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No servimos para nada o del discurso de la utilidad y el servilismo.


No debe haber oportunidad en la que no haya escuchado, casi en todo inquisitorio, sí lo que está usted haciendo o dejando de hacer, sirve efectiva como fehacientemente para algo o alguien. El totalitarismo de esta concepción de las cosas, alcanza grados irónicos, o los pretende, suavizándose bajo tal barniz de la humorada, para descansar en frases harto repetidas como “agarra una pala o ponete a laburar”, cómo si, precisamente ese hacer algo que demanda, la sociedad de consumo, no sólo que tenga que ser tal, es decir incuestionable, sino además, casi exclusivamente, construida bajo el categorial de un supuesto trabajo sacrificial que demande un enajenamiento suyo, para que finalmente le corresponda algo por tal entrega a título de ofrenda.

Los países, sin embargo, que demuestran, salir del molde, es decir de las crisis de hambre, ajuste y falta de inclusión, son las que apuestan, precisamente a las aventuras de lo más auténtico, como esencial de lo humano, sus vetas intelectuales, sensoriales, artísticas y que promueven las ideas fuerzas creativas que más luego, se exportan, con éxito en las sociedades condenadas, a esos trabajos forzados que tienen  a sus ciudadanos bajo trato esclavo, labrando tierras o haciéndoles cumplir horario, para confirmar lo innecesario de pretender acotar el tiempo a una escala de reloj.
No debe ser casual, que las comunidades tanto con índices económicos como sociales y con escenografías urbanísticas más desarrolladas y modernas, le ofrezcan a sus integrantes, formas más amenas o relacionadas con lo más auténtico del ser humano, para ganarse la vida, que en los otros sitios, en donde la pobreza y la marginalidad, golpea tanto al que no tiene como al que tiene. Abundan, no solo los trabajos informales o sin ningún tipo de garantías sustentables de lo jurídico, para los que viven en comarcas medievales en donde hablar de capitalismo no sólo que es ilusorio, sino conjeturalmente impreciso y escasean, las posibilidades de ofrecer maneras de conseguir el reconocimiento social, por intermedio de la expresividad, del pensamiento o de la proyección, más allá de lo establecido. En sentido contrario, en las aldeas, en donde la declaración de los derechos humanos, de siglos atrás, se aplica un poco más ajustadamente, aquel trabajo, pasa a ser una suerte de arcaísmo refractario, dejando a sus masas de proletarios en las instancias de la reproducción en serie de los bienes en serie (valga la redundancia), quedando, como desde la época de su descubrimiento, la discusión en la plusvalía.
Que las clases dirigentes de ciertas comunidades, se pongan a la vanguardia de las necesidades que están al porvenir, determinará la suerte que corran tales sitios en el futuro inmediato. El diagnóstico es unánime, todos reconocen que nadie sabe cuáles serán los trabajos más rentados o precisados dentro de un par de lustros por delante.
Un primer paso, podría ser este, es decir, cambiar la perspectiva de creer que tendríamos que tener certezas unívocas en relación a lo humano.
Que no sirvamos para nada, para nada de lo que precisa un sistema de no inclusión y de desigualdad, debiera ser no sólo una posición, sino una obligación. El tener hombres y mujeres que se puedan encumbrar en posiciones de pensamiento y de reflexión, debiera ser un derecho que tengamos los ciudadanos para que desde tal atalaya, nos iluminen con tales pliegues de la razón y la sensación de lo humano, que a los gritos pide, dejar de servir, y sentir a flor de piel, algo más que las culpas y los azotes del látigo y las exigencias que a lo único que nos han conducido es al presente averno en donde somos cada  vez menos humanos, cuando más obcecamos ante esos supuestos trabajos que nos denigran en grado inversamente proporcional al que nos dedicamos.
                                                                                                                       



Comunicamos mal.



