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Disparando de las o en las, escuelas... (Disparando de las o en las, escuelas...)

 Inmersos aún en el pánico desatado tras un caso concreto de violencia fatal en una institución educativa, debe arribar el tiempo de la reflexión serena, para luego de madurar un diagnóstico preciso, trazar abordajes probos para sortear con mayor éxito la encrucijada en la que nos encontramos.


Tal como se nos acostumbra desde lo normado, institucionalizado y luego difundido y promocionado, lo analizado hasta aquí no trasciende más allá de la orilla, de una superficialidad tan banal como criminal, que asusta y espanta. 

Las harto repetidas consultas a integrantes de la comunidad educativa (sea alumnos, padres, docentes, directivos) que no tienen mucho más que decir, que mostrar la perplejidad y el estado de estupefacción en que se encuentran, y la respuesta funcional de la administración, en el exacerbado e ineficaz punitivismo al extremo de revisar con policías las mochilas de los alumnos, no hace más que agravar el cuadro y en el mejor de los casos, brindarle una oportunidad lucrativa a emprendedores que desarrollan bolsos transparentes. 

No podemos quedarnos únicamente en la cuestión sintomática de apuntar a que un episodio violento de esta magnitud se engendra por un desafío de un juego en una plataforma en línea y creer, estúpida y peligrosamente, que cerrando la misma terminaremos con la rabia. Debemos situarnos, lo expresamos en un artículo de semanas atrás, del cuál sólo recordaremos párrafo y medio. "Un nuevo paradigma gnoseológico": De un tiempo a esta parte, el abandono paulatino de la lectura cómo hábito, cómo método de acceso al conocimiento, y por tanto como forma de estar en y ante el mundo, generó una forma distinta de saciar la natural avidez curiosa de lo humano. Condicionado por el contexto instrumental, de la velocidad de la imagen, que de la foto, la instantánea, forma videos, y vuelve en tal circuito, cómo meme, en la vorágine del reel, del scrolleo, el humano accede al conocimiento, casi pura y exclusivamente, por intermedio de millones de reproducciones que otros millones de tantos, sin ningún otro aval que no sea más que la propia voluntad, vomitan, eyaculan “contenido” de todo tipo, especie y pelaje. En tales algoritmos, que legitima la abstracción de lo numérico, sin que esto sea razonado, sopesado o pensado, vamos al encuentro, en el nuevo ámbito de lo social, que es el éter virtual de las redes compartidas, aplicaciones y todo lo que brinda la conectividad, de que nos digan qué hacer con nuestras vidas, que comer, como gozar, de qué manera se gana dinero, como vestirnos, y todo lo que signifique y represente, darle sentido a nuestras vidas, evitando el aburrimiento crítico, para que pensemos nosotros mismos, sin tutelas o con el menor de los condicionamientos, que puede representar para cada uno de nosotros, más fidedignamente el vivir". 

Con el riesgo de ser reiterativos, hasta con la mejor de las intenciones, algunos de los pocos lectores que puedan atreverse a dar lectura de estas líneas, nos pedirán que seamos menos extensos, cómo sí al productor agropecuario se le pidiera, porque sí, a los únicos efectos de un capricho, que acorte los tiempos de cosecha y que además de lo absurdo de tal petición se creyera que la misma pudiese ser cumplimentada.

La escuela como institución, como estructura (sobre todo después de Foucault) fue claramente identificada como un espacio, dónde la voluntad de poder se impartía de una forma muy directa, lineal, vertical y por tanto abrupta, cuando no violenta a nivel real, simbólica y conceptual. 

Podemos decir que en los últimos años, a partir del advenimiento de la democracia, la violencia real (sistemas de corrección que dejaron de usarse y que eran normales, como el pegarles a los alumnos con punteros, hacerlos arrodillar, atarles las manos al banco) fue desapareciendo, o en verdad, tal aspecto de lo violento, se intensificó en sus formatos de lo simbólico para últimamente, resguardarse con potencia en lo conceptual. 
 
