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Diarrea de Palabras


Serenidad, concepto tan alejado de lo tortuosamente teórico como cercano a lo útilmente práctico. La actitud de manifestarse en forma seria y adecuada ante los seductores tentáculos que momentos anteriores hubo de ofrecer la condición humana. En el reino de la Satisfacción, tal como el vulgo lo había apodado, la condición de existente estaba vinculada con la naturaleza de las limitaciones. De esta manera, y gracias a la productiva relación con la técnica (cuando hablamos de productiva, rescatamos el fundamental hecho de equilibrar las relaciones de fuerza del hombre para con sus logros externos, o producciones artificiales) se estableció un beneficioso artilugio social, conocido como estado de derecho en la antigua civilización, antes del develamiento del Ser.
No significaba mayor importancia la posibilidad de que tal vez, él mismo Dios, haya sido la construcción teórica de otros individuos, empujados por el fervor de la sociedad y libidinosamente pretendido por lo general de la necesidad. Tampoco lo injusto que hubo de ser su mundo, lo soberbio de su mensaje (al mandar a su hijo, como pobre, al valle de lágrimas) y lo aterrador de sus tiempos (en dos mil años un solo diluvio y un primogénito).
Hasta que punto lo real o lo básicamente perceptible, es patrimonio de uno en cuanto sujeto y en que momento este estado de cosas empieza a ser terreno de lo percibido. Sin ir más lejos, los elementos percibidos pueden llegar a dirigir el centro de nuestra atención. Decimos el centro de nuestra atención puesto que nuestro organismo, compuesto por varios órganos funcionales, que a su vez dependen de múltiples constituyentes coordinados, funciona de una manera tal que reúne toda la serie de informaciones escogidas con el fin de, o la obligación, de tomar algún tipo de determinación. La cuestión empieza a consumarse cuando uno toma disparadores secundarios. Estos que no forman parte de escala axiológica alguna, son elementos presentes que actúan inmediatamente sobre lo percibido, ya que por más que tengan una morada anterior a algún tipo de objeto, él actuar ante el fenómeno, se sitúan en una instancia posterior de tiempo, dentro del sujeto claro está.

Es preciso reconocer que el desarrollo analítico de la temática llegó a un punto tal en el que se deben escoger tópicos universales. Si partimos de lugares individuales, se deben explicar todos y cada uno de ellos y esta tarea resultaría imposible si las conexiones de lo mismos se deja de lado, al introducirse uno en el campo de  las conexiones inocentemente se adentro en los dominios de lo universal. Por ello avanzar tras el obligado sitio se convierte en una necesidad y no en una opción.

Razón, sensaciones, conciencia, espíritu, esencia, voluntad, instinto, intención, ser. Términos que cobijan grandes construcciones teóricas pacientemente redactadas como impacientemente leídas y analizadas. De todas maneras a un ser humano tipo no le alcanzaría el tiempo material como para vincularse estrechamente (esto implicaría el leer los tratados escritos en la lengua original, como así también los trabajos de los más renombrados comentadores, escribir pensamientos originales al respecto, dar a conocer la novedad, ser escuchado, entendido e interrogado) con siquiera dos de una acotada lista de conceptos. Sin considerar por supuesto el hecho de que de la teoría a la práctica hay un gran trecho, que difícilmente, más en las condiciones anteriormente descriptas, pueda transitar en el lapso de la existencia física de un ser humano común.                              
Os has considerado, simples palurdos de tu edénico sitio, quiero que sepas que no levanto la voz como para el reclamo de una porción de tierra, no me interesa lo que pueda llegar a cosechar en tan escabroso lugar, yo anunció el advenimiento inminente de mi lucha, por razones morales, pues sé que el término no te causa simpatía, ni por soberbia, ya que no tengo nada que demostrar, lo hago por dignidad, cosa tan alejada de tus dominios. No me perturba él tener que evangelizar a cientos de babayos, dócilmente amaestrados por tu petulante arrogancia, sí, me causa cierta molestia, el saber que tras tu redención, no existirá parámetro alguno como para clasificarme. Y escucha lo que  digo, sí puedes oírme, lastimera parturienta engalanada de arrojos sentimentales, el fruto de tu prostituido vientre pasará al cobijo de mi pontificado himen, él cuál aguarda un ceremonioso y respetable desgarramiento, proveniente de la sensatez de la razón y no de la inequidad de la pasión. Yo iré develando tus estériles misterios, sujetos al poder corruptor de tu detestable apariencia. El hombre es como el agua, no se sabe bien de donde vino, cambia fácilmente de estado, a veces se muestra calmo otras embravecido, puede saberse dulce o amargo, ser decisivo o no en el ambiente. Pero no sólo es necesario sino constituye un continuo discurrir sin sentido inherente, ya que estos forman parte de construcciones relacionadas pero independientes, como el caso de un mar, en el cuál el sol y la arena, pueden crear una playa, pues esta originariamente constituye un sitio donde existen carpas, mesas, sillas y otros utensilios que dan un sentido al agua y su finalidad. Resulta pues innegable que el hombre, en cuanto tal, es sólo en la medida de la coherencia de su entidad, formado por su ser y las exigencias de este, que forjan su dimensión real. El hombre, oasis en la niñez, océano en la juventud, río en la madurez y  agua de pozo en la vejez.