La prueba contundente de lo que afirmamos, es que en los tres poderes del estado, constituidos, como instituidos, se prescinde del concepto de comunicación que no solamente tiene relación con prescindir de servicios comunicacionales que le podría prestar un profesional o quién oficie de comunicador, para dejar tal tarea en manos de amigos, familiares o entenados, cuando no, ellos mismos, en modo selfie, emitiendo el certificado de defunción a la ya nefasta y fascista “gacetilla de prensa” para dar nacimiento a esta epocalidad de imágenes casi automatizadas de móviles inteligentes que capturan instantes vanos e intrascendentes y al ser replicados se transforman, en el sinsentido de la inteligencia artificial, en una noticia digna de ser avalada, compartida y vuelta a replicar.
Corregimos. En el poder judicial, es donde se observa más cabalmente lo que afirmamos. No se trata de intenciones o de moralidad. Es decir, los representantes de los poderes constituidos,  e instituidos (performativamente, bajo la excusa o la razón que lo otro es la ley de la fuerza), no es que dejan en las manos de familiares y amigos, la comunicación de los actos públicos, por una superchería de aprovecharse de la ausencia de normas que establezcan el reparto de la pauta publicitaria oficial (y en el caso de que existiera la misma, su aplicación taxativa o la aprobación que necesitarían los miles de proyectos en tal sentido) y por ende el establecimiento de un estado de derecho, donde se respete la libertad de expresión, y de tal manera, no pagan, como lo deberían hacer por comunicar, sino que bastarden a la comunicación misma, casi sin querer, como a sus familiares y amigos (creyendo que los están ayudando los someten a tareas para las cuáles no están ni siquiera con ganas de llevarlas a cabo), u ocupándose ellos mismos, cuál adolescentes viven prendidos, en las sesiones o espacios institucionales de los teléfonos móviles haciéndose autobombo o autopromoción, en una clara exaltación de lo yoico a niveles de turbación manifiesta.
El poder judicial, aún mantiene (pese a encuentros, foros y discusiones, saludables, pero que no logran aún lograr el pasaje al acto) el paradigma de que los jueces hablan por sus fallos o sentencias. Esta definición, tal vez roce aquello de su constitución, es decir cabría la posibilidad de que se constituya una suerte de foro ciudadano, o que en las aldeas en que no se dispuso, la integración de observadores o tribunales populares, en cualquier caso, que la modificación del paradigma, signifique la repercusión palmaria de que el servicio de justicia, retorna a sus fuentes, en ese viejo principio, cuando la justicia no se decía ni se pretendía “independiente” pero se forzada a dar a cada uno lo suyo.
Deberíamos atestar los posibles talleres, foros, encuentros, tertulias, congresos, para dotar a todos y cada uno de los integrantes del poder judicial, no sólo a suplir tal paradigma, sino a constituir uno que tenga que ver no tanto con las formas (es decir con el modo selfie o compartir de la red social que fuere) sino con el concepto de lo que se tiene que transmitir en este caso, en el judicial, que es de los tres, el poder menos visible, en su conformación como en su acción para el ciudadano común, incluyendo como expresamos la naturaleza de su supuesta independencia.
En el legislativo, como en el ejecutivo, como expresábamos la batalla está perdida. Sí lo pusiésemos en términos futbolísticos, estamos en el minuto 80 de juego, a 10 del final, perdiendo 3 a 0, con 1 hombre menos.
Basta con asistir a cualquier sesión plenaria, del cuerpo parlamentario que fuese en el vasto horizonte que nos otorgan nuestras aldeas democráticas, para dar cuenta que, hasta que no se expida una resolución que prohíba el uso de aparatos con el nefasto nombre de inteligentes, nos llevaremos la triste imagen de parlamentarios que parecen estar en una discoteca replicando imágenes sin sentido y por doquier. Así lo atestiguan sus diversas y distintas cuentas, que sólo parecen copias, de copias, de tantas imágenes, que ya ni se ven, dado que no se distinguen en ese mar latoso, de ego, que proponen y con el cuál invaden.
Tal vez estéticamente, la imagen no sea tan fuerte, pero normativa como conceptualmente, lo que sucede entre el poder ejecutivo y la comunicación es aún más siniestro.
No sólo que en contadas administraciones existe una norma que distribuya la pauta publicitaria oficial (dándole sentido al principio de la obligatoriedad de que los actos de gobierno sean públicos y por ende de considerar a la comunicación como pública) sino que en este poder del estado, sigue primando la absolutista, como fascista consideración de que lo comunicable, solo se puede generar, desde la gacetilla de prensa.
Quiénes creemos estar comunicando, tendríamos que tener la obligación moral, de replantearos que significa comunicar y sí es dable hacerlo en un sistema que propone, como en otros ámbitos que la comunicación, sea replicación o sistematización de capturas de imágenes intrascendentes, que volcadas a un dispositivo, se terminan transformando en noticia o en algo destacado.
Quiénes nos resistimos a ser replicadores, copiadores y pegadores, y por tanto, nos forzamos a ponernos en autocríticos, rever nuestras posiciones, salirnos de nuestras zonas de confort, además de todo esto, tendremos seguramente, el acoso, el señalamiento, como la indiferencia de quiénes creen estar ganando algo (como sí de ganar se tratara, en tal lógica en donde quiere hacer prevalecer el mercado, que sí compraste más barato y  vendes más caro le das sentido a tu vida) a expensas de destrozar la comunicación.
Una herida de muerte, en la que lacerados, caen en su mortal dolor, los que victimarios, en verdad son víctimas de las herramientas que se aprovechan de su inhumanidad. No pueden, han vendido esa posibilidad de preguntarles al de a lado, que le está pasando, pero sacan una foto, a un pasto crecido y obtienen más de 100 me gusta por tal engaño de esa inteligencia artificial, que de a poco les va sacando la posibilidad de volver a encontrar el alma y el espíritu, con el que fueron ungidos como seres humanos.
 






De lo imaginario a lo simbólico, a cincuenta años del mayo francés.