 La escuela fue creada con una intencionalidad de ordenamiento social, de funcionalidad específica y determinada de un modelo de comunidad, que de un tiempo a esta parte cruje con mayor estruendo, no porque existan otras propuestas o modelos, sino por la ineficacia e ineficiencia cada vez más palpables y pavorosamente evidenciables. 

O disparamos de este modelo agonizante de la escuela violenta o los disparos, reales, simbólicos o conceptuales, se irán alternando dejándonos a todos inmersos en un estado de preocupación constante.

A diferencia de otros espacios que se llaman escuelas de gobierno o afectadas a poderes del estado, para mejorar en cuestiones electorales o en procedimientos, tal como nuestro nombre lo indica, nosotros a partir del pensamiento, proponemos a todos hacerlo para encontrar las razones de las primeras o últimas causas sea de lo general, como en este caso de una problemática particular.
 

Gabriela Mistral (primera mujer iberoamericana en ser reconocida con el premio Nobel de literatura) desando una poética de la educación, reivindicando el espacio del patio o las escuelas a cielo abierto (que abriría en México al ser invitada para iniciar una reforma educativa) privilegiando el entorno de lo común, el horizonte democrático y que recordamos con su definición inmortal: "Enseñar siempre, en el patio y en la calle como en el salón de clase. Enseñar con la actitud; el gesto y la palabra”. Castoriadis pondría esta decisión conceptual bajo la necesidad de crear un tiempo público, más allá del espacio institucional y regido por horas calendarios, en el sentido lato del término dimensión de lo colectivo o lo común. Recordaba que Herodoto leía sus historias en el marco de los juegos olímpicos. Una pedagogía de lo democrático para dotar la instintividad gregaria bajo una prevalencia ante prioridades comunes, que se definan bajo decisiones consensuales o mayoritarias. Simón Rodríguez, tutor de Bolívar y de Andrés Bello, el llamado “Sócrates venezolano”, alecciona acerca de la distorsión conceptual que había sufrido el aula institucionalizada. Recordaba que desde antes de los peripatéticos (los que daban vueltas) el ocio creativo  constituía el elemento central para la educación, la formación y la areté o conjunto de virtudes en la que debía nutrirse alguien para ser considerado ciudadano. Negar el ocio, o el negocio era precisamente para aquellos que debían sobrevivir en el intercambio de bienes e insumos básicos. No tardaríamos siglos, advertía Rodríguez, en la subversión de los órdenes fundamentales. La transformación de las escuelas, otrora recintos para propiciar el ocio creativo, el pensamiento, la reflexión, en dispositivos que seriadamente forman sujetos-cosificados u objetos para un mercado o para el negocio, de contar con instrumentos deshumanizados o precarizados, o amputados de tal humana condición.
Establecimientos donde se disciplina en la lógica del mando-obediencia, lucha en la que abiertamente pedagogos de la talla de Paulo Freire se dedicaría a los efectos de lograr que “se enseñe a pensar y no a obedecer”.
El patio reúne la disposición espacial como la dimensión del tiempo para lo público, tanto en una escuela, en una facultad, en una conjunto de viviendas o en un hogar mismo, el patio es el recinto en donde lo social puede recobrar sentido. Las plazas son los patios de los barrios, manzanas verdes que re-articulan la noción de un conglomerado urbano o ciudad. En la plaza, como en los patios, no hay jerarquías pre-establecidas, las posiciones se dirimen en forma dinámica y sin la imposición de sectores de privilegio o de acomodo. Sí bien no existe “la universidad de la calle”, tampoco en las universidades, las que siguen la lógica del negocio, es en el único lugar en donde se debe, se puede y tengamos que aprender.
No volveremos a pensar o actuar bajo el concepto de lo común, por estar conminados a compartir un espacio cerrado, el sentido de lo aúlico, nos dará mayores posibilidades de contagiarnos del algún virus resistente, antes que abrirnos a la posibilidad del entendimiento o la comprensión que se logra con los otros, aún tensando bajo discusiones o debates.
Es en el patio, en el afuera que reconocerá el adentro donde se debate la partida desde hace tiempo y la razón de nuestra derrota.
Así como el conocimiento no puede ni debe seguir siendo presurizado, resguardado bajo siete llaves y falsamente entregado por alguna autoridad del saber a cambio de obediencia o prioridad disciplinar, tampoco el elemento simbólico de lo educativo que es el aula, el recinto (el modelo arquitectónico del panóptico que emula la cárcel, la fábrica y el hospicio) la mochila cerrada y revisada o transparente, nos brindará sublimar la violencia que anida en la voluntad de poder, del conocimiento como elemento de legitimidad y autoridad, en un contexto dónde cada vez "sirve" menos tras el tiempo de padecerlo. 

