Lo de Afuera y lo de adentro, reflexión tibia
“La exterioridad como reflejo y consecución del hombre como ser social, posee diferentes medios por el cual se hace presente। Es de obligada necesidad nombrar el certero axioma que postula la aparición del lenguaje como una consecuencia obligada de las contradicciones que parten desde la naturaleza misma de la oposicion
Es decir que esta manifestación contundente encuentra argumentos ineluctables en la profundidad misma del ser (entendido este como simple nominalizad particular de un género abismal). Tal es así que el continuo devenir o la ficcional temporalidad que acaece en el interior del hombre y se traduce en el hecho de ser social, comprende un sinfín de lucubraciones que parten desde una cuestión de inexpugnable realidad innata, o sea desde un punto estrictamente ligado con las entrañas mismas de la esencia (entendida esta como lo menos influenciado por el factor social).
Es por esta razón que la soledad pura, enmarañada en un sinfín de espejismos, no puede manifestarse de un modo contundente, a tal punto que sus medios que intentan llegar al corazón mismo de una definición solo abordan complejas conceptualizaciones que por circunstancias sociales equívocas discurren en teoremas que derivan en simples opiniones.
Es de vital importancia tomar parte de estos preceptos, ya que de algún modo indican el porque de los fracasos y el porque de las ficticias representaciones a las cuales el ser humano se sostiene tan cómodamente.
La representación, el símbolo, dieron comienzo a una serie de sistémicas manifestaciones con el fin de garantizar una organización obligada, ya que la solución o toda situación problemática orillaba por la exterioridad.
Creemos que la partogénesis en un imaginario agrupamiento de genes, indicaba este camino, el pequeño animal sabía donde encontrar sus nutrientes.
Una de las proteínas más rica en energía fue nominalizada con posterioridad como dimensión temporal. Esta de algún modo se transformó en un gran vicio para el pequeño animal, una substancia cuasi ineluctable. Sabemos, de que modo los irrefrenables deseos superfluos perjudican a la víctima de estos. Intentaremos esbozar un vital tratamiento que no solo ataque de raíz al problema, sino que además apunte al verdadero tópico neurálgico.
Desde el momento mismo en que surgió una diferencia terminante entre los movimientos del sol y sus constantes juegos con la luna se desarrolló una arrasadora programación temporal, que como punto final de los extremos verosímiles, que participan en los cuadros computables de cuerpos axiológicos certeros, lleva el nombre de Grenwich.Esta especificación objetivamente (o sea sin contar los efectos causa consecuencia que pueda llegar a ejercer) modificó una relación del hombre para con su hábitat. De esta manera el ser adquiría un particular atributo que luego terminaría siendo una parte constituyente de él mismo. Es decir, un objeto de vital energía, con el poder suficiente de direccional ciertas conductas y manifestaciones.
Lamentablemente todo se fue aglomerando tras esta magnánima pantalla, los acontecimientos fueron catalogados según esta dimensión, el hombre fue considerado según esta magnitud, que ya tenía un carácter de inevitable, y todo seguía tal cual alguna vez no había sido un espacio dirigido o capitaneado por el tiempo”
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De Buenos Aires a Corrientes (Relato)
Me dirigí al ascensor de los empleados, cómo para bajar y luego caminar hasta mi casa. Dentro del mismo, un joven trabajador, comentaba en voz alta, que ya no permitían más, descender por el ascensor de los legisladores a todos que no fueran tales. Ya está, pensé. Este es el punto de inflexión. Nuestro país se normalizo. Veníamos de una grave crisis de representatividad, que hubo de amenazar a la institucionalidad toda. Poco a poco, ese fuego se iba apagando, tímida y vergonzosamente. Estos tipos están recuperando todas sus prerrogativas. Vuelven a ser la realeza latinoamericana. Al terminar de verter estos conceptos, me encontraba sobre la avenida Rivadavia. Pensaba en la vorágine de los sucesos, ayer nomás, parecía que todo se iba al demonio. Hoy ya estábamos nuevamente encorsetados en un sistema social, similar a cualquier sociedad feudal del medioevo. Al llegar al cruce de la avenida con la calle Pasco, me detuve a los efectos de ingresar al videoclub. Prescindí de dirigirme al sector de los dramas. No tanto por que no tuviera interés en llevarme una película de tal temática, más bien porque ya las había visto a casi todas. Me paré frente a los filmes nacionales. No era muy afecto a la producción nacional, tampoco desconocía por completo lo que sucedía en el cine vernáculo. Tras recordar muchas películas que hubo de ver a lo largo de mi historia cinéfila, me dediqué a leer la contratapa de las cajitas, en donde se brinda un breve resumen de la historia y el nombre de los directores y actores, de las otras tantas películas que no había visto. Luego de cuarenta minutos de observación, me hube de fastidiar por una característica muy peculiar, que ostentaban las producciones de nuestro séptimo arte. Casi el noventa por ciento de las películas tenían directa o indirecta relación con la época de la dictadura. Un tipo o una mina que no tenían clara su identidad, o un viejo que de repente era asaltado por los deseos de rescatar, de su turbio pasado militar, las criminales acciones que había llevado acabo. Ejes centrales, que no diferían mucho en la trama, de las diferentes historias que obligadamente nos conducían a los terribles años de plomo. Maldita obsesión, hube de exclamar antes de retirarme de ese sector del videoclub. Tras quince minutos más de búsqueda, opté por llevarme una comedia llamada el Tiempo Ausente.