“Pero el lenguaje del 68, antes que en boletines, papeles y manifiestos, se expresó en los muros de París. Para que las palabras no se las llevara el viento. Aquellos eslóganes del Barrio Latino dieron la vuelta al mundo” (Sánchez Prieto, J. “La historia imposible del mayo francés”).  Uno de ellos, rezaba “La imaginación al poder”. No es casual el haber escogido la acepción “rezaba”, el mayo francés se resolvió en lo inmediato (milagrosamente), tras el remedio de lo electoral (elecciones anticipadas) y más luego perpetuó, dogmática y por ende, religiosamente , el ejercicio repetitivo de la votación, ya connotado de lo democrático, liberador y anti opresivo se entronizó en el orden simbólico, en el orden de la ley, consagrada, sacralizada, normativizada e incuestionable, de aquella frase, a la presente, que define a la política en occidente: “El poder es (permite la) imaginación”.   
A nadie que pertenezca al campo de las ciencias sociales, o de cualquier otra área de diversas ciencias o en verdad del campo que fuese se le puede escapar la percepción, la intuición o el dato real que la democracia no pertenece al orden de lo real.
La democracia no traduce aquello que promete en su definición o etimología. La democracia no gobierna para ese pueblo, del que declama y que legal, como a veces legítimamente, representa. La democracia no ha logrado, casi en ninguna de las aldeas en que señoree, no ya mejorar, sino al menos no empeorar los índices sociales que recibiera por parte de los regímenes más antihumanos como execrables que antes de ella han gobernado ipso facto. No estamos expresando, todavía se precisa de este tipo de aclaraciones, que con esto prefiramos el horror del que salimos, tampoco por ello, debemos censurar la cuestión o la crítica que tenemos derecho a hacer de lo democrático, sino por sobre todo, ocluir o reprimir el deseo natural de vivir mejor, o al menos de que no tanta gente, tenga problemas de hambre cotidiano, democracia mediante.
Así como la revolución francesa, reaccionó al absolutismo del “Estado soy yo (Luis XIV)”, el mayo francés fue una reacción al orden  de lo político-público y su devoción por la hiperrealidad. De no haber sido de esta manera, las masas ingentes, hubieran tomado el poder, pero por el contrario, desecharon que el poder residiera en un lugar (en la territorialidad de las casas de gobierno, como sería costumbre para las fuerzas armadas al creer que tomaban algo con los derrocamientos que generarían nuevamente el horror, y el presidio, del plano de lo real, en su expresión más horrífica) y corrieron el plano o el orden.
“La imaginación al poder” es la frase que palmariamente refleja lo que sucedió y por lo que iban. A diferencia de la actualidad, en donde los consultores, arman las frases o los eslóganes, para luego hacer que sus clientes se acomoden a los mismos, o actúen en consecuencia, el plano que devino de aquel jolgorio de lo imaginativo, es el presente simbólico y rotundo de la ley democrática que no resuelve, ni defina nada, pero que la debemos cumplir, a rajatabla, a como dé lugar.
En una de las tantas, como actuales, revueltas, marchas o concentraciones, en que se manifiesta la sociedad civil, sea por los derechos de los perros a defecar en los transportes públicos o por la equidad de derechos en los distintos géneros, en los que se subdivide la humanidad, nadie o muy pocos cuestionan el orden, el campo simbólico en el que nos arrojó la imaginación de los que prevalecieron en el mayo francés.
Una bandera, tal como las paredes inscriptas del barrio latino en París, rogaba (en vez de rezaba) “no somos los hijos de la democracia, somos los padres de la nueva revolución”. Tal vez este sea el sendero, el comprender que no importa el lugar (la noción de la territorialidad como de la existencia tangible de las cosas pasó a ser un viejo recuerdo en tiempos de virtualidad), tampoco el tiempo (el que aducimos que nos falta para comprender al otro, y por el que nos comunicamos mediante caritas que son casi algoritmos de comportamientos estudiados por inteligencia artificial) y por ende nuestras acciones que hagamos o dejemos de hacer, sino lo que importara en el nuevo registro, para salir de lo simbólico, sea el testimonio, la palabra dada, sostenida por la convicción o la duda, pero que no ceje en dar cuenta de lo que se piensa, sienta o intuye.
La propuesta, la invitación, es a que obremos tal como si nos gobernáramos cada uno por las nuestras, lejos de cualquier pretensión anárquica, que pugne por lo agonal o por aspiraciones románticas que se rocen con lo quijotesco o lunático. Se sabrá de nuestras buenas intenciones, por lo que ofrezcamos a eso público, en lo que estaremos interviniendo, es decir haciendo política, a nuestro modo, a nuestra manera, más allá de como la cataloguen a nuestras acciones los académicos de la politología, presos de sus bucólicas publicaciones que persiguen siempre el interés del redito material o espiritual de quedar bien con el superior en cuestión o con el par.
Por supuesto que en la plaza pública (en sentido metafórico) los distintos accionares, chocarán, más allá de que muchos se complementen, pero tal choque, no necesariamente, debe o tiene que ser trágico o negativo. En tales confrontaciones, prevalecerá la ley (la habremos sacado al manifestarse, al traducirse, de su orden simbólico) y en el caso de que no prevalezca, se necesitará de que el nuevo orden, o campo en el que nos estemos desempeñando, lo real, se tenga como necesidad primordial el que nos entendamos, nos comprendamos, consensualmente, por mayorías o minorías, por sorteo, por compensación o por las múltiples formas que podemos encontrar como para organizarnos humanamente.
Para volver a soñar, es decir para apreciar la vigilia, y diferenciarla de las pesadillas, el haber despertado, nos impele a que nos preguntemos ¿Qué es lo que vamos a querer hacer? O que sencillamente que nos preguntemos, las respuestas vendrán después, siquiera la necesitamos, que no nos subviertan el orden de nuestra naturaleza humana, los resultados, como los números son producto de la imaginación, que luego se puede reconvertir en orden simbólico o legal, la realidad o lo real, es otra cosa, vayamos por ella, por la calamidad de ese niño o niña que le cuesta comer y que sacrificialmente sostiene las fantasías políticas y de poder con las cuales jugamos a la sociedad de la ley, democrática, de las libertades.





Del Defensor del Pueblo al Auditor Democrático con Competencia Electoral: Proyecto para que el órgano electoral nacional funcione desde la arquitectura jurídica de la defensoría del pueblo.