El patio como espacio o el recreo como tiempo. Etimológicamente (recreo) es crear algo de nuevo. En el ámbito educativo, es el tiempo en donde se puede volver a interactuar sin las estipulaciones normativas dimanadas por la institucionalidad, bajo la égida del mando-obediencia y la dinámica de la autoridad disciplinar. Educados para formar parte de un mundo automatizado y tecnocrático, cada vez son más las voces que se agolpan para advertir que la educación tal como la entendemos no forma ciudadanos para una democracia que ofrezca la posibilidad de decidir. De hecho, cuánta violencia se habrá generado para que el síntoma se dispare por la consideración de algunos de ir ( o amenazar) a tales establecimientos armados.  

La conveniencia de filosofar.

 Si partimos de la tesis de Leibniz en la Teodicea de que "Vivimos en el mejor de los mundos posibles" arribaremos prontamente a la afirmación sin origen verificable del mantra "sí sucede, conviene". Este optimismo radical, equilibra la noción que por naturaleza conlleva la filosofía de ser una posición ante la vida atribulada de críticas y cuestionamientos. 


Quiénes, actualmente, transitamos el devenir que llaman tiempo, debemos ser inteligentes (es decir adaptarnos lo mejor que podamos a las circunstancias) y nadar junto a la corriente y no ir contra ella ni tampoco pretender validar ningún otro tipo de nado singular. 

La hegemonía del resultado es el imperativo categórico de época. Nada de reconocer valor a lo abstracto, a lo intangible, o lo considerado como "espiritual". 

Somos un algoritmo, la combinación azarosa de fluidos que reproducimos la irredenta conducta inercial de seguir haciendo lo mismo, traducir y obtener con ello, resultados. 

Cada acción, debe ser registrada, validada en lo que nunca dejará de pertenecer a los circuitos del intercambio. De lo que hagamos debemos obtener un rédito claro. Sea una inversión de tiempo, llamado trabajo, y de allí sueldo u honorarios, o un posteo en redes, un video o foto, monetizado o con la necesidad de tener corazoncitos o pulgares arriba, o la cuenta final de la cantidad que ello han observado. 


¿Y dónde encontramos la conveniencia de filosofar? Todos aquellos a los que las cuentas no le den bien (es decir que el saldo no les de positivo, sea en sus cuentas de banco, como en sus redes, y en sus vidas) son conspiradores en potencia. En términos reales, es decir matemáticos (los únicos válidos para el actual estado de cosas) es imposible que a la mayoría les den bien tales o todos los números (entendiendo además lo subjetivo que significa el espacio de sensaciones, emociones, pasiones o vida en general, dónde las traducciones y resultantes son más sutiles y menos objetivas) por tanto, a los que les va bien, realmente, es decir a los que no les servirían otras reglas de juego que no sean estas, la filosofía les puede representar una herramienta maravillosa, para constituir un escenario en dónde, mediante lo inexistente, de conceptos, palabras y lo intraducible del pensamiento, de la crítica y del cuestionamiento, sean remansos o responsos, de sujetos que se conformen con poco o casi nada, materialmente hablando. 