Os dais cuenta de las cosas que tengo que hacer para que me tengáis respeto

Los estructuralistas nos han ensañado, de que manera funciona la modernidad, hay que participar como lo pensó Platón en su momento, pero viviendo en la clandestinidad.

Esto es, elegir un par de objetivos, independientemente de que sean altruistas, ideológicos o materialistas, ir por ellos con diferentes envases, con trajes disímiles, aplicar y agudizar la astucia, y en el trayecto, tratar de no angustiarse mucho y buscar la risa.
Golpeemos juntos pero marchemos separados, decía Lenin. Me escindo en diferentes vertientes, pero el fin sigue siendo el mismo; vivir en una realidad, con parámetros que escapen las cadenas que nos vienen sometiendo. Los índices de pobreza, inseguridad, desigualdad, tienen más que ver con la falta de elementos reflexivos que padece la clase media, que con la economía, los gobiernos de turno, la arrogancia del progresismo o la estrechez de los conservadores.
Las ideologías, no han germinado y las divisiones políticas se dan de acuerdo a los capangas o líderes que tengan determinado grupo de lacayos como lustrabotas.
Lamentablemente, a los que podríamos denominar progresistas, independientes, o que no comulgan explícitamente o implícitamente con este modelo cultural ( no tienen una dependencia laboral del estado, profesionales, o personas con posibilidades de prepararse) les ocurre un fenómeno que los aísla de la problemática. Muchos optan por irse a otras tierras (nuestra provincia tiene más de la mitad de su población, en otros lugares del país) y no sólo son estudiantes que viven en capital, los más son trabajadores de la construcción, bordadoras y personas que mediante el esfuerzo y el sacrificio, progresan en el conurbano bonaerense o en localidades de provincias cercanas. Los que se quedan, se aíslan o se abstraen, involucrándose en temas que le atañen al mundo o al país, y no a nuestra tierra. Un caso muy paradigmático, es lo sucedido en la dictadura, que desemboca en una disputa de intelectuales, periodistas y hombres interesados en ver sí somos de izquierda o de derecha. El bosque les tapa el árbol, y por su propio deseo de huída, de no querer ver lo que nos sucede, se olvidan que en Corrientes vivimos en un estado feudal, aquí todavía no llegó la revolución francesa, es imposible pensar en los términos políticos que se piensan en la capital o en el mundo. Acá no existe el mercado, ni siquiera un régimen de informalidad, estamos en la etapa del trueque, y no lo digo yo, sino que lo afirman economistas locales. Entre los que se van y están afuera y entre los que se quedan y viven otra realidad, triunfa el pensamiento y la cultura feudal. 
Obviamente que los políticos son los mayores responsables, de esta realidad, nefasta, que vivimos, pero daremos un gran paso sí los ciudadanos, o los que pretendemos serlo, empezamos a cambiar desde nosotros mismos. Sí no le pedimos favores sexuales a las mujeres que trabajan bajo nuestra administración, sí blanqueamos el rompimiento de un matrimonio, sí aceptamos una inclinación sexual determinada, sí pensamos que la autoridad se funda en la razón y en los argumentos y no en los uniformes o en los apellidos, sí en definitiva nos nutrimos más de lo interno que de lo externo, estaremos dando un gran paso.                 
La verdad que somos una generación con muchas dificultades, la apertura democrática trajo además de los consabidos derechos consagrados de la libertad, la problemática del libertinaje, es decir, además de los excluidos sociales, las víctimas de los malos gobiernos, tenemos las víctimas culturales, los hijos del liberalismo conceptual que dejo sin referencias ni espirituales ni filosóficas a toda nuestra camada, sólo dejo la estela del individualismo y la superficialidad. En Corrientes, esto se observa con un fenómeno muy claro, que es la condición de estudiante, que adquieren los jóvenes, mucho de ellos no estudian, o hacen que estudian, pero no se esfuerzan en superarse, ni en pararse ante la vida con una utopía de una provincia mejor, viven hasta más de los 40 en la casa de los padres, con los ánimos y las expectativas negadas, con un conformismo inoculado por la casta de feudales que nos gobiernan, que están chochos con la generación de jóvenes que pintan paredes para las campañas y reparten volantes, pero no discuten la cosa pública, porque ni siquiera tienen ganas de hacerse cargo de sus vidas, por tanto estamos trabajando sobre esta dura realidad, que tardará años en modificarse, pero es en definitiva la madre de todas las batallas.    
Las acciones de los hombres no se deben medir por los resultados, lo importante es la forma, o la condición, en la que se llega a ellos. El desafío pasa por mantenernos y consolidarnos, en la forma y en los métodos que aplicamos, independientemente de lo que obtengamos, que como sitial mayor, se traduce en lograr un mínimo cambio en las pautas culturales y sociales. Resulte, como resulte, esta es una partida larga, y particularmente, soy de los que mueren de pie, cómo los árboles.   
Te Necesito de Vuelta
¿Cuántos encabezados amorosos, religiosos e intrafamiliares tendrán esta frase conceptual que encabeza el texto?, y ¿cuantos más lo seguirán teniendo?, nadie lo podrá responder y a casi nadie le importe tampoco, ahora bien, de maduro cae que somos seres conmocionados por necesidades, urgidos por tantas cosas que no tienen ni forma, ni valor, ni siquiera nombre.
