetivo central, pero no por ello, tendremos razón sí es que eliminamos la posibilidad de que alguien tenga el derecho a realizar una denuncia contra el estado o contra un par, por considerar lesionado un derecho o que alguien falta a su deber.
Montesquieu, también afirmó, razonablemente, que el eje rector de una república, era el principio de la virtud. Principio que, obviamente no se cumple, en casi ninguna comunidad occidental y mucho menos en el ámbito o el poder judicial. Que las más altas magistraturas, sean ocupadas por quiénes, no solamente conozcan de derecho, sino de otras actividades (insistimos la letra de la ley, desde la perspectiva del judicial, debe ser juzgada, no interpretada o analizada) bajo la condición de que sean notables en sus desempeños (logros o distingos académicos o en sus trabajos, en sus emprendimientos, bajo logros reconocibles) podría funcionar tanto como cierta democratización en tal foro. Posiblemente no elegir, como otros cargos, a los jueces, pero sí que sean parte de aquellos que ya conformaron el ejecutivo o el legislativo (esto generaría que quiénes están en los anteriores poderes no se quieran  perpetrar en ellos y ofrezcan su conocimiento anterior en elaborar o promulgar leyes, para luego juzgarlas) o generar el consejo de notables en donde no sólo participen los matriculados en derecho, sería un avance, en todo sentido, no sólo a nivel judicial, sino institucional.
Por supuesto que esto no es más que unos prolegómenos, un introito, acerca de la funcionalidad, la razón de ser y la necesidad de cambiar nuestra institucionalidad, a partir de la perspectiva poco veces ensayada, del poder judicial. Pretende ser un acto de justicia para Montesquieu, a quién leyeron para su provechoso pero no pensaron a partir de él, tal como lo expresó en su obra del que se desprende el artículo: “Quisiera indagar cuál es la distribución de los poderes públicos en todos los gobiernos moderados que conocemos, y calcular por ello el grado de libertad de que puede gozar cada uno. Pero no siempre conviene agotar tanto un asunto que no se deje ningún campo a las meditaciones del lector. No se trata de hacer leer, sino de hacer pensar”

Se necesitan más políticos

A horas de un nuevo año electoral, el corso político, se inicia también, con quiénes se disfrazan de candidatos a todo, a los efectos de estar presentes en la movida política, con fines varios.

Hablamos siempre a favor de, como aporte hacia, nunca en desmedro de, que se entienda, sobre todo para una arena política que en este 2017 amenaza con poblarse aún más de deportistas, cantantes y famosos, nada contra ellos, pero se precisa también de los políticos tradicionales, de los que contagian con ideología, los que no le temen a un debate, los que construyen en una rosca, en el barrio, en el barro y también en el café.