Los guardianes del sistema, saben que los recursos son escasos y por tanto crítica la administración de los mismos. También que los que tienen, siempre querrán más y por tanto, es imprescindible una narrativa o un relato, que discipline o conforme a los que no podrán tener, pero que es peligroso que deseen. Como desear es vivir, y no se puede mutilar tal pretensión, se busca convencer bajo nociones filosóficas que no tiene sentido acopiar bienes, que no se es más feliz, acumulando posibilidades, dado que eligiendo se produce la angustia de desechar por todo lo no elegido, que siempre será más en cantidad que lo escogido y fundamentalmente afrontar la incertidumbre tajante y cruel de que hacer de la vida de uno, cuando no se tiene la oportunidad real de enfrentarla con los recursos que la vida o el sistema te demandan para considerarte sujeto o validarte como tal. 

El Presidente Argentino Javier Milei en una conferencia internacional, asoció su ideología que comparte con Trump y la nueva derecha internacional, con la escuela filosófica de los estoicos, que entre algunos principios declama por la prudencia, la serenidad y el trabajo individual e interno para no poseer ambiciones desmedidas a los efectos de lograr la felicidad o al menos no padecer la existencia. 

No lo estamos diciendo solamente nosotros, lo dicen y lo hacen desde el poder político, claro que la filosofía no se agota en una sóla escuela (de hecho los admiradores de la austríaca fueron en busca de la estoica) y en la diversidad de las mismas, está la posibilidad de que la libertad sea más amplia que su mera declaración. 

Finalmente, sí con la presente demostración acabada de la conveniencia de filosofar, seguís dudando o evitando preguntarte por la misma, es porque seguramente tus traducciones y números siguen en positivo saldo, de lo contrario, estás perdiendo en todos los ámbitos y planos.  


Por Francisco Tomás González Cabañas. 



¿Acto sedicioso en el Congreso de la Nación?



Tras la última y tal vez más escandalosa sesión de la cámara de diputados de la Nación de la que se tenga memoria, la legisladora nacional, Marcela Pagano, tras los hechos, en su cuenta verificada de la plataforma X expresa : "No tengo miedo, me debo a mi banca. No van a impedir que cumpla con la defensa de las instituciones. Me cueste lo que me cueste voy a defender la institucionalidad parlamentaria. Una cosa es el debate de ideas y otra muy distinta la violencia para impedir el funcionamiento de un poder de la Constitución Nacional." para agregar horas después el siguiente posteo : "El escándalo fue porque hay un solo Sr (que no es el presidente Milei) que no me quiere al mando de esa comisión (tendrá algo que esconder y temerá ser investigado “ese Sr”) Les dejo aquí los hechos, no relatos. Mi voto fue negativo y aquí el video que demuestra la propuesta de ratificar autoridades". No es difícil inferir, por declaraciones públicas anteriores y por la historicidad de este conflicto, de que la diputada se refiere al presidente del cuerpo Martín Menem. Sin embargo, dada la gravedad del hecho (recordemos al entonces ministro de la CSJN Fayt con aquello de que los hechos judiciables son sagrados más las interpretaciones libres) no podemos quedarnos en la especulación política o en el ruido mediático que esta denuncia pueda seguir generando. 

Ante esta situación (el hecho y la posterior denuncia pública de la diputada) debe intervenir de oficio un fiscal de la nación, para investigar la comisión del posible delito de sedición establecido en el artículo 22 de la Constitución Nacional. 


Recordemos que la sesión, iniciada con el número requerido por el quórum, fue "levantada" por el propio presidente del cuerpo, Martín Menem, cuando en el reloj del recinto, restaban más de dos minutos tal como claramente lo establece el reglamento de la cámara baja, para una acción como la perpetrada por el legislador Menem, quién se levantó de su sillón, para retirarse raudamente, en el mismo momento en que diputados de su propio espacio político (tanto de su bloque como de bloques aliados) se trenzaban a golpes y empujones. Uno de los implicados, el Diputado Oscar Zago, refirió en una declaración pública inmediata que fue provocado, mediante insultos y zamarreos por su par el Diputado Lisandro Almirón, por instrucciones de Menem, para generar lo que finalmente ocurrió, el levantamiento "ipso facto" de la sesión. 


Otro tanto sucedió con las legisladoras Lemoine y Pagano, escándalos que fueron retratados por diversos videos publicados por diferentes medios y plataformas. 