Insisto con recalcar que el espíritu, en un sentido eufemístico, es decir fantasmagórico, para definir todo aquello que no es lo concreto, lo tangible, lo corpóreo, posee diferentes tipos de dolencias que no necesariamente se resuelven con lo dogmático de una religión, con lo azaroso de campos energéticos y demás aspectos sumamente trillados por advenedizos, profetas, metafísicos y demás seres que respetablemente definen una forma de hacer, de sentir y de pensar las cosas.
Tampoco creo que esas dolencias, puedan ser abordadas desde un absoluto por la psicología y todas sus ramas y vertientes, quizá tengan que ver con la esencia misma de las cosas y nuestra existencialidad no manifiesta desde lo espiritual.
Y tenemos la obligación de empezar a definir lo que consideramos “espiritual” no por lo contrafáctico, sino por su significación, mejor incluso en el día a día corriente. En lo que podría ser marcar tarjeta para un obrero, llevarle el café al superior, preparar el balance para el contador, hacer el escrito para el abogado y determinar el tratamiento para el médico.
Otros, colegas, ya se han encargado de tantas cosas, como por ejemplo, definir el objeto del escritor, del pensante u hombre de la cultura, la imagen por antonomasia, el fetiche simbólico, uno frente al papel, antes era aún más contundente, una lapicera, bolígrafo o birome reposando en la hoja en blanco; ahora es de alguna manera diferente, estamos frente a la computadora, frente al ordenador, o incluso con el teléfono inteligente entre las manos y podemos estar haciendo cualquier cosa (desde jugar, interactuar, leer, mirar porno, etc) hasta incluso ese acto vandálico de intentar pensar sin ser pensado, cuestionarnos una vez más el porque del arrojo a la existencia, las condiciones y no parecer quejosos, ni histéricos y sobrevivir con ello, al mundo, a los otros y por sobre todo a nosotros mismos.
Aquí aparece lo espiritual, cuando nos vienen esas ganas irrefrenables, inconfundibles de encargarnos de aquello que no tiene mucho sentido en el aquí y en el ahora, pero que sin embargo constituye el genoma del pensamiento humano. Tan importante y decisivo como inútil e inalcanzable, el embarcarse, sin embaucarse en estos extremos, debe ser lo que genera adrenalina, mental, como lo debe ser ir a alta velocidad, tomar en exceso o consumir sustancias. Nada para escandalizarse o sí, o acaso para que existen los parques de diversiones con esos juegos mecánicos que nos llevan a ese abismo por ese instante, precisamente para ello, para condensar la experiencia de la vida, en un segundo, en un fractal, que todo termine, en el aquí y en el ahora.
Es lo mismo que con el sexo, el momento de mayor placer, dura tan sólo eso, ni una imagen ni pensamiento, a lo sumo un ahh, un suspiro, que después lo queramos perpetuar construyendo amor, o trayendo un hijo al mundo, ya es él problema del que hablamos, es decir un problema de todos, esa mezcla, esos abismos, esos extremos, esas oscilaciones, somos ese gran todo, que en verdad es una inmensa nada.
Disquisiciones, reflexiones o masturbaciones mentales, lo cierto es que se acusa la necesidad de tener lo que nunca se ha tenido.
Y sí algo existe en esta tierra que no hemos tenido nunca, debe ser precisamente algo de nuestra experiencia personal y mundana, que hemos vivido por segundos y que han quedado en esa galería de los mejores recuerdos, en nuestro anecdotario que sólo están allí como un elemento de esa construcción temporal definida como pasado, que jamás volveremos a sentirla tal cuál la hubimos de vivir.
El sabor de aquellos labios primerizos, la sonrisa del ser querido que no esta, el grito de gol en la final de un campeonato, el paseo idílico en el parque, volvemos a ese parque de diversiones, se constituyen en la referencia, en el recuerdo grato y perfecto, precisamente porque no podemos revivirlo tal cuál fue, y quizá lo que exista después de la muerte sea un poco esto (sí tenemos un sentido “de recompensa” tras la vida, que mejor que revivir sólo lo bueno que nos ha tocado, de lo contrario en caso de pensar el más allá como sentencias a cumplir, seguramente los gusanos tendrán pensado un trato mejor)  y en definitiva cuando expresamos un “te necesito” supuestamente hacia un otro corpóreo (con nombre y apellido, y ropa y todo lo demás) en verdad nos estamos diciendo a nosotros mismos que nos necesitamos, eso que fuimos en un instante alguna vez, en determinada circunstancia, aquella sonrisa, esa satisfacción tan pura, los motivos y las razones, no tienen que venir al caso, dado que de eso se encargan otras actividades.
El pensar la necesidad de un nosotros mismos en el pasado, no por el pasado mismo, ni tampoco por las causas de ese momento feliz, sino por la inercia de pensar una salida ante tanto absurdo o dolor espiritual, no evocándonos ni a nosotros ni al momento, sino reconstruyéndonos en esa necesidad de volver a ser lo que fuimos, sin dejar de ser lo que somos, sin criticarnos, ni recriminarnos nada, sin esperar recompensa, ni premio, ni aplauso, tan solo hacer esa síntesis, esa recopilación de únicamente buenos momentos, no por los momentos, sino por nuestra satisfacción espiritual o al menos para que no duela el alma.
Después de escribir esto y de tantas vueltas, entiendo porque en el parque de diversiones, cuando era chico, me divertía tanto dando vueltas en la calesita, recién después de tanto tiempo, de tantas vueltas lo he entendido, y para ello tuve que ver a mi hijo divirtiéndose igual en la calesita, dando vueltas, tan sólo eso y quizá para la humanidad seamos lo mismo, incontables dando vueltas, como la tierra en su eje, como el sol, como una vuelta, como tantas vueltas, de vuelta.
Esa necesidad no es más que una vuelta que busca arremolinar otras palabras para definir lo mismo con otro grupo de conexiones un tanto más inconexas, otra vez, la necesidad de vuelta, y de vueltas.