Otro de los tantos signos del imperialismo cultural que padecemos, y que nunca nos hemos propuesto plantear es aquello de que los políticos tradicionales, son todos chorros, corruptos, mafiosos, desalmados. Seguramente existieron varios, y existirán, pero no necesariamente actores, deportistas y famosos, por el sólo hecho de ser tal, vienen por naturaleza beatificados y por horas de estar en los medios, recogen besos y votos ante las multitudes, para luego, en caso de no estar preparados, el trillado gestionar se convierte en el reparto de aspirinas de los poderes de turno que manejan como títeres a los afamados devenidos en políticos.
Un político de raza, desnuda su ideología la pone arriba de la mesa, debate, confronta, se calienta, putea, hace todo lo que todos los seres humanos hacemos un día común en nuestras vidas.
En un momento de la historia, el poder detrás del poder (que obviamente se disfraza de los distintos partidos en los que supuestamente se pueda encontrar), se encargó de encajetarnos esa versión edulcorada del político, ese tipo prolijo, bien vestido, que habla en propositivo, que parece más un líder espiritual mahometano que un tipo que va por el poder con todo lo que implica.
Se nos quiere seguir vendiendo, que los que manejen nuestros destinos políticos, no van al baño, toman agua mineral y no tienen ni odios, ni rencores, ni envidias, ni revanchas.
El éxito cosechado en otras arenas, las deportivas, culturales y del espectáculo, los sitúa eternamente en el sitio de tipos elegidos por cierta deidad que los hace impolutos, perfectos, al punto que ni siquiera la tentación no ya de robar, sino de putear a alguien ni se les presenta.
Son los especímenes del estado de los filósofos Platónico, en la versión del exitismo banal, pueril y decante.
La política necesita, de los políticos que están en el comité, en la básica, de los que se enojan, de los que debaten, discuten, proponen, se la juegan, por lo que piensan, o lo que sienten, tarea del elector es descubrir quiénes están por lo que les conviene (una “virtud” del verdadero político es su capacidad camaelónica), el verdadero político es el que le dice al encuestador que es lo que tiene que hacer y no al revés, el verdadero político es el que le maneja al comunicador la entrevista y no al revés, el verdadero político es el que le pone los puntos a los sectores empresarios y no al revés, el verdadero político es el que le dice a sus votantes, lo que cree por más que no le convenga, el verdadero político es el que armoniza la singularidad en la diversidad, administrando el equilibrio de la balanza.
En filosofía hay un principio de máxima que reza “es más importante la formulación de la pregunta, que la respuesta en si”.
¿Existen quiénes hacen política o pretenden hacerla desde otro lugar, con proyectos, con propuestas, con presencia concreta en distritos electorales, con un concepto político claro, para resurgir la finalidad colectiva de la actividad política, con un sistema concreto de presencia del estado en aquellos lugares donde los sectores más marginales así lo precisan, con una visión a largo, mediano y corto plazo?

¿No será hora que esos señores que manejan los partidos políticos en vez de ganar en quebrantos futuros (alguien que tiene lealtad a un deporte, solo podrá serle fiel a la victoria por la victoria misma, lo mismo que un famoso o reconocido, quién sólo se debe a su éxito) y en continuar horadando lo democrático, estimulen la participación de quiénes puedan dotar a la democracia de sentido, y con ello salvar de su extinción, o agonía en la que podría estar sumida?



Debemos conmemorar el día del pobre.