Sí bien. el legislador Maxi Ferraro, también en su cuenta verificada de la plataforma de X, anunció que presentaría una moción para una sanción disciplinaria a los legisladores involucrados, tal como lo habilita el artículo 66 de la Constitución Nacional, y lo determina el artículo 188 del reglamento de la cámara de diputados de la Nación, no es excluyente de que en el seno mismo del Congreso se haya perpetrado el delito de sedición.


Debe investigarse, al menos, por la salud de la república, sí este accionar vergonzoso no fue orquestado previamente, como una suerte de ardid, para evitar el desenvolvimiento de una sesión legítima de un poder del estado. Y en el caso de que la investigación concluya afirmativamente, les deberá corresponder a los perpetradores el encuadre del delito de sedición. Dado que sí se comprueba que torcieron, flagrantemente, las formas y los mecanismos claramente establecidos para el desenvolvimiento de un poder del estado, se habrán convertido de legisladores nacionales en una  facción de reunión de personas actuando contra la constitución...atribuyéndose los derechos del pueblo y peticionando en nombre de éste, cometiendo el delito de sedición tal como lo establece el artículo 22 de la Constitución Nacional". 


Insistimos en la gravedad, de que el hecho, pudo haberse desarrollado en el Congreso de la Nación, cuando estos legisladores que deben ser investigados, "se sacaron el traje" de legisladores para actuar como forajidos impidiendo de facto, la continuidad de una sesión parlamentaria, tal como lo denuncian públicamente, al menos dos legisladores que fueron testigos o parte del grave hecho antidemocrático y antirrepublicano.  


Debe actuar otro poder del estado como el judicial, y tal vez la acción ciudadana, como estas palabras y las que usted pueda agregar, estén incardinadas en el artículo 21 de la Constitución nacional, cuando se obliga a los ciudadanos a armarse en defensa de la patria, entendiendo que en una república democrática, la principal arma es la posibilidad de pensamiento y el ejercicio de la razón, facultades también consagradas y protegidas en la Carta Magna en el artículo 14 y los tratados internacionales.


Centro Desiderio Sosa.

Diseccionados los partidos políticos por la motosierra de la realidad.

 El PJ y la UCR Corrientes se disputan el podio de la perversidad vergonzosa que afectan a las instituciones fundamentales del sistema democrático tal como lo expresa el 38 de la CN. 


Ambos intervenidos, a la carta y orden de los espacios más determinantes de cada sector político, tras el maquillaje institucional, el resultante no es más que elocuente; el remedio terminó, a la postre, peor que la enfermedad. 

El PJ tenía la díficil tarea de hacer algo peor con el distrito Corrientes de las acciones de los últimos años. El milagro sucedió. Ni siquiera el sector interno del Cristinismo (con la cámpora y aliados) pudo amagar a una supuesta lista de unidad. Consagrada la pantomima, los principales referentes de lo más granado del sector K, pretendió emular renunciamientos, denostando de paso, el accionar histórico de Eva Perón décadas atrás. Un grupúsculo de dirigentes de Paso de los Libres, se hizo cargo del partido y de las candidaturas, cuando en verdad siquiera tienen la envergadura para confeccionar una lista de concejales en la propia Paso  de los Libres. 

La UCR, extrañamente, cayó en la afección generalizada. A gusto y placer, del Gobernador Valdés, el presidente del partido nacional, el Senador Lousteau, le intervino el distrito para evitar más fugas y escándalos que surgían con un grupo de diputados nacionales bajo la categoría de "radicales con peluca" por la proximidad de estos con Javier Milei. 

Pocas semanas le duró la lealtad a Valdés. No tuvo empacho, en incinerar públicamente al Senador Eduardo Vischi, a quién le ordenó, primero que firmara un proyecto para crear una comisión investigadora ante el libragate, para negociación mediante y horas después, obligar al legislador a que vote contra su propia firma y proyecto.

Tanto la Cámpora cómo Valdés, lograron detonar sus partidos nacionales y exhibirlos ante el escarnio y la vergüenza pública. 