  
Escoria pedante deja de pensar

Se debería crear un padrón único de “jefes políticos” a quiénes se le podrán otorgar estas facultades especiales y por más que entre en coalición con los derechos más elementales, habrá que buscar la manera de poner en blanco sobre negro esta realidad, dado que sí no lo hacemos, corremos el riego de caer en el error de aquellos dictadores africanos que contrataban a notables de la Sorbona, para que redactasen las cartas magnas de sus países, a modelo de la francesa, mientras en las calles continuaba la antropofagia (recordar la matanza entre tribus Hutus y Tutsi en Ruanda hace menos de quince años). 
En relación a los empleos públicos se concederán a todas las personas bajo el sistema del mérito...”. Se debería blanquear la situación y establecer que en los empleos públicos, la prioridad la poseen los familiares, hasta cuarto grado, de los diversos funcionarios.
Implementación de un Sanedrín o Concejo Vitalicio. Tal como existe en la vecina república de Chile, donde los ex presidentes y hombres notables (ex miembros de la corte suprema, por lo general) se adjudican un escaño vitalicio en el senado. En nuestra provincia nos evitaríamos muchos problemas políticos, sí se crea una institución similar, que no tenga las mismas atribuciones que la legislatura, y que funcione a título honorífico, compuesto por ex gobernadores de la provincia que vuelquen sus experiencias, conocimientos y capacidades en tal ámbito, en vez de que entorpezcan las gestiones que ya no poseen en mano.
Igual eviten este tipo de cuestiones, eviten pensar, azomar el pescuezo por encima de la autoridad familiar, religiosa, o escolar, eviten ser por más que les fluya y les salga, eviten que esa escoria maléfica contamine nuestras calles.

Eviten el suicidio, Camus tenía razón con aquello de “lo elemental de la filosofía es resolver sí la vida tiene sentido vivirla o no”, en este caso soy más escolástico, la mejor salida es abrirse al amor, no es muy simpático existir amargado como un Kierkeegard, un Nietszche o un Ciorán, tampoco enloquecerse como un Hölderlin o un Rimbaud.



Los estructuralistas nos han ensañado, de que manera funciona la modernidad, hay que participar como lo pensó Platón en su momento, pero viviendo en la clandestinidad.

Esto es, elegir un par de objetivos, independientemente de que sean altruistas, ideológicos o materialistas, ir por ellos con diferentes envases, con trajes disímiles, aplicar y agudizar la astucia, y en el trayecto, tratar de no angustiarse mucho y buscar la risa.
 Incluso, a través del dinero, se pueden comprar voluntades para aprobar una ley, dado que una ley, es algo abstracto y no material y por tanto no se puede comprar. Lo que sí se puede adquirir es la voluntad momentánea, en este caso de un legislador, para que ante un proyecto determinado, se pronuncie en un sentido. Claro, que ante esta hipótesis, nos encontramos ante la situación engañosa, que nos brinda, el tratar de adquirir algo abstracto (en este caso la voluntad). Para ejemplificarlo de otra manera, estaríamos en el mismo momento engañoso, en que un hombre, al mantener relaciones sexuales con una meretriz, escucha que esta le susurra al oído, “te amo”.



Los que pagan, por intentar obtener algo abstracto, se están comprando un problema.

Optan por adquirir una meta a corto plazo, (en los ejemplos, aprobar una ley, hacer el amor) obstaculizando la finalidad natural, por las cuales se movilizan las cuestiones trascendentes.