Episódicamente nos acordamos del pobre, ideal para pegarle al gobierno de turno que no nos simpatiza y que tampoco se ha encargado del tema, especial para cada muerte de obispo realizar una recolección más por menos y expiar nuestras culpas, sensacional para generar miedo a quienes sometemos amenazándolos con sumirlos a tal condición si amenazan con no seguir engordándonos. En el payasesco calendario de efemérides que conmemora días tan variopintos y sustanciales para el reverdecer de la humanidad, como el día del árbol, de la argolla gaucha o del relincho amanerado, bien podría ser un excelente proyecto a tiro de decreto para algún gobernador o la iniciativa parlamentaria para un legislador, siempre pensando al pobre para ser usado.
Señalar esto mismo no significa estar en contra de quienes militan alegremente por los derechos de las hormigas californianas, entendiendo que la misma, por el afamado efecto mariposa, replicará en que si no las cuidamos, nuestros hijos incrementarán sus chances de contraer fiebre tifoidea y con ello, aumentar el calentamiento global y al fin al cabo, acortar el final de nuestros días.
Es una cuestión de energías, un ejemplo bastará, al menos para nosotros, para intentar aclarar lo que expresamos.
Se dice del filósofo alemán Martín Heidegger, acusado por muchos de ser colaboracionista o directamente pro-nazi, de que al ser consultado que hacía mientras sus conciudadanos masacraban seres humanos, se encontraba “releyendo a los presocráticos”.  Seguramente no le cabe la misma responsabilidad a quién metía a las personas en las cámaras de gas que al que con responsabilidades académicas trascendió por sus conocimientos y su creatividad ontológica. Algo similar ocurrió con nuestro proceso de reorganización nacional, o la dictadura cívico-militar, no es lo mismo el peso que le cabe al que sostuvo la picana, que al que cantó alegremente los goles de Kempes en el mundial.
Sí por determinados caprichos de los medios de comunicación está en boga la discusión acerca del porcentaje de pobres en nuestro país (cómo si esto resolviese algo además, en los siempre democráticos medios de comunicación, siempre son citados los mismos operadores de poder o de espacios a quiénes no le interesa menguar el número de pobres o han fracasado estrepitosamente en el intento), cualquiera que habite, más nuestra región (históricamente postergada dentro del concierto nacional), o Latinoamérica (a excepción de la Ciudad de Buenos Aires, en relación a Occidente) no puede desconocer la existencia, cabal y exponencial de pobres que nos rodean, nos orillan, nos claman y nos desnudan en nuestra ausencia total de capacidad y de interés por tener una comunidad algo más justa o ecuánime.
Quién tenga la posibilidad de polarizar sus utilitarios de alta gama para no ser alcanzados por los rayos del sol, ni por la mirada del pobre, como el que siendo vecino, convive a metros de la pobreza del otro, puede crearse o construirse hasta un muro, para tapar lo evidente, sin que ello signifique que desaparezca.
Es decir en el reino del libre albedrío, quiénes no hemos sentido la picazón en el estómago por necesidad, a quiénes nunca nos ha llovido más adentro que afuera, a los que desconocemos la tristeza de no ser dignos para encontrar el sustento diario, podemos contar con el derecho campante, y ramplón de luchar por los derechos fundamentales de los koalas oceánicos o de los felinos asiáticos (con el éxito asegurado de que justamente se los consideren seres sintientes, casi en plenitud de derechos, como el viajar en medios públicos de transporte), sin que esto signifique ser más ni menos que nadie, considerando incluso que dando esta disputa estamos colaborando, en ese todo tiene que  ver con todo, con la armonía mundial para tener un mundo más justo. Nadie quiere señalar que esto, es una moda tilinga de los que solo se deberían encargar los habitantes de los países nórdicos, y quién así piense debería ser reprimido severamente, en las redes sociales como por intermedio de algún organismo que vele por los derechos de que cada cual se caliente por lo que le interese, predicando incluso que así construye un mundo mejor.
Simplemente deslizamos, mencionamos, sucintamente, casi con vergüenza, pidiendo permiso, que en las iluminadas mentes de nuestros hacedores, que en los cálidos corazones que habitan dentro de nuestra clase dirigente, el pobre tenga su lugar en el calendario.
Al menos ese día, por esa avidez por pertenecer, compartiremos la foto en nuestro muro, donaremos algún centavo más, sin un claro interés político o religioso, y lo que en verdad sería lo más importante, más allá de las ironías, que se piense en el pobre, en su condición, en cómo hacer para que no sean tantos a los que a diario y a expensas de nuestra calidad de vida, les privamos de tantas cosas, como de su dignidad y hasta de un día en el calendario.
De lo contrario, continuaremos como hasta ahora, en un tratamiento o de gestión de la pobreza, concepto que peligrosa y antidemocráticamente a desplazado incluso al gobierno o al ejercicio del poder.