A las dos cuadras, me volví a detener. Me iba a llevar una pizza de un restaurante bautizado La Posta del Once. Que confusión hay en este barrio, pensé. En un radio de dos kilómetros cuadrados, diferentes negocios de diversos ramos, quinielas, cibercafé, librerías, confiterías, llevaban nombres distintos que supuestamente hacían referencia a un único barrio. Uno no termina de enterarse si esta zona es congreso, once, san cristóbal, balvanera o boedo, pensé. Al finalizar la observación de la mezcolanza, que no brindaba una identidad definida al barrio en donde vivía, la pizza ya estaba lista. Salí rápidamente, para que la comida no se me enfriare y en menos de cinco minutos me encontraba en el departamento.
Prendí el televisor, en un programa periodístico volvía a estar al aire la política rubia, que no se cansaba de hablar de mafias y de vaticinar profecías. Mientras masticaba la muzzarrela, pensaba en que en realidad esa blonda dirigente, se parecía a la madre que ningún adolescente querría tener. De todas maneras, me encontraba cansado. No tenía ánimo como para seguir pensando. Hube de llamar a Viviana. Escuchaba el resumen de su día, y luego le comentaba las vicisitudes del mío. Realmente la extrañaba, quería, deseaba y moría por una segunda oportunidad para volver a vivir con ella. Me iba a hacer muy mal si me detenía en seguir en ese sendero de añorar su compañía. La despedí y sin pasar por el baño, me fui directamente a la cama.
En compañía de interminables mates, y de diferentes clases de chamamé, las casas humildes o ranchos, adornados con pancartas, carteles o banderas, nos recibían con grandeza y admiración a los visitantes. Yo, un regordete, en la preadolescencia, era tratado de Ud. por cientos de ancianos, con el rostro surcado y con la dignidad aniquilada, que simplemente eran llamados hombres de campo. En el medio del calor y de la llanura, asomaban pueblos fantasmas, que parecían olvidados, hasta por el mismísimo dios. De repente una mujer anciana, ataviada con una especie de delantal, me tomó de la mano. Su rostro denotaba un parecido, a la típica cara de las monjas de clausura. Vos vas a ser quién pueda, me hubo de decir al oído la señora.
Me levanté con ganas de orinar. Sin noción del tiempo, recordaba el sueño que había tenido. La boca pastosa y una picazón generalizada en todo el cuerpo me hubieron de acompañar al baño. Al culminar con la necesidad fisiológica, realicé una práctica no muy habitual. Me dirigí al espejo y me escruté larga y detenidamente. Saliendo del estado de soñolencia, intentaba rescatar los más mínimos detalles de las imágenes con las cuales había soñado. La mujer llevaba un pañuelo de color rojo. El chamamé que sonaba en esa ranchada era uno llamado Pedro Canoero. Yo llevaba puesta una remera blanca, de manga larga. Cuando la mujer me habló, me miraba fijamente a los ojos. Al concluir con el racconto pormenorizado, me dirigí a la pieza, en donde reposaba el reloj despertador y que oficiaba como vestidor. Los números rojos del aparato eran contundentes, cuatro y cinco. Hube de dar varias vueltas en la cama antes de conciliar el sueño. Lo último que pensé, antes de quedarme dormido, fue que tenía un rico material para llevarlo a la terapia.