Es decir, sí se compra en forma temporaria la voluntad de un legislador, también se puede adquirir el resultado de una elección (mediante prebendas, medios, etc), pero nunca se logrará tener, la legitimidad (no por algo en la actualidad se encuentra tan cuestionada), la gloria ( no por algo, en nuestro país, nuestros ex mandatarios son tan vilipendiados) desnaturalizando, en definitiva, el sentido esencial de las cosas . Además, la obtención temporaria de algo abstracto, por intermedio del dinero, garantiza el presente, pero no el futuro.

La aparición del dinero, como reemplazante, de los verdaderos móviles de la discusión política (ideología, propuestas, modelos de país, proyectos, etc) más allá de la gravedad moral, concierta una mecánica, en donde, las posiciones y las disputas políticas, se concentran en quienes controlan los recursos, para ver quién paga a quién.

De eso se trata todo, diríamos que sí o al menos casi todo, para casi toda la gran mayoría, el resto o pierden las cosas buscando las razones o evadirse de esta realidad.



Burdos intentos por explicar lo inexplicable


Detesto saber que todo tiene que tener una explicación. Aborrezco de tal indagación permanente que hacemos de la realidad y que nos hacemos de nosotros mismos.
Transformar la realidad propia, modificar las circunstancias
condicionantes del inconsciente, a través de la conciencia, o
simplemente superar los obstáculos que uno mismo se pone para no
alcanzar los objetivos anhelados, debe ser por lejos, una de las metas
más harto complicadas de realizar. Incluso, cambiar el mundo,
revolucionar, con fines positivos a la sociedad en la cuál uno se
desempeña o deslizarse cada día en una comunidad mejor, puede resultar
una tarea sumamente sencilla.

Bastaría con un lápiz y un papel, cómo para imprimir con palabras los
deseos que podrían aparecer como ineluctables o inalcanzables. Es más
si uno se abstiene de la mentada salida, que quizá peque de romántica,
podría desandar la ruta de emigrar a otras ciudades, forjarse
microcosmos, donde imperen en forma parcial la abstracción, la
distracción o el divertimento y en definitiva poder entender, en toda
su dimensión, lo dificultoso que resulta el modificar algún aspecto
íntimo o que provenga de uno mismo y que atenta contra los propios
deseos o la propia realización.

Por más trillada que resulte la frase, el primer paso es reconocer el
problema, claro que no basta únicamente con ello. Cuando por esas
laberínticas razones, casi inexpugnables, los ojos se enturbian y
empiezan a percibir la realidad bajo una tonalidad renegrida, o cuando
los oídos aprecian los desafinados y exasperantes tonos de las
melodías más tristes y melancólicas, o cuando por las fosas nasales
ingresan los aromas más nauseabundos y horripilantes, dignos de un
lodazal putrefacto; todo se inicia, cuál perfecto círculo vicioso. El
misterioso comienzo no hesita ni se amilana y avanza con magnánima
fuerza para activar otros pasos que desembocaran en una percepción, de
uno mismo, tan desajustada como negativa.

Los sentidos reproducen equívocamente lo percibido, por la activación
en el cerebro de un mecanismo que se obstina en decodificar los
mensajes del exterior como señales negativas o directamente como
agresiones directas a la propia subjetividad. Por lo general, se suma
amablemente, la ansiedad, que impulsa a una falsa desesperación como
para cambiar lo que se da por cierto, pero que proviene de una fuente
errónea. Las percepciones negativas en compañía de la ansiedad, se
mezclan y buscan en forma frenética al dolor. A este por lo general se
lo consigue, al recordar, también con injusticia, hechos o sucesos
dramáticos o trágicos. Con estos letales elementos, en conjunto, se
dispara la destrucción (autodestrucción) de la estima (autoestima) que
fluye vía una fuerte crisis de llanto, el inicio de una depresión o un
nudo gordiano en la garganta.

Sin embargo, para no decaer en lo individual, quiénes poseen la
maldición de tener el concepto de lo colectivo, trasladan eso mismo,
cómo para intentar, además de cambiar uno, cambiar también el mundo,
el derredor.
Las terribles desigualdades, que amparaba el estado, entre un puñado
de ciudades privilegiadas y las no tan populosas, pero numerosas,
urbes del interior, sometidas a la pobreza y la indignación, más la
obscena y aberrante injusticia en la distribución de los ingresos, que
favorecía a un minúsculo patriciado, atiborrado de lujo y suntuosidad,
a expensas de las mayorías sufrientes y arropadas de necesidad e
insuficiencia, se encontraban, justificadas y protegidas por una
realidad de hecho, que se transformaba en tradición, pese a ser
claramente violatorias de las leyes fundamentales y principios
morales, que hubimos de jurar en nuestra fundación como nación. Esta
contundente e inaceptable realidad, había que asimilarla,
comprenderla, masticarla y procesarla, con profesional sesudez y con
una gélida grandeza. Nada se podía realizar, ningún tipo de cambio, o
de incipiente intento de modificación, sin el anterior, y costoso,
paso obligado. Uno no podía darse el lujo de actuar bajo irrefrenables
impulsos, o deseos imperiosos de inmediata transformación, porque no
existía margen alguno, para caer en la mera sed vengativa o en la
conducta del revanchismo. No sólo porque los cambios, de ninguna
naturaleza, ocurren de la noche a la mañana, sino también, dado que
agitar vanamente los ánimos, podía generar una respuesta
contraproducente.