“Podemos constatar en qué medida es pernicioso otro slogan de moda, el que sugiere que hay que gestionar el estado como una empresa. Entendemos que lo que quiere decir es que debemos tratar sus diferentes servicios con la única perspectiva de la rentabilidad material. La rentabilidad es solo una de las  vertientes de la empresa, y que la otra son las ventajas simbólicas que obtienen los que trabajan en ella. Pero además el estado no es simplemente una taquilla de servicios. Posee un poder simbólico propio, porque ocupa el lugar de dios, cierto que no como objeto de culto, pero si como garante de la legalidad y de la palabra dada…El objetivo del estado no es la rentabilidad sino el bienestar de la población. Esta diferencia en los fines a los que se apunta incluye también a las administraciones y a las instituciones como escuelas y hospitales” (Tzvetan Todorov, Los enemigos íntimos de la democracia)
Hablamos de la verdad de Perogrullo que la política de un tiempo a esta parte, perdió una batalla, en la que continúa tristemente derrotada, en la lona, con pocas expectativas de franca recuperación. Tratase del cautiverio en donde la política ha sido sometida, por consultores, marketineros y un ejército de profesionales que en el afán del vil metal, han asestado un duro golpe a la institucionalidad.
Ese concepto, ladino, afrancesado, perverso  y todos los adjetivos calificativos que puedan ser aceptados por la Real academia, que le caben a la “Gestión”. Dícese de la anti-política, de todo lo representativo a lo antidemocrático, a lo vinculado a los años oscuros, a la violencia dictatorial, que nos lleva a los llantos de los torturados, a la mueca de horror de algún desaparecido, sólo representa, lo diabólico de venderle a la gente, algo que no es, timar al ciudadano, estafarlo en su buena y mala fe, tratarlo de estúpido, de tarado, de imbécil o mejor de idiota en su primigenio sentido griego (los que no se interesaban en asuntos público).
Debería corresponderle cárcel moral (vendría a ser un nuevo concepto de penalidad social más efectivo que el actual y anárquico escrache que lo expondremos en otra oportunidad), al funcionario que pretendiera hablar de gestión, travistiendo bajo ese eufemismo, su obligación, su responsabilidad, la justificación de su sueldo, el deber ser con su comunidad y su razón de ser como hombre en el sentido más amplio.
Es como sí el médico nos dijera que le tenemos que agradecer, tras haberle pagado y tras habernos diagnosticado, una cosa es que le demos las gracias otra que nos la pida, que nos haga sentir que además de todo, le seguimos debiendo, en este caso las gracias. Es como si vinieran todos los maestros y profesores (desde el jardín) de algún hijo recién recibido, supongamos de abogado, y nos pidieran que le hiciéramos un asado a cada uno de ellos, por haber sido condición necesaria del título de grado de nuestro vástago. O para terminar con el arbitrio de ejemplos, sí cada uno de nuestros patrones, se instalara un domingo en el sillón de nuestro hogar, para cambiar los canales del televisor, dado que nos da trabajo los días hábiles.
Esta canallada que se impuso por una lógica cultural que se propuso poner de rodillas a la política, tiene a sus defensores a ultranza que son esos petimetres que no tienen inconvenientes en cambiarse de calza para dar a entender una supuesta identidad política que la cambian al primer viento.
Expliquemos entonces, no ya lo que pensamos o creemos, sino lo que nuestros antecesores, nos han legado como las funciones misma del estado.
Podemos dar el salto a Hegel, en “La Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas” cuando afirma “La esencia del estado es lo universal en y para sí, lo racional de la voluntad, pero que en tanto está sabiéndose y actuándose es subjetividad simplemente y en tanto realidad efectiva es un único individuo. Con referencia al extremo de la singularidad como multitud de individuos, su obra consiste en general en algo doble: por una parte, en sostener a estos individuos como personas y por tanto en hacer del derecho una realidad efectivamente necesaria, promover luego el bienestar de aquellos individuos (bienestar que cada uno procura para sí en primer término, pero que tiene simplemente un lado universal) proteger a la familia y dirigir a la sociedad civil…Con respecto a la libertad política, o sea la libertad en sentido de la participación formal en los asuntos del estado por parte de la voluntad y actividad de los individuos que, por lo demás, tienen como tarea principal los fines particulares y los negocios de la sociedad civil, se debe advertir que por una parte, se ha hecho corriente llamar constitución solamente a aquel aspecto del estado que se refiere a una tal participación de esos individuos en los asuntos generales, y se ha hecho también corriente considerar como estado sin constitución a aquel que no da lugar formalmente a esa participación”.
Al menos un día, debería ser para el pobre, con el viejo y perverso cuento de que todos los días trabajamos por ellos, constituyéndolos en el centro de nuestras supuestas preocupaciones, hemos logrado que las mascotas de los más pudientes vivan mejor y gocen con mayor plenitud de sus derechos que los hijos de los pobres, y el estado, aumenta su complicidad, en esta aberración.