Traslado del Poder Ejecutivo al ámbito autónomo, con origen en el legislativo de la institucionalidad electoral. Economía jurídica y real, para precisar la competencia, especificar la “defensa del pueblo”, dotando a la misma entidad creada a tal efecto de la competencia electoral, a fin de que la principal acción resulte en la defensa del voto o sufragio emitido por el ciudadano, para que no lo haga ni condicionado, ni presionado o forzosamente impelido y para que  al realizar el acto del voto, el mismo no sea birlado, cambiado, no contado ni sumado, en ninguna instancia ni provisoria ni definitiva.
El proyecto contempla que desde el andamiaje jurídico-real de la Defensoría del Pueblo de la Nación (Ley N° 24.284) no sólo se defina su funcionalidad específica (desde su nacimiento normativo como en las distintas partes del mundo en donde se implementa se encuentra una dificultad para expresar en forma taxativa y fehaciente ante qué y cómo defiende una institucionalidad a los ciudadanos de los posibles excesos que cometan las institucionalidades hacia ellos) sino que además aprovechando la misma, se traslade la competencia existente en la actualidad en la órbita de la Dirección Nacional Electoral, dentro del Ministerio del Interior del Poder Ejecutivo Nacional.
Toda lo atinente a lo electoral, de esta manera, tendrá su funcionalidad, con origen en el poder legislativo, pero de funcionamiento autónomo, dotando además al mismo de la posibilidad de hacer docencia democrática, dado que también se trasladaría el Instituto Nacional de Capacitación política que pasaría a ser un Instituto para el fortalecimiento democrático.
Tal como en Ecuador, como  México o distintos países del mundo, el órgano electoral esta disociado, expresa y explícitamente del poder Ejecutivo, que siempre en lo electoral pone en juego o su continuidad o sus intereses políticos, claros y manifiestos, atentando de hecho y palmariamente con la, al menos, sensación de asepsia que se debería garantizar para el ejercicio del voto de la ciudadanía. No sólo en las últimas elecciones nacionales se demostraron los problemas tanto conceptuales como reales que posee el actual sistema imperante, sino que sistemáticamente, desde el recupero de la democracia, la cuestión electoral, ha sido una tarea pendiente a nivel institucional como normativo.
A los efectos no sólo de corregir también o mejor dicho de precisar la institucionalidad del Defensor del Pueblo, sino a los efectos de que este traslado que se propone de dos órganos del ejecutivo, no se transformen en la posibilidad de la creación de una entidad elefantiásica que genere mayor gasto, agio burocrático y devaneos interminables, es que se propone la refuncionalización, reacondicionamiento, normativo, para su posterior consecución en la realidad de que la cuestión electoral garantice la expresión democrática de la ciudadanía en su conjunto y que una vez o que cada vez que esta decida todos podamos conocer, sin tinte de sospecha alguna, como ha resultado tal jornada electoral que es ni más ni menos que el símbolo de nuestra vida democrática.
A continuación unas breves líneas de argumentación, quedando a entera disposición de instituciones como autoridades que requieran el proyecto en su integridad para poder darle el mayor curso posible.
El Presidente del Instituto Latinoamericano del Ombudsman (ILO) el Dr. Carlos Constela, en su apreciable obra “Teoría y Práctica del Defensor del Pueblo” (Editorial Zavalía), inicia el texto en la búsqueda histórica del surgimiento de la figura en cuestión, llegando no a su primer momento simbólico, sino a su naturaleza jurídica y filosófica (es apasionante el discurrir planteado por el doctor que lo develan como un conocedor de los mundos jurídicos, históricos como filosóficos)  que la define con claridad meridiana como la sustentación del defensor del pueblo en el “poder negativo” , cita “Sólo por virtud del llamado poder negativo se puede afirmar que la del defensor del pueblo es una magistratura para defender al pueblo y limitar los excesos diferenciales del poder en la defensa de la democracia (pág 69.)”, haremos un alto en este punto, no para confrontar teóricamente con el Presidente del Instituto, ni mucho menos, sino para simplemente dar nuestra perspectiva.
En el historicismo que pretende la obra mencionada, el autor reconoce la imposibilidad de detectar el momento cero o iniciático de la defensoría (“Haciendo la historia del ombudsman dice un catedrático belga, que cuando se intenta rastrear sobre los antecedentes de esta institución debe indagarse en el amplio campo de la evolución de las estructuras legales de la sociedad” pág 12, ibídem)  resulta extraño incluso, sí se analiza toda la obra, que en este pasaje el autor sólo señale la cita sin brindar nombre y apellido del citado, mencionando sólo su nacionalidad, dado que en todo su compendio son cientos los  autores a los que recurre, y claramente expone en el mismo  independientemente de esto, y acudiendo a otros análisis acerca de la razón de ser y por ende la historia de la figura del defensor del pueblo, el consenso continúa acerca de su difuso origen, pero estos últimos analistas  o teóricos agregan que provendría de la cultura nórdica o escandinava.
Aquí es donde los teóricos que respaldan la posición “latinoamericanista” con el instituto que preside Constela a la vanguardia, dividen aguas entre “el defensor del pueblo” y el ombudsman, veamos “Hemos sostenido desde hace tiempo la naturaleza tribunicia del Defensor del Pueblo por oposición a la idea que lo identifica como un comisionado parlamentario. Del mismo modo afirmamos que sus orígenes están en el Tribuno de la Plebe de la antigua Roma antes que en el Ombudsman escandinavo. (Constenla 2008: 27-40; 2010: 308-317; 2011: 42-50; 2012: 328-331) El mismo autor propone otro libro determinando este origen histórico y con gran didáctica, diferenciando el defensor del pueblo latinoamericano del ombudsman escandinavo o europeo.
Sin embargo, y aquí esta nuestro aporte o perspectiva teórica, en lo que no repara Constenla, es que el origen europeo de esta figura (lo expresa el mismo autor en su obra, anteriormente citada,  de Teoría y Práctica del Defensor del Pueblo; “En la historia de España existe una singular institución a la que se apela como antecedente histórico, se trata del justicia mayor de Aragón, gestado en el siglo XIII como mediador y moderador en las pugnas entre el rey la nobleza” pág. 186) que se observa claramente también en la historia de la corona británica (la recordada y taquillera película “Corazón Valiente” inspirada en la vida del Escocés William Wallace, quién ejerce una representación natural del pueblo, del suyo, es decir del más cercano en un inicio, ante abusos normativos concretos, el derecho de pernada por ejemplo, y ante la pasividad o la complicidad de quién debía velar por los mismos, la propia nobleza escocesa, es una cabal muestra de lo que arriba se menciona en forma teórica) y en definitiva de la razón de ser del instituto del ombudsman en toda Europa, por más que pueda diferenciarse en su naturaleza histórica o en los principios metodológicos, resguarda o guarda, la misma finalidad o teleología que la del defensor del pueblo latinoamericano.
En este punto, presentamos nuestra disrupción, a diferencia de la historia Europea, a nivel normativo, mucho más ordenada y con su propia razón de ser, y a diferencia de la nuestra, que muchas veces, sólo ha sido una burda imitación o copia teórica de lo que ocurría, Atlántico mediante, deberíamos aprovechar la institución del defensor del pueblo, no sólo para sacarlo de esa “negatividad” jurídica que debe a su supuesta razón de ser (Eurocéntrica en verdad) , sino también no introducirle a la comunidad una posición a la defensiva (no entraremos en aspectos psicológicos y lo pernicioso o poco productivo o placentero de una posición tal) es decir que sienta la necesidad de estar defendida de sus propias instituciones creadas, paradojalmente, para hacerles más feliz o más sencilla su existencia, por tanto, consideramos necesario, sin cambiar una coma, desde el punto de vista jurídico o procedimental, sino con la designación de hombres que entiendan o proyecten una idea filosófica y no sólo se planteen ocupar un lugar por el rol en sí mismo o por el sueldo, que se le puede agregar en el espíritu de la defensoría del pueblo un rol que tenga más que ver con una función explicativa, con una posición pedagógica.
Pese a los años democráticos transcurridos, aún nos asombramos de como ciertas situaciones parecen poner en vilo a nuestra institucionalidad (Desde una inundación, hasta una ley electoral confusa y anquilosada) no por casualidad, quiénes nos dedicamos a los aspectos teóricos, sin desentendernos de lo práctico, en este caso, el de esta pluma, que intitulo su último ensayo de filosofía política “La democracia incierta”, creemos indispensable el hacer pedagogía democrática, sobre todo en las esferas o capaz más marginadas por la miseria y la pobreza estructural que asola y azota desde hace tiempo nuestra región.
Para ponerlo en términos prácticos se podría aprovechar el rol aún no acendrado del defensor del pueblo para que más que un defensor, o además de un defensor, sea un auditor democrático, un explicador popular de lo que es la democracia, sus usos y funciones. Resolviendo de esta manera una de nuestras deudas, arquitectónicamente conceptuales más colosales, la de tener un organismo de lo electoral por fuera del Poder Ejecutivo, con base en el legislativo, pero con autonomía, reservándose además la promoción o el auspicio de otras prácticas democráticas, además del voto, mediante el Instituto para el fortalecimiento democrático.
Tener un defensor y a su vez un difundidor, o un auditor democrático, sería mucho más útil y tendría más que ver con nuestra propia historia, que lo que  se pudo haber copiado de Europa, esta posibilidad, concreta y puntual, como tantos aspectos centrales de nuestra vida democrática, a la que debemos honrar en sus actos más sagrados, como lo es la posibilidad de emitir un sufragio y que el mismo sea contado y/o sumado, tal como fue emitido o sufragado en tiempos y en los procesos o métodos más, democráticamente adecuados.