Cuanta razón tenía aquél filósofo alemán que planteaba que la vida es
una continua pugna de voluntades que se combaten unas con otras, a los
fines de hacerse con el poder. Pensaba, con un dejo de profundidad, en
el tipo que había ingresado a la locura cuando abrazó un caballo.

Todo terminaba en un sueño, que comenzaba así : Era al mediodía, en un
anodino barrio de las afueras de la Ciudad de Corrientes. Estaba
vestido con un buzo blanco, que tenía impreso en la parte del pecho,
una marca de ropa  internacional, que comenzaban a inundar nuestros
locales de vestimenta. El olor nauseabundo a letrina, que penetraba
todos los espacios de esa casilla de material, con piso de tierra, me
había quitado el apetito. De todas maneras, me tuve que sentar en la
mesa. Mi padre, estaba haciendo política y me había llevado para que
lo acompañara. Una señora gorda, con pelos cerdosos y uñas negras, con
una gran olla en la mano, me puso, sin consulta alguna, una porción de
carne con sopa o puchero. Los perros sarnosos, que se divertían con
mis piernas, se acercaban a la espera de un hueso.

Gracias, ya comí, fue mi respuesta. Alejé el plato rebosante de grasa,
bajo la mirada picaresca y risueña de los dueños de casa, y bajo la
oprobiosa y violenta mirada de mi padre.

Una vez dentro del auto, mi acción era duramente recriminada. No podés
despreciar lo que esa gente te brinda, por más que sea humilde, y no
sea rica la comida, hay que comer igual. Hube de dar un sinfín de
vueltas en la cama, observé el reloj, que en rojas letras, indicaba
que eran las ocho y veinte de la mañana.

En el mundo de lo onírico, de los sueños, como de las fantasías, de
los deseos, como la acción de los oportunistas y que reptan lugares de
casualidad, las cosas se forjan de un día para otro, sin embargo, en
el concreto, más cruel, de la realidad profunda, los cambios tanto
personales, y más aún sociales, llevan sus  tiempos, sus procesos, no
son evidentes en lo parcial, pero sí existen, muchos, que en la
actualidad, son vistos como loquitos, llaneros solitarios,
petardistas, que están cambiando por dentro y con ello, en un tiempo
más, serán los protagonistas del cambio de afuera.
 
Cuando uno da muerte a algo, o a determinadas situaciones, se tiene que cumplir el rito de enterrar el muerto. En estos casos de entierros conceptuales, la ceremonia no es tan sencilla, como lo puede ser el rendir exequias o sepultar a un ser físico. Dar la despedida final a un comportamiento no adecuado, sea porque es nocivo, impulsado por extraños o patológico, requiere de una solemne madurez emocional. En caso de no poseer el talante que las condiciones exigen, y por tanto no enterrar en forma definitiva, un comportamiento o actitud correspondiente al pasado, invita en forma temeraria, al advenimiento de los fantasmas. Estos, que ni por asomo tienen una connotación ficticia como en las películas, arremeten, de tanto en tanto, en la psiquis de aquellos que se encuentran en pleno proceso de erradicación de comportamientos inadecuados. La peculiar característica de no poseer una entidad, íntegra o real, los convierte en personajes sumamente sorpresivos, que se aprovechan del estado de la cabeza de un sujeto, que no termina de sepultar sus actitudes patológicas.

El Huevo o la Serpiente, ¿de Pascua o de Pascal?


Recordaba a Pascal, pues había inmortalizado una frase en referencia a que el curso de la historia hubiera sido distinta, sí la faz de la nariz de Cleopatra hubiese sido diferente. Rodaba con plena libertad rememorando situaciones en las cuales de haber actuado diferente, las cosas se hubieran modificado. Un amor a primera vista, en tiempos adolescentes, la tierna y angelical figura de Andrea, la brasilera pernambucana que en su momento había logrado conquistarme, sin embargo, una serie de impedimentos me hubieron de silenciarme, de ocultarme y, por tanto, de alejarme. Traiciones de amigos, palabras ausentes, abrazos no otorgados, reconocimientos callados, acciones todas que llevaban la impronta de lo no ocurrido y que, por tanto, me veía en la obligación de transfigurarlos, de transformarlos, de hacerlos reales, por la fantasía, por el juego mental de imaginar un presente distinto, ante la ilusión de la modificación del pasado.
Es simplemente una circunstancia lo que alguien encuadrado en una normalidad psicológica puede anhelar cambiar, recriminar al dios respectivo que en vez de haber sido así, un pequeño detalle lo hubiera cambiado todo, base profunda si se quiere del famoso efecto mariposa, dado que no estaríamos encuadrados en esa normalidad al pretender algo radicalmente diferente a lo que somos, o por ejemplo haber nacido en otro siglo o bajo otra caracterización totalmente diversa a lo que nos toco.