El PRO, de Mauricio Macri, en medio de la crisis con el sector de Patricia Bullrich, que no muestra la misma determinación ministerial en sus acciones políticas (no termina de pasarse a la lIbertad avanza como alguno de los suyos, o disputar desde adentro del partido que presidió hasta ayer) resolvió intervenir el distrito Corrientes, como para dar una prueba más de lo que sostenemos. 

En la libertad avanza, aún no se termina de resolver sí darán la batalla cultural o la electoral, o ambas. El representante cantado y obligado, fundador del determinante club de la libertad, se cansa de expresar que no será candidato. En tal renunciamiento, esté sí, paradigmáticamente más parecido al de Eva Perón, es indisimulable, la incomodidad del diputado Almirón a incorporar a sectores o actores que se sienten convocados por la gesta presidencial. El Senador Camau Espínola, proveniente de la actividad deportiva, esgrime un razonamiento acertado. No son tiempos de partidos, sino de individuos. Tal como sucedió con Milei, con lo que pretende hacer en CABA Horacio Rodríguez Larreta. Extrañamente, encuentra más tensión dentro del espacio que podría representar con grandes chances de un buen desenvolvimiento electoral. Bien podría Almirón, ser el Intendente de Corrientes y conformar la lista de concejales de la Ciudad con todo su equipo, incluyendo familiares y amigos, pero sin razón aparente, más que la obstinación, por el momento pretende ir en contrasentido de los vientos liberales del ahora que señalan, precisamente que está disuelto lo colectivo que representaban los partidos y tal como reza la definición liberal no existe la sociedad sino los individuos. 

Los partidos de la provincia, también caen en la disección y pulverización de la motosierra del aquí y ahora. 

Mientras esto se escribe, las hormigas de ELI, se reunirán para fijar posición con la excusa de festejar más de una década de existencia. Disponen de un diputado de la nación, a quién los llamados medios nacionales aún consideran de la UCR. También de un ministro en el gabinete de Valdés, con quién exhiben profundas diferencias de un tiempo a esta parte. Todo el arco político sabe que el principal objetivo de este espacio se encuentra en ganar el Municipio de Goya, de dónde es oriundo su fundador y por lo que pretende entronizar a su sucesor. Cualquier declaración que realicen en las próximas horas pondrá un mínimo de claridad ante tanto caos y desconcierto del que son parte y ayudan a profundizar a expensas de lo que la sociedad necesita. 

El partido popular del Vicegobernador Pedro Braillard Poccard, dió cuenta de lo expresado y se propone la colosal tarea de convertirse en un partido nacional. Sabrá su fundador, el riesgo que asume de ir a contracorriente del panorama actual y tal vez por ello, y sin más margen que asumir tal desafío, y como pocas veces, se lanza a una aventura con destino incierto y sin reaseguro. 

Los fundadores de la democracia, tenían el principio de que sus representantes políticos, tuviesen "areté", es decir virtud individual o a consideración de Platón, fuesen los más sabios o los mejores. 

Que nuestros políticos emulen a los griegos, sería demasiado, cómo dicen los más jóvenes; un montón. Al menos, bien podrían no ofrecernos los peores, los más afectos y adictos a las prácticas más oscuras y bajas de los partidos políticos, que ellos mismos se encargaron y se encargan, de haber transformado y transformar en los sótanos más hediondos y putrefactos de la comunidad. 

Escuela Correntina de Pensamiento. 

El derecho de la derecha de establecer las reglas de juego o el quiebre de las mismas.

 




Concediendo que las categorías del (no) entendimiento de la política no pueden ir más allá de izquierda y derecha haremos el siguiente discernimiento tanto en lo respectivo a lo posible como a lo deseable. 

Quiénes parten de consideraciones generales para abordar los aspectos políticos tendrán por lo general una inclinación más a la izquierda que aquellos que aborden los aspectos de lo común desde la óptica de la consideración individual. 

Los que confíen sin remilgos en la posible predisposición bondadosa del sujeto antes que la intermediación del temor o la especulación también tendrán tal predisposición. 