El libro agoniza en la terapia intensiva de las ferias que organizan para exterminarlo.

“Lo que llamamos literatura no ha existido siempre; es decir, por literatura entendemos una cierta relación que hoy mantenemos con ciertos textos, algunos de los cuales (los contemporáneos) pueden haber sido ya producidos como tales, mientras que muchos de los demás no fueron en absoluto literatura en el momento de su producción y recepción primeras…Comprendemos que la literatura es hija de determinada sociedad y solidaria de una serie de instituciones (Academia de letras, sociedades de autores, facultades de filología, prensa periódica, mercado del libro, alfabetización y escolarización obligatoria, etc.) de muy reciente consolidación…La noción de escritura, una noción que pretendía abrazar a la literatura y a todo aquello que no era justo llamar así, y que por tanto no partía de distinciones de géneros, estilos, temas, jerarquías, o autorías, sirvió para neutralizar valores subrepticiamente pasados de contrabando por la idea de literatura…permitiendo el análisis en términos de escritura que no solamente reivindica obras menores o autores malditos sino que eleva el rango de objetos dignos de análisis textos plebeyos o secundarios”( Pardo Torío, J.S. “La aporía de la diferencia”. Editorial Síntesis. Madrid. 2014. Pág. 200).
La cita que antecede es un cabal ejemplo ratificatorio y contundente de lo que se pretende transmitir. El libro objeto, del que se extrajo lo citado, lo encontré en una librería a punto de cerrar, en una suerte de palangana plástica que contenía libros como otrora pudo contener excrementos humanos o vísceras de chanchos. Lo único que aglutinaba a los libros allí reunidos era su precio, tres dólares. Obviamente que por tal suma, alguno de filosofía encontraría y resulto que eran mayoría, los allí depositados que se vendían más baratos que el papel, en cualquiera de sus otros usos. Por esos caprichos del destino, y buscando editorial para mi sexto libro, me topé con la firma española que publicó tal objeto despachado como retazo. El dueño, director o responsable, tras una suerte de “evaluación” de mi manuscrito, me escribió un correo electrónico expresándome que editaría mi libro, siempre y cuando, comprará por anticipado una cantidad determinada de ejemplares, aduciendo razones de mercado y demás argumentos económico-financieros acerca de la realidad de la industria del libro. Sabía de muchas editoriales que hacen esto, pero claro, lo expresan  de anticipado, y está muy bien. Llegan a tener una suerte de denominación de edición a demanda o autoedición, al punto que en mis jóvenes años hube de experimentar tal aventura sólo recomendable para ciertas personalidades (de lo contrario se podría cometer la tropelía de recomendarle a un romántico que pagando por sexo pretenda encontrar amor).
Claro que como todo en la actualidad del “postiempo” , la multiplicación de lo mismo, en una surte de exceso en el juego de espejos enfrentados, nos devuelve este tipo de experiencia, de editoriales que se venden como las tradicionales, pero  que terminan siendo lo que no pretenden ser, de lo contrario se presentarían como tales.
El caso de los emporios editoriales, de las grandes o clásicas, es harto aburrido el desenmascarar cómo funcionan. Existen, valga la paradoja, libros enteros denunciando esto, o lo que es peor, cadáveres, de escritores que han dejado su vida, ahogados en la angustia que no mitigó ni el alcohol, ni el tabaco, ni las drogas, de escribir para que firmen otros, de tolerar evaluaciones ciegas, triples referatos, de académicos, ciegos o tuertos,  que sólo son leídos, obligatoriamente por sus circunstanciales alumnos que cuando se reciben, en el mejor de los casos, los saludan para el cumpleaños, más por una suerte de síndrome de Estocolmo que por haberles dado algo válido para sus vidas.
Esta falta de oxigenación, de democratización del libro, la encontraron como oportunidad las nuevas editoriales, que en verdad producto de los tiempos modernos (es decir de las máquinas que imprimen en menor tiempo y en mayor cantidad) no son más que fotocopiadores con cierto marketing que asociados a gobiernos de turno, inventan esta serie de “Ferias del libro” que no son más que un negocio, para esas fotocopiadoras modernas y los gobernantes que se llevan el aplauso gratis de haber organizado un evento cultural.
De acuerdo a los datos que brindan fundaciones de investigación  (cerlalc.org) en Argentina leemos menos de 5 libros al año. El nivel africano de tal resultante se agravaría temiendo que tal estudió se llevó a cabo en las grandes urbes argentinas. Se estima, que donde la pobreza golpea con más fuerza, el norte argentino, el promedio de 4,6 libros leídos al año, desciende a como mínimo 3.
Claro que las ferias del libro, en el maridaje señalado, dirá que en un pueblo o ciudad de, supongamos 50.000 habitantes la primera feria del libro de la paloma cultural, indicó que se vendieron 200.000 libros.
Esto mismo es lo que nos permite afirmar que estamos matando al libro. Las fotocopiadoras que se dicen editoriales, venden fotocopias, que dicen que son libros.  Rejunte de hojas anilladas, que en el mejor de los casos son un recortar y pegar de funcionarios de un ministerio. O tal vez, lo más grato que se encuentren en tales encuentros, sean los poemas del diputado, o del fiscal, que se puede pagar la autoedición, pero que ni siquiera se toman en serio el hecho de escribir un libro, por lo general, se los hacen sus secretarios o esos escritores fantasmas que, como los libros, están en la terapia intensiva,  acosados por las adicciones, ante este mundo que pretende someter a todos por igual bajo el báculo de la formalidad vacua y huera, bajo la estupidez egoísta del poder simbólico del billete.
A los gobiernos le sirve, decir que en una semana, cinco millones de tipos pasearan por tal feria de “la cultura absoluta” y compraran otros cientos de miles de fotocopias. Es mucho más difícil, trabajar culturalmente en que un pueblo, o su clase dirigente, reconozca con prestancia, jerarquía, respeto o consideración a un poeta que a un prestamista, a quién demás está decir lo tienen en un sitial de semidiós (insistimos, la idea es poner a ambos en el mismo sitial, no bajar a uno para subir a otro, no son excluyentes o no debería serlo). Claro este seguramente financio la llegada de las maquinas fotocopiadoras que se dicen editoriales, y posiblemente pueda pagar también para que hagan sus memorias y quede en papel la historia de su vida. Lamentablemente para sí, no podrá cambiar lo que ha hecho o no (es decir sí toda su vida ha prestado dinero y está orgulloso de ello, no debería pretender haber hecho otra cosa), el escritor, sin embargo sí, puede cambiarlo todo, y además no tiene reparo de conciencia, es decir, puede vivir muchas vidas escritas, indistintamente, sin que eso lo conmueva o lo dañe.
Un escritor en verdad no necesita de una feria, ni siquiera de un libro. Al escritor le alcanzan con las palabras. El público que tenga o no, es lo de menos, esta es la consagración de un hombre de letras, prescindir del resultado, en el juego que ha hecho con esas palabras.
Para mis colegas, a esos que aún les molestan estas minucias de mercado, les digo que sí sirve de testimonio, he decidido prescindir del libro como elemento que me defina, ya no significa el fetiche de la consagración simbólica.
Resolví enviar a todos los correos electrónicos que encuentro, el conjunto de palabras que se da en llamar libro. La experiencia es sumamente recomendable. Creo que es el camino que tenemos, mediante esta era, los escritores (es decir ni siquiera la otra trampa de los libros electrónicos, ni nada de ello, socializar, indiscriminada y azarosamente lo que uno ha escrito). En el camino, recibo respuestas de quiénes se enojan porque les llego un correo no deseado, pienso en cuán enfermo estamos de hacernos problema por algo así en un mundo que se cae a pedazos, producto de la violencia, la pobreza y la marginalidad que padecen millones de hermanos. También y lamentablemente en menor cantidad, agradecimientos, aliento. Me da mucha gracia, las respuesta que me envían revistas académicas o científicas, que me brinda un link y me aleccionan acerca de cómo tengo que presentar el texto  para ser considerado ( lo peor de todo es que me he aburrido de publicar en esos lugares, que no son leídos ni consultados por casi nadie, y que te piden exclusividad, en una suerte de contradicción manifiesta dado que, uno como autor busca llegar a mayor cantidad de personas, y ellos someten al texto a evaluaciones, cansina, ciegas, bobas, que terminan de sepultar la posibilidad de que alguno más que no forma parte de tal cofradía lea algo de lo que producen) y ni siquiera están leyendo el correo que les mando, en donde les digo en tres líneas que les estoy mandando un manuscrito de filosofía política, en el caso de que les interese. Y me responden, sin leer o sin entender que no quiero (porque además les envío mis datos donde están todas mis publicaciones científicas y académicas) publicar bajo tales reglas, solo quiero escribir y compartir lo que escribo.