Lo típico de cambiar, o de no vivir si se quiere es el padecer un fuerte dolor de muelas, recuerdo hace algún tiempo, esa sensación que hace estragos en uno, donde hasta es capaz de tantas cosas como para que cese.
El dolor de una muela arremetía contra mi cuerpo entero, vertía lágrimas de dolor, que mi pómulo derecho me las arrancaba sin contemplación. Sin obra social alguna, sin conocer médico alguno, y menos odontólogos, sin familiares, amigos o novia que pudieran sosegarme ante tanta desesperación, tomé la totalidad de mis ahorros  y partí en busca de alguna solución. Desamparado por una Ciudad dormida y atolondrado por un dolor inaguantable, pensé en arrojarme bajo las ruedas de algún automóvil, pero el instinto de conservación hubo de ser más fuerte y luego de un cierto tiempo me encontraba en un hospital público. Una larga cola de menesterosos me antecedía, muchas imágenes naufragaban en mi mente, desde el joven burgués, incapaz de padecer tal experiencia hasta los tiernos abrazos de cierta amada, pasando por las salidas con mis amigos y mis refutaciones a profesores universitarios. Momentos de mi pasado, no tan lejano, que parecía imposible que me hubieran conducido a tan nefasto presente, no tanto por el hecho del dolor, sino más bien por la desprotección, por la grandilocuente ausencia de mínimas condiciones de seguridad, por la sensación de ser un paria, un refugiado una persona carente de todo y devenida en un simple número, útil nada más que para macro estadísticas demográficas.
Lo peor de todo es que esa orfandad despierta otra sensación, como la de estar en un campo a cielo abierto, observando la vía láctea y saber que en tal y ante tal inmensidad, sobreviene tras un profundo dolor y el develamiento de la orfandad, la sensación de muerte, de una muerte del aquí y del allá o sea del fin de todo lo conocido para siempre y la inexistencia o imposibilidad de que exista algo más alla, no somos nada, ni siquiera un ruido capaz de mimetizarse con un rumiar de una vaca tuve la ligera sensación de que la vida comenzaba a esfumarse, de que escapaba a mis decisiones, dejándose llevar por la furia de las concatenadas circunstancias. Quizá, a tal efecto de causa consecuencia, algunos lo llamaban destino, impregnado de una finalidad buena, justa o bella. En mi caso, los acontecimientos, que mi existencia delineaba en forma terminante parecían conducirme al estiércol del delito y la marginalidad.
Me puse a pensar en las personas que aguardaban la vigilia de la muerte en una cama de hospital, en esos blancos pasillos que huelen a formol, en esos médicos que con el discurso armado comunican a los parientes que la vida del paciente esta en las manos de dios, en lo indigentes que todas las noches, en un sinnúmero de calles, hurgan en las bolsas de residuos en busca de un alimento en cualquier estado que pueda llegar a llenar esos estómagos vacíos, en esos jóvenes niños abusados y explotados que deben ocultar sus lágrimas pues de tanto dolor ya llegan a no sentir más, en esos ancianos que no sólo deben superar la angustia de la vejez si no que, además deben lidiar con la soledad y la indiferencia, en esos presidiarios que segundo a segundo se mantienen atentos por los peligros más inhumanos a los que están expuestos, en esos seres discriminados por su condición social, su color de piel, su culto religioso o su imagen estética.
El por que, esos por que me azotaban de niño y que aún lo siguen haciendo, de tan ridículas respuestas que por ello perdieron su formulación válidas como preguntas, esa tontería que es todo y nada a la vez, pero que nada tiene que ver con la intencionalidad ni de ser diferente, ni de molestar a nadie, es como sí echáramos la culpa a un tipo que vomito porque ensucio la calle.
El vomito de preguntas pseudo-ontológicas puede ser ofensivo para quiénes viven una vida que cuadra en la grilla de un programa de televisión, que felicidad más extrema debe ser vivir así. Me conforma pensar que una pascua podría ser perfecta tan sólo comiendo un huevo de chocolate, sin tener ningún dolor, y por sobre todo que resolver o intentar hacerlo un problema que tenga que ver con el pensamiento o la abstracción.  
Al menos le podemos adjudicar la responsabilidad de muchos de estos males a una serpiente que nos engaño en el edén, claro que esa serpiente provino de un huevo, y ahí se vuelve a reiniciar todo, por ello, mejor comer el huevo, sin pensar, casi sin sentir, agachando la cabeza, diciendo que sí, feliz como un amanuense.


El Concepto de Hombría con el paso de las generaciones, un homenaje a mi abuelo Don Tomás.