Sumaremos a los que sientan, demuestren o narren, que las prioridades de lo público deben estar orientadas siempre a resolver antes que generar, a distribuir antes que recaudar a invertir antes que acumular. 

Se construye por tanto una superioridad moral ya expresada por quiénes habitan en tal espacio decoroso moralmente y políticamente correcto para los ámbitos comunicacionales, educativos e intelectuales de las sociedades occidentales. La famosa posición "políticamente correcta" de situarse en el otro, cuando en verdad es despojarlo de su autodeterminación y derecho a que expresa una posición concreta, antes de que se la asuma previamente, bajo la excusa de la representación, siempre acorde a los valores democráticos y sus legitimidades electorales (aquí habría que preguntarse cuán legítimo es que alguien despojado de la posibilidad de comer, sea obligado a ceder, es decir votar, a sus gobernantes o representantes).

Finalmente recubre la escisión de ambos campamentos, un telón romántico de una juventud interminable que apuesta a la posibilidad antes que a la realidad donde una disposición a la vejez o la senectud se apropia de quiénes deben arrumbarse a la derecha de las cosas. 

Sí toda la aventura de lo humano discurriera por el deseo, a nivel político en la izquierda están los que asumen tal pretensión y en la derecha los que aún no han dado cuenta de la misma. 

En este punto recae la actual sorpresa que deparan los movimientos políticos de derecha que se granjearon el apoyo de "jóvenes" que dislocaron aquella concepción existencial que nació en el mayo francés. Las actuales generaciones ya no pretenden ni lo imposible, ni el futuro, desean, en el caso de que lo hagan por motu propio, lo asequible del aquí y ahora, por más que sea algo reducido, mínimo o estrecho. Habría que agregar también, que desean, más bien que aquel otro no tenga lo que ellos tampoco pueden tener. Esta posición existencial-política, define el "ethos" de las juventudes inclinadas a la derecha. No creen ni necesitan creer en un mundo mejor o para todos, en todo caso, pretenden que sí el mundo es hostil e inaccesible para ellos, también lo sea para la mayoría de esos otros (por lo general, representantes políticos o intelectuales situados en la izquierda, agrupados en la categoría de "casta"). 

Por esta misma razón es que en tal sector, la acción política queda siempre difuminada, en una suerte de ventisca fantasmagórica, que apenas por breve tiempo intercede en la realidad efectiva o en lo realizable. Por más que sea más activa, que gane las plazas y calles, siempre fresca en constituir mayorías independientemente que sean minorías que en el fragor de la expresión se hacen escuchar callando a los demás. Esta es la reacción, a la que acude la derecha actual en el poder. Empoderada, incardinada en la legitimidad democrática de sus triunfos, arremete con toda la consideración cultural que se agrupa detrás de la definición "woke". 

Políticamente es inobjetable. Jurídicamente, recurrible, pero no descartable, filosóficamente esperable (entendiendo desde un punto hegeliano, dónde el acontecer alumbra luego de las disposiciones de tesis y antítesis, o de acción y reacción), eso sí en el ámbito de la filosofía política, es dónde se genera el gran dilema. 

La izquierda apunta siempre al universal sistema, a lo súper-estructural que en última instancia funge como excusa perfecta cuando los indicadores numéricos encienden las alarmas que en tren de perseguir el ideal, pasa inadvertido el día a día, el momento a momento, de tantos que pierden posiciones en los vagones y se caen de la formación por los maquinistas, que frenéticos toman todas las curvas por izquierda. 

Bajo este mismo "espíritu" de izquierdas, responden entonces, ante la avanzada de la derecha en el poder, esgrimiendo la paradoja de la tolerancia "un concepto filosófico, de Karl Popper que sugiere que, si una sociedad extiende la tolerancia a quienes son intolerantes, corre el riesgo de permitir el eventual dominio de la intolerancia, socavando así el principio mismo de la tolerancia". 

La derecha en el poder, hace, "doma", arremete y no se detendrá en el campo de las formas (del que se validó electoralmente y en el que reina en redes sociales y agenciamientos de coyuntura) llevando el escenario al estadio actual en el que no pocos caen sorprendidos. 