Sería más honesto, más directo, más efectivo, que quiénes desean la muerte del libro, organicen la quema de los mismos, pero claro, como ya se realizaron varias a lo largo de la historia, ahora la condenan a la agonía de esta terapia intensiva mencionada, siguen sin entender que así maten los papiros, los libros, incendien las imprentas, travistan las editoriales de fotocopiadoras, camuflen la literatura o la cultura con el cualquiercosismo o el reducto para los amigos o amantes con sensibilidad, no podrán con el pensamiento, ni con su símbolo, la palabra. Como recuerda uno de los pocos escritores que quedan, Girala Yampey, para el Guaraní, que vino a estas tierras en busca de la tierra sin mal, la palabra es alma, y el alma está más allá de las formas, llámese libro que se exhiban como tales en ferias de vanidades.     

Socius fit culpae qui nocentem sublevat.

"El que apoya al culpable se hace cómplice de la falta". Su autor Publilio Siro fue un escritor latino de la antigua Roma. Fue hecho esclavo, pero gracias a su talento se ganó el favor de su amo, que lo liberó y educó (a diferencia de las esclavitudes modernas en donde la máxima expresión de libertad es que te brinden la posibilidad de ganarte un salario que apenas permita la subsistencia, una suerte de condena para no dar cuenta de lo corto de las cadenas). Recibió el premio de César en una competición en la que venció a todos sus rivales, incluido el célebre Décimo Laberio en los tiempos en que los premios y las distenciones eran tales, y no reductos de la baja politiquería para comprar favores a cambio de caricias a la vanidad. De sus obras queda únicamente una colección de "Sentencias" (Sententiae) y la siguiente es tal vez la más contundente, sobre todo en los tiempos actuales en donde, la sociedad civil, pretendería que se cumpla "iudex damnatur ubi nocens absolvitur" ("El juez es condenado cuando el culpable es absuelto.") tal máxima, tan determinante, efectiva y sencilla. La complicidad en la falta, y que hace culpable al que apoya al truhan, cuando es lesiva de la cosa pública, se transforma en crimen de lesa humanidad, como pretender borrar con una sentencia la imprescriptibilidad de haber asesinado en nombre y con recursos del estado, o pretender asesinarlo a este, mediante el transfuguismo electoral, o la asonada institucional de haber accedido a un cargo por un partido, frente o espacio político y antes de terminar tal función abandonar tal conducto o carro por cualquier excusa fútil.
Bien lo expresaba el Loretano Oscar Portela, quién no aprovecho como el otro (habría que ver sí esto es bueno o malo) su genio poético para que el estado le bancara sueldo de legislador para él y su pareja, “Llamar a reflexión a una sociedad  con vocación de suicidio permanente. Y pedirles a nuestros diputados y senadores nacionales y por qué no provinciales, al Gobernador de la Provincia etc. una ayudita para los amigos. A que pregunten si que necesita la familia de alguien que vino para enriquecer el patrimonio- angaú- del espíritu de los Correntinos”. Oscar al expresar contundentemente estas realidades, se ganó el olvido, la indiferencia y hasta el desprecio de quiénes se consideran tanto sus pares, como quiénes debían administrar el estado como para hacer políticas públicas y culturales. A tal punto siguen batallando contra Oscar, que a tres años de su muerte, siquiera recuerdan, institucionalmente, su fecha de natalicio, un 13 de mayo como el de ayer. Pero claro, Oscar encarnó en una idea, en una figura, la del poeta eterno que debe lidiar contra las nimiedades de tipos temerosos, que huyen despavoridos por el temor a ser humanos. En tal condición, la de la humanidad, se encuentran valores, como por ejemplo la lealtad, hacia una función, la de ejercer públicamente un espacio dentro del poder político, sin agachadas, sin atajos, sin sinuosidades.
Para ello y habiéndonos dado cuenta que se constituía en un gran problema para el campo atestado de hienas republicanas, el asentarse en principios inflexibles como el descripto, es que avanzamos en proyectar, propuestas como las siguientes, a los efectos de evitar mayores males democráticos:
Los bloques parlamentarios deberán corresponderse con los partidos o frentes que fueron electos sus integrantes, no pudiendo los legisladores cambiarse de bloque o crear uno nuevo hasta la finalización de su mandato. Esta limitación le corresponderá también al vice que ejerza como presidente nato del cuerpo. Caso contrario, quiénes manifiesten una conducta política que no se corresponda con la adoptada por la mayoría del bloque o espacio político por el que fueron electos, deberán presentar su renuncia en forma indeclinable.
Se propone establecer el sistema que posee la República Plurinacional de Bolivia (los diputados que pertenezcan a un mismo partido político, jurídicamente reconocido, se organizarán en una Bancada Política. La división de las Bancadas ya constituidas, no dará lugar al reconocimiento de otras nuevas, hasta la conclusión del período constitucional) o la de Costa Rica (Los diputados se consideran integrados a la fracción del partido por el cual resultaron electos y ninguno puede pertenecer a más de una fracción) a los efectos de modificar el actual sistema Argentino (el nacional, del cual se desprenden o adhieren casi todas las provincias) que facilita, solamente mediante una nota reglamentaria, que un legislador que ingreso, por la lista, por el espacio, por los pilares de la institucionalidad democrática, como son los partidos o frentes electorales, luego, al asumir, o al tiempo de ello, con cualquier tipo de argucia política, cambian de bloque, o crean uno nuevo, birlando la esencia y el espíritu mismo de la representatividad y por ende de lo democrático. Este fenómeno, que mal se llamó en Argentina “De travestismo político” o “Borocotización (en homenaje a un Diputado que ni bien asumió por un espacio político, se pasó  o cambio de bloque, edificando a partir de su apellido un término que denota la traición política, no ya a un espacio sino a todo el sistema representativo) seguramente no será evitado, por una normativa como la que se propone, pero al menos, administrativamente se plantea una modificación que no facilite este tipo de conductas tan nocivas para nuestras actuales democracias.