Blasquismo Latinoamericano.

Vicente Blasco Ibáñez, en lo que resulte tal vez una de sus tantas actividades no tan conocidas, fundó colonias agrícolas en el interior Argentino, una de ellas, “Nueva Valencia”, ubicada a escasos kilómetros desde donde esto se suscribe. Internarse en la pasión que generó su derrotero literario-político, es ámbito de historiadores y académicos, de observadores iberoamericanos y de hombres de tertulia política. Sin embargo, para el público masivo, y sin temor a ser injustos con la intensidad social y colectiva con la que vivió, además exitosamente para los términos resultadistas, podríamos afirmar que luchó incansablemente contra todo tipo de tutela, de representatividad y de delegación. Menuda lucha, pues en la arena política, el principio de soberanía indelegable, debía ser refrendado en las calles, mediante la convocatoria de su periódico, que salía la mitad que los tradicionales y que hablaba el lenguaje de los no contemplados o incluidos. Parapetarse frente a la monarquía, en los términos políticos y literarios, en los que lo hizo (expresando que el país de Don Quijote, se había transformado en su asno glotón, producto de los monarcas por ejemplo), propugnar por el laicismo y escribir un libro entero (La araña negra) describiendo, sin contemplación el espíritu conquistador de lo Jesuita y bosquejar un republicanismo sin hacer eje en lo electoral, debió ser más que suficiente, para este Valenciano, que además le puso el cuerpo y dinero, a los emprendimientos agrícolas-colectivos señalados y lejos de su Europa natal, como para refundar todo lo que se unificaba en las pretensiones, altruistas y altisonantes de don Vicente.
Tal como existe una lectura, de que la filosofía de la liberación, es producto de un maridaje de concepciones neomarxistas y heideggerianas, por tanto vendría a ser una suerte de hijo latinoamericanista de padres europeos, no menos cierto, y por tanto arriesgado en lo teórico, es que existe desde hace tiempo un Blasquismo Latinoamericano.
Desde las Repúblicas, hasta las revoluciones en Latinoamericana, nunca tuvieron como eje central el “purismo” electoral. Muchos sistemas que se preciaban hasta de democráticos, augurando una supuesta igualdad de derechos y de posibilidades, ni siquiera en la práctica aseguraban que todos pudiesen votar (en Argentina la ley del voto universal, no contemplaba a las mujeres), como sí además sólo en el ejercicio del voto, se pudiese tener lo mejor que en teoría propusiera o dispusiera una República.       
A contrasentido de lo intentara el propio Vicente, y que posiblemente en forma inconsciente hubiese pretendido germinar en estas pampas, la tutela, la representatividad, la delegación, y por ende el camino fino, ante la subordinación y la dependencia a una lógica de amo-esclavo, está a la vuelta de la esquina en nuestras calles.
Hasta a los aviones le ponemos la nafta, justa, no sólo porque nunca alcanza, sino porque creemos que alguien siempre nos salvará, que finalmente la responsabilidad de nuestra existencia, tiene que ver con un orden divino, cósmico, con forma o rostro, paternal o maternal, con una mano ancha que nos columpia en lo estatal y en lo salvífico. Posiblemente en Latinoamérica sea más fácil demostrar fáctica, que teóricamente, la existencia de dios, de lo contrario, viviríamos con mayor asiduidad accidentes evitables o estados anárquicos en virtud de la impensada tolerancia ante tanta desigualdad e injusticia en la tierra.
También tuvo razón Vicente con respecto a lo Jesuita, en una opinión compartida con Napoleón, en relación a la orden religiosa, pero respecto a lo generado por estas tierras, toda aquella impronta, ya es indiscernible de nuestro acervo cultural y espiritual.
Los conceptos educativos y laborales, están profundamente vinculados con el trabajo de lo Jesuita, de lo contrario, tal vez hubiésemos retardado años o décadas el avance-retroceso de lo tecnológico-ciencista.