Así las cosas, tal como la disponen y comprenden los políticos e intelectuales, no podremos continuar con la democracia, tal como la venimos experimentando de un tiempo a esta parte. Sobrevendran discusiones acerca del derecho a la resistencia o la sedición y en el caso de que tales disquisiciones llegan a los estrados judiciales, se llegará a que la cuestión la defina el menos democrático de los poderes del estado: el judicial. 

Que la última instancia de las tensiones republicanas y por ende democráticas, acabe en la mesa de roble o de nogal, de un alto tribunal, para que los que no han sido votados, voten por mayoría simple, sí una norma proveniente de las entrañas del pueblo mismo, del líder del ejecutivo, votado para gobernar, habiendo sido tratado en diferentes instancias en un parlamento, constituído por representante, que están allí por mandato popular, es para Waldron, como para quién esto escribe, la cabal muestra del gobierno de los jueces. O lo que expresábamos años antes que el autor citado, que la última ratio de las democracias, es el mojón del poder judicial, tal cómo ocurrió en Argentina, el 10 de septiembre de 1930, con la acordada de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, que se constituyó en la doctrina jurídico-legal de los gobiernos de facto, y que a casi 100 años de ello, apenas, y muy pocos, cómo en este caso, ponemos en evidencia, para desterrar, filosófica y conceptualmente que la acción política jamás debiera ser un asunto del judicial, al que además habría que repensarlo no necesariamente como poder, sino como una mera administración de lo que pueda considerarse justo.

Redefinir la democracia se constituye en el elemento central en que debieran concentrar sus energías y disposiciones los actores tanto de derechas como de izquierdas. 
 
Caso contrario, las disputas de un no-entendimiento de lo democrático, como el actual sistema agotado en el que sobrevivimos, lo dilucidarán jueces, en el mejor de los casos, y con sus tiempos y formas aborrecibles o la imposición por la fuerza del poder más primigenio que se detona en las guerras o en el enfrentamiento en las redes, en el éter con drones o en las disputas a sangre en las calles. 


Por Francisco Tomas González Cabañas.

"Que el poder judicial deje de fallar"



Debemos interpelar a las autoridades constituidas y legitimadas por el voto popular, a que en un plazo perentorio de 30 días corridos puedan informar a la población el grado o nivel de funcionamiento que le adjudican al poder judicial estableciendo para ello las categorías de: buen funcionamiento, regular funcionamiento y mal funcionamiento.


Solicitar a las mismas que argumenten o profundicen la argumentación por haber brindado tal categorización al funcionamiento del poder judicial, entendiendo que éste busca una noción de justicia sintetizada en la máxima de Domicio Ulpiano de dar a cada quién lo que le corresponde.

 

Exigir a todos y cada uno de los miembros del poder judicial que puedan realizar el “giro democrático” renunciando para ello, a las prerrogativas o rémoras pre-republicanas que los posicionan en un sitial por encima del plano ciudadano, haciendo uso y abuso de privilegios insidiosos que percuden el tejido social.


Recomendar en este mismo sentido, que en caso de no ser una respuesta de cuerpo, se constituyan en acciones individuales por parte de integrantes del poder judicial que entiendan y comprendan que la democracia también llegó a tal poder instituido. Para ello se podrán acoger al retiro o la jubilación en la edad indicada, pagar las tasas, impuestos y contribuciones sin excepcionalidad y por sobre todo ajustar sus haberes en relación a la cantidad de casos específicos y concretos que tratan, resuelven o sobre los que dictaminan.


Plantear un desarrollo de un marco teórico de la noción de justicia, tanto en sus límites o fronteras con otros conceptos lindantes como venganza y resarcimiento, e indagar a ultranza a los efectos de sí finalmente la justicia cómo poder constituído puede, y en tal caso, debe, permanecer, independiente o sin el influjo de los otros poderes o incluso de las mayorías que se constituyen circunstancialmente y sin traducción la representación clásica.


Recomendar en la actual dinámica del poder judicial, los institutos de: revocatoria popular de magistrados (previa demostración de mal ejercicio) otorgamiento final (