Mientras todo el concierto de lo establecido políticamente, plantea en escena, supuestas discusiones nodales, acerca de cambios o de transformaciones en lo electoral, vemos con preocupación que esto no es más que una suerte de pantomima nimia, que contribuye a un juego de fuegos artificiales mediáticos, que a lo sumo, mejoraran lo obvio, es decir una mera cuestión metodológica. Que en vez de que el ciudadano, ceda su representatividad, mediante un sobre donde ponga una boleta en papel, como lo venimos haciendo desde hace décadas, y lo empiece a hacer mediante oprimir un botón en una máquina electrónica, no puede constituirse en el cambio radical o la tan mentada transformación que se nos vende, con bombos y platillos.
Ni siquiera pretendemos que el cambio, la transformación o la modificación, sea conceptual y que por ende discutamos, el pasar de una democracia agonal (tal como lo plantea con claridad meridiana y condicionada, el sistema de balotaje o doble vuelta, con su polarización tan preestablecida) a una consensual (como el sistema Español, el del Vaticano para elegir Papa, o el de las viejas organizaciones precolombinas) tampoco el rediscutir el pasar del actual sistema hiperpresidencialista (que se derrama en las provincias en un sistema hipergobernadorista) a uno parlamentarista. No se trata, como se plantea a nivel económico, una discusión de shock o gradualismo. Se trata de lo basal de nuestro sistema democrático, y al menos, con esta como otras iniciativas, pretendemos que se respete un poco más el voto del soberano y por ende la lógica de la legitimidad representativa.
La pobreza, la marginalidad y todo lo que genera la exclusión (falta de educación, problemas con adicciones, etc) vendría a ser como la esclavitud moderna, es decir condición necesaria del gobierno del pueblo, así como los Griegos, idearon la democracia en las polis con ciudadanos con menos de cinco mil habitantes y un sinfín de esclavos, la versión moderna de nuestra democracia, sostiene la esclavitud, con una realidad aún más cruel que la del tipo encadenado y azotado a latigazos, más no así su imagen, a la que nadie presta atención, o a la que ya nos hemos acostumbrado (asentamientos, pisos de tierra, techos abiertos, panzas llenas de aire, mugre en las narices y en los cabellos, pies descalzos y rostros simiescos) a la que cada cierto tiempo, el de las elecciones, aquellos elegidos (los políticos), van, saludan, le llevan un bolso de comida, una ayuda, un beneficio, un instante de ciudadanía, para que en ese breve pasaje humanizante, estos lo convaliden con el voto que les brinda las prerrogativas a los políticos, ya transformados en la casta superior.
Somos pocos, los que leemos, los que entendemos, los que hemos tenido el raro privilegio de escaparle a la esclavitud señala, a la pobreza estructural que no nos hubiera permitido alimentarnos y con ello nos hubiese dificultado el desarrollo neuronal. Como si esto fuera poco, y para los pocos que entramos en esa segunda fase, las estructuras creadas para convencernos que el gobierno del pueblo es el elixir de los dioses, son más que efectivas y condicionantes. La educación, la religión y el trabajo, son las tres patas de una mesa que alinea, determina y somete, cualquier tipo de espiritualidad, o libre pensamiento, que se atreva a discutir esto mismo. En caso de que el ánimo del irreverente no sea controlado, la penalidad del encarcelamiento, la locura o la marginación, le esperaran al preso, loco o al imbécil. La medicina es la etapa final, o mejor dicho la antimedicina y su asociación con el desarrollo de lo técnico, le aguarda al rebelde con la guadaña afilada, de propinarle, mediante la excusa del stress y demás argucias de índole medicinal, un infarto, un cáncer o un derrame cerebral.
Escaparle a todas estas fases, debe ser un milagro, proveniente de alguien mucho más justo y ecuánime del que llaman Dios, y lo menos que se merece es una nota, como la presente, como para dejar testimonio que estas excepciones existen, para confirmar la regla
Pero todo es en definitiva cultural, como lo dijimos y quiénes comprendamos esto, debemos obrar no contra hombres, ni nombres, sino contra un sistema, que produce en serie a aquellos y en cantidades industriales a quiénes le temen a estos, la ecuación es fácil, no será posible convencer a la gran mayoría en tiempo acotado, sino más bien en tiempo prudencial, a quiénes están signados a ser popes por el sistema, es a ellos a quienes le debemos dirigir nuestras canciones y loas más efectivas para lograr cambios que se impongan y sean perdurables en el tiempo.
Y porque no desconocemos que los textos son diálogos en el tiempo, deseamos finalizar de la manera más sensata para lo filosófico, que es el reinado de la pregunta, dirigida a quiénes pueden detentar un circunstancial poder, para que las puedan responder en la magnificencia de sus soledades o en la grandiosidad de sus actos públicos y de aquí la razón de este proyecto, de imponerle límites radicados en principios constitucionales, para que no hagan y deshagan a su antojo, cuando sólo le hubimos de ser, condicionada y parcialmente, cierta representatividad en un determinado contexto (por ejemplo un espacio o partido político por el que ingresaron y mediante el que los votamos y que no puedan cambiarlo en el tiempo que dure su mandato)o que en caso de que lo hagan, que renuncien a los cargos por los frentes que fueron elegidos y que una vez dentro del poder piensan en fraguar o violar tal confianza que les ha sido dada.






Las escasas diferencias democráticas entre Alemania y Ruanda.

En ambos países se elegirá el presente año la máxima autoridad política. En uno, quién irá por su cuarto mandato, aquilatará al completar en caso de que se confirmen los pronósticos de las  encuestas, más de quince años en el poder, en el otro serán algunos más, con la salvedad que en este se realizó un referéndum y el 98% de la población aprobó la posibilidad de continuidad. Ambos estados, luego de guerras sangrientas, en la más reciente, fratricida, intestina que no salió, de los límites parroquiales de la geografía del lugar, en la otra, se generó a partir de la misma la última guerra mundial, pueden esgrimir índices económicos que expresan crecimientos del producto bruto interno, y otros datos objetivos, que son sin embargo, dimensionados en forma distinta, disímil, en el concierto internacional. En uno de los países la representación femenina en el parlamento araña el 65% en el otro, uno de los partidos que contaría con el 20% de adhesión, suscribe abiertamente a principios, postulados y manifiestos declarada y decididamente xenófobos.
Tentados a desgranar las diferencias etnológicas, estéticas, culturales, que dimanan de cada uno de estos países y que nos condicionan a una determinada perspectiva no solo de ellos, sino de nosotros mismos a partir de esto, solo tenemos que agregar que tal vez, el enfoque desde que realicemos nuestros análisis, nuestras lecturas, no sean más que sensaciones parcializadas, imperialistas, totalitarias, absolutistas, que al explorarlas en sus supuestas razones, sólo exhiben como lo substancial, como piedra basal de la arquitectura sorprendente, la contundencia de la violencia, de la estridencia de la fuerza como punto cero o punto de partida.
Las razones democráticas que se han utilizado y se siguen utilizando para generar posibilidades supuestas de libertad, allí en donde, supuestamente no las habría o supuestamente las desearían, no son más que suposiciones semánticas que se utilizan a los únicos efectos de sostener en el poder, a los que garantizan que las reglas del juego determinen que los ganadores de la partida sean pocos y los perdedores muchos.
Uno de los principios, o mejor dicho, de los pruritos, que la ciencia política, casi en su condición de brazo académico, de razón instrumental del poder de facto, que instauró como deidad, llamado “alternancia en el poder”, no es más que una excusa burda, que además de ser contradictoria en cuanto a que viola la disponibilidad de que el soberano vote a quién le plazca en el uso de su libertad irrevocable, que se la utiliza para mantener a raya a países de segundo y tercer orden, dado que desde donde se mueven los hilos de Ariadna de Occidente, esto es tan real y practicable como en Ruanda.
Los límites imaginarios, esto es tautología, dado que todos los límites son productos de nuestra imaginación, o en verdad de nuestros temores, que traza la política para delimitar quién puede estar dentro y quién puede estar fuera de su sistema integral, no es más que una fantasía insustancial que no resiste el menor análisis, como para que este dotada de cientificidad, de razonabilidad o de sentido común.
La democracia es en verdad “Realpolitik” (término no casualmente Alemán) que define la política de la realidad, la política de la praxis. Tampoco casualmente, el militar nacido en Alemania, Carl von Clausewitz, acuño la célebre definición “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. La democracia es asociada o vinculada como razón fundamental o teleológica para una vida en plena libertad. Paradigmáticamente en al menos una tribu Africana, no pudieron encontrar una definición en la lengua original que expresara lo que para occidente significaría libertad. Tiempo tardaron en darse cuenta que no había un término que significara libertad, dado que no necesitaban poner en palabras lo que vivenciaban, a diario y cotidianamente en acto.
Probable y posiblemente más lejos estemos de mejorar nuestras institucionalidades democráticas mientras más digamos que trabajamos por ellas a riesgo de pretenderlas, pétreas, absolutas, imperativas y apegadas a formalismos normativos que desdibujan nuestra compleja condición humana.