Fundar un Blasquismo Latinoamericano, y aquí radica la provocación intelectual del texto, sería propender, basado en las razones del afamado antimonárquico, a un sistema de monarquía constitucional en la Nueva Valencia (es decir en estas tierra Latinoamericanas), para luego de tal experiencia (aprendizaje mediante de llevar a cabo el ejercicio de la soberanía en la acción)  poder llevar a cabo una república con valores democráticos, asequibles, realizables y no meramente semánticos.
  
¿Y sí probamos con una monarquía constitucional?
Posiblemente la sacralización, el haber totemizado lo democrático, haberlo trasladado a un ámbito puramente simbólico, etéreo e impracticable, tras las tragedias mediante de toda una generación que pensó, en su momento acertadamente, en forma agonal que era la dictadura, la opresión, el totalitarismo, contra la democracia, la libertad y las posibilidades de ser humanos, sea gran parte del grave y acuciante problema político, que estructuralmente nos socava en nuestra condición de hombres de bien. Ya es tiempo que nos convenzamos, que no sería descabellado pensar que todo el sistema mediante el cual hemos edificado nuestras promesas, expectativas, como aciertos y fracasos, no ha dejado de ser un castillo de arena, incapaz de sortear el desgaste natural, del ir y venir de un mar embravecido como de una ventisca, siempre amenazante, conculcante y socavante de aquello que vanamente prometió sin cumplir, siquiera parcialmente. La pobreza y la marginalidad que seguimos arrastrando, desde tiempos en donde la democracia prometía alimentar, curar y educar, no es más que una gangrena que amenaza con un día hacernos levantar en la peor de las anarquías, cuando el hombre desnudo en sus más bajos instintos, instale, ipso-facto, la ley del más fuerte, la última ratio, que es la violencia, como devolución o vomito ante tanta crueldad, indiferencia y promesa perversamente sostenida.
¿Por qué hablar de monarquía, si nuestros inicios como estado-nación la han desechado?. Posiblemente por ello, por reconocer de una vez por todas que hemos fracasado en trazarnos esos objetivos libertarios. ¿Acaso no tenemos dinastías políticas, que travestidas en la carcasa democrática, nos gobiernan, fabulesca y burlonamente, mediante marqueses y duques que nos imponen, su sesgo dinástico, por intermedio del nepotismo, la arrogancia, de sus creencias en sangre azul, que nos obligan a ratificarla cada 4 años?.
Por supuesto que se necesitarían, argumentos como los siguientes:
En su obra “Democracia, el dios que fallo” Hans Hermann Hoppe expresa con claridad académica y meridiana: Si el “estado” es el monopolista de la “jurisdicción” lo que hará es, más bien, “causar y provocar conflictos” precisamente para imponer su monopolio. La historia de los estados “no es otra cosa que la historia de los millones de víctimas inocentes del Estado, ciento setenta millones en el siglo XX”. El paso de la monarquía a la democracia implica que el «propietario» de un monopolio hereditario -príncipe o rey- es derrocado y cambiado, no por una democracia directa, sino por otro monopolio: el de los «custodios» o representantes democráticos temporales. El rey, por lo menos, tendrá baja preferencia temporal y no explotará exageradamente a sus “súbditos” ni su patrimonio, ya que tiene que conservar su “reino”. Los políticos habituales del modelo del Estado democrático actual compiten, no para producir un bien, sino para producir “males” como el aumento de: 1) los impuestos, 2) del dinero fiduciario, 3) del papel moneda inflacionario, 4) de la deuda pública, 5) de la inseguridad jurídica por el exceso de legislación, y 6) las guerras, que se han convertido en ideológicas y totales desde la intromisión de los EEUU en la Guerra Mundial I hasta la Guerra de Irak II. “Del mismo modo, la democracia determina la disminución del ahorro, y la confiscación de los ingresos personales y su redistribución”.  O como tantos, otros, pero no estamos en el ámbito académico.
Quizá, tal como lo creen, afinados lectores de Rousseau, o  seguidores de Vicente Blasco Ibáñez (quien fundó en Riachuelo “Nueva Valencia) la soberanía no se delega y por tanto se deba hacer tronar el escarmiento mediante una movilización popular (como las de agrupaciones recientes, quiénes se asumen anti-sistema, dentro de un sistema que no tolera siquiera la sola mención para tal posibilidad) para reclamar en este caso, el derecho a la autodeterminación, para que en una consulta popular, este extremo de la Argentina, vuelva a ser parte de la corona española y además de ser por consiguiente, parte de la comunidad económica europea (con todo lo que significaría) blanqueemos, nuestro sistema político, así nuestra clase gobernante, empoderada, no necesite traficar con la mentira, ni con la impostura, ni robar con inflar presupuestos de canapés o escriturar mansiones días que no existen en el calendario gregoriano.   
Se debería crear un padrón único de “jefes políticos” a quiénes se le podrán otorgar estas facultades especiales y por más que entre en coalición con los derechos más elementales, habrá que buscar la manera de poner en blanco sobre negro esta realidad, dado que sí no lo hacemos, corremos el riesgo de caer en el error de aquellos dictadores africanos que contrataban a notables de la Sorbona, para que redactasen las cartas magnas de sus países, a modelo de la francesa, mientras en las calles continuaba la antropofagia (recordar la matanza entre tribus Hutus y Tutsi en Ruanda hace menos de quince años).