Me dirigí al ascensor de los empleados, cómo para bajar y luego caminar hasta mi casa. Dentro del mismo, un joven trabajador, comentaba en voz alta, que ya no permitían más, descender por el ascensor de los legisladores a todos que no fueran tales. Ya está, pensé. Este es el punto de inflexión. Nuestro país se normalizo. Veníamos de una grave crisis de representatividad, que hubo de amenazar a la institucionalidad toda. Poco a poco, ese fuego se iba apagando, tímida y vergonzosamente. Estos tipos están recuperando todas sus prerrogativas. Vuelven a ser la realeza latinoamericana. Al terminar de verter estos conceptos, me encontraba sobre la avenida Rivadavia. Pensaba en la vorágine de los sucesos, ayer nomás, parecía que todo se iba al demonio. Hoy ya estábamos nuevamente encorsetados en un sistema social, similar a cualquier sociedad feudal del medioevo. Al llegar al cruce de la avenida con la calle Pasco, me detuve a los efectos de ingresar al videoclub. Prescindí de dirigirme al sector de los dramas. No tanto por que no tuviera interés en llevarme una película de tal temática, más bien porque ya las había visto a casi todas. Me paré frente a los filmes nacionales. No era muy afecto a la producción nacional, tampoco desconocía por completo lo que sucedía en el cine vernáculo. Tras recordar muchas películas que hubo de ver a lo largo de mi historia cinéfila, me dediqué a leer la contratapa de las cajitas, en donde se brinda un breve resumen de la historia y el nombre de los directores y actores, de las otras tantas películas que no había visto. Luego de cuarenta minutos de observación, me hube de fastidiar por una característica muy peculiar, que ostentaban las producciones de nuestro séptimo arte. Casi el noventa por ciento de las películas tenían directa o indirecta relación con la época de la dictadura. Un tipo o una mina que no tenían clara su identidad, o un viejo que de repente era asaltado por los deseos de rescatar, de su turbio pasado militar, las criminales acciones que había llevado acabo. Ejes centrales, que no diferían mucho en la trama, de las diferentes historias que obligadamente nos conducían a los terribles años de plomo. Maldita obsesión, hube de exclamar antes de retirarme de ese sector del videoclub. Tras quince minutos más de búsqueda, opté por llevarme una comedia llamada el Tiempo Ausente.
A las dos cuadras, me volví a detener. Me iba a llevar una pizza de un restaurante bautizado La Posta del Once. Que confusión hay en este barrio, pensé. En un radio de dos kilómetros cuadrados, diferentes negocios de diversos ramos, quinielas, cibercafé, librerías, confiterías, llevaban nombres distintos que supuestamente hacían referencia a un único barrio. Uno no termina de enterarse si esta zona es congreso, once, san cristóbal, balvanera o boedo, pensé. Al finalizar la observación de la mezcolanza, que no brindaba una identidad definida al barrio en donde vivía, la pizza ya estaba lista. Salí rápidamente, para que la comida no se me enfriare y en menos de cinco minutos me encontraba en el departamento.
Prendí el televisor, en un programa periodístico volvía a estar al aire la política rubia, que no se cansaba de hablar de mafias y de vaticinar profecías. Mientras masticaba la muzzarrela, pensaba en que en realidad esa blonda dirigente, se parecía a la madre que ningún adolescente querría tener. De todas maneras, me encontraba cansado. No tenía ánimo como para seguir pensando. Hube de llamar a Viviana. Escuchaba el resumen de su día, y luego le comentaba las vicisitudes del mío. Realmente la extrañaba, quería, deseaba y moría por una segunda oportunidad para volver a vivir con ella. Me iba a hacer muy mal si me detenía en seguir en ese sendero de añorar su compañía. La despedí y sin pasar por el baño, me fui directamente a la cama.
En compañía de interminables mates, y de diferentes clases de chamamé, las casas humildes o ranchos, adornados con pancartas, carteles o banderas, nos recibían con grandeza y admiración a los visitantes. Yo, un regordete, en la preadolescencia, era tratado de Ud. por cientos de ancianos, con el rostro surcado y con la dignidad aniquilada, que simplemente eran llamados hombres de campo. En el medio del calor y de la llanura, asomaban pueblos fantasmas, que parecían olvidados, hasta por el mismísimo dios. De repente una mujer anciana, ataviada con una especie de delantal, me tomó de la mano. Su rostro denotaba un parecido, a la típica cara de las monjas de clausura. Vos vas a ser quién pueda, me hubo de decir al oído la señora.
Me levanté con ganas de orinar. Sin noción del tiempo, recordaba el sueño que había tenido. La boca pastosa y una picazón generalizada en todo el cuerpo me hubieron de acompañar al baño. Al culminar con la necesidad fisiológica, realicé una práctica no muy habitual. Me dirigí al espejo y me escruté larga y detenidamente. Saliendo del estado de soñolencia, intentaba rescatar los más mínimos detalles de las imágenes con las cuales había soñado. La mujer llevaba un pañuelo de color rojo. El chamamé que sonaba en esa ranchada era uno llamado Pedro Canoero. Yo llevaba puesta una remera blanca, de manga larga. Cuando la mujer me habló, me miraba fijamente a los ojos. Al concluir con el racconto pormenorizado, me dirigí a la pieza, en donde reposaba el reloj despertador y que oficiaba como vestidor. Los números rojos del aparato eran contundentes, cuatro y cinco. Hube de dar varias vueltas en la cama antes de conciliar el sueño. Lo último que pensé, antes de quedarme dormido, fue que tenía un rico material para llevarlo a la terapia.
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