Como la mayoría de los mortales hube de escuchar muchas historias acerca de mi abuelo, en este caso del paterno, Don Tomás González Cabañas, a quién la vida me lo mostro tan sólo siete años.
Recuerdos con él, muy pocos, casi ninguno, recuerdos de él, contados y acotados, comía chupetín, usaba bastón y arriba de su mejilla llevaba una curita.
Quizá una de mis tantas fobias, esta puntual relacionada los centros de internación, tenga que ver que en esa infancia, recorrí los pasillos del ya extinto hospital de litoral y mi abuelo nunca más volvió.
El imaginario de Don Tomás se me fue construyendo, no tanto por mi padre, como por mis tías, que contaban de sus proezas de Don Juan, que cada tanto equivocaba cartas destinadas a sus amantes y llegaban a manos de mi abuela Lola que pese a ello, lo esperaba todo los viernes en el puerto de Corrientes que arribará de Paraguay, donde había ido a trabajar, para tras años volver a tenerlo unas pocas semanas.
En uno de esos escasos recuerdos, que en verdad al ser sutiles y débiles tienen mucho de fantasioso, me pareció verlo en el patio de su casita (no tanto por las dimensiones sino porque en ella vivían 10 de sus hijos) con los pies adentro de la palangana mientras mi abuela se los secaba devotamente como en cierto ritual cristiano cercano a las fiestas.
Estamos hablando de los años del primer golpe de Estado, los ´30 por estas tierras, donde la hombría se hacía a caballo, a los escopetazos, mirando fuerte al entrar a la pulpería, donde las mujeres no sólo no votaban sino que además eran como entregadas por sus padres a hombres fuertes, a los 13, 14 o como mucho 15 años.
Nada de estupro, de igualdad de géneros, tiempos en donde esta parte de occidente se asemejaba más a sultanatos árabes, de hecho la historia de mis abuelos paternos transcurre en San Luis del Palmar, un satélite arábigo en las pampas.
Según refieren el abuelo Tomás, el poco tiempo que pasaba en su casa con sus hijos, no los destinaba a estos, más bien hacía acto de presencia varonil, rostro adusto, serio, mirada severa como en la pulpería, órdenes como a trote de caballo, en la cocina sólo mujeres, en el baño primero él, en la pieza sólo con su señora.
Historias y más historias, que hasta incluso en esa familia numerosa que forjo con doña Lola, que quizá ni siquiera tuvo posibilidad de elegir, ataba a los niños más revoltosos, que en cada rincón de las estancias donde trabajaba tenía una enamorada, cuando no alguna empleada del propio hogar, esquivando el control de la abuela. Se dijo que más de una “sirvienta” como decía mi abuela y se decía en aquella época se “desgracio” y la cría le salió igual a Don Tomás.
Al parecer el tiempo lo fue domando, lo humanizo, lo hizo más real, al menos para sus hijos, pero seguramente no habrá sido fácil, de hecho el mayor de sus vástagos murió en un duelo a los balazos, cuanto de estos encuentros habrá repelido don Tomás en aquellos años, en aquellos sitios donde la ausencia del Dios dogmatizado era tanta o más grande que la ausencia del estado.
Veinticuatro años después de que aquel viejo sanatorio se lo tragara, como me hubo de quedar en mi inconsciente de niño, encuentro, no tanto de casualidad sino más que nada con la intención de explicarme muchas cuestiones familiares e incluso de cierta herencia genética un recorte de un diario del triste año `88 donde el ex Gobernador Don Julio Romero se refería del siguiente modo ante las exequias de mi abuelo “Venimos a despedir a un hombre de larga trayectoria que ha sido ejemplo…caracterizándose por su total falta de interés personal sólo comparable a su tremenda entrega al interés común…pues jamás reclamó cargo alguno, que con creces le correspondía, bastándole con tener un puesto de lucha para desde ahí servir con lealtad al movimiento y al partido…será por siempre un ejemplo y un orgullo para el peronismo correntino”.
Y uno que no cree en casi nada, después de la partida, se encuentra con esto, que ciertos valores políticos de mi abuelo fueron destacados por el presidente de su partido, ex gobernador, pese a que Don Tomás no “llegó a ningún cargo” que ni quiera los pidió, uno que siempre se acostumbró a escuchar las historias de su propia familia que lo pintaban como un tipo de su época, que la trascienda en palabras emitidas en aquel entonces asentadas en una crónica periodística. Y ese trascender por una actitud ante la vida, ante la política, una actitud que vaya casualidad, este nieto, abuelo Tomás, lo ha tomado como propio en la propia carrera política.
Que tan poca cosa sería para vos, tipos como los que tenemos ahora adentro del partido y afuera, no te hubieran durado ni un segundo en una pulpería, y tampoco te hubieran doblegado con sus riquezas, con sus cargos, con sus improntas.
Tu legado familiar, íntimo, con creces a germinado, te recuerdan los tuyos con simpatía, con afecto, con cariño y hasta porque no con amor, ahora tu legado político, probablemente sea aún más profundo y se traslade por generaciones, quizá dando saltos, demostrando que un hombre no sólo es tan en sus circunstancias sino también para el mañana, para la humanidad, para la trascendencia, pese que para ello, se tenga un bien material menos o un billete más.