Un mundo que miente, descaradamente, que pide lo que no es, que no se cansa de exhibir esa faceta hipócrita, pérfidamente engañosa, ese dogma inspirado en las mejores argumentaciones para el engaño, en lo que se trasviste lo democrático, para el beneficio, a costa de la marginalidad de millones, de unos pocos.

Y la realidad es que, mal que le pese a Blasco Ibáñez, confesó republicano y anti-monárquico Español, anti-clerical y anti-jesuita, es usado hoy en nuestras tierras, de la cual pretendió crear una nueva Valencia, para legitimar aquello por lo que combatió. Sería al menos consecuente, con sus ideas que nosotros develemos lo que somos y reconozcamos nuestros límites. Imitando a Fidel, en lo mejor que dio de su revolución, que se nos prive de la supuesta posibilidad de elegir, o en verdad de legitimar a nuestros marqueses, posiblemente nos haga valorar nuestra libertad política conculcada, anestesiada, robada.

Sin ánimo de darle ninguna lección o sugerencia a nadie, pero y sobre todo los republicanistas Españoles, deberían prestarle más atención a la consideración secundaria que le brinda el autor a lo electoral, o partir de ello, precisamente, construir su tercer república. Sí en la actualidad, no son iguales ante la ley, por pasar de un sistema al otro, no lo serán mágicamente, sería acorde, que los que se llamen republicanos, adopten la posibilidad de que el voto de los que menos tienen, o menos asistidos o contemplados por el estado hayan sido, valga más (una especie de voto censista, que nosotros dimos en llama compensatorio) que el de aquellos que tuvieron oportunidades o posibilidades de educarse, de trabajar o sanar. De lo contrario, perderán nuevamente, un autor propio, exportando sus consideraciones, antes que ponerlas en el escenario de la política actual y real.
Quizá se nos ocurra aquello de hacer uso de nuestra soberanía, y con ello, casi sin querer, repartamos y demos de nuevo las cartas, de lo contrario, este juego, con estas reglas, ya sabemos cómo termina y terminara; vos y yo, perdiendo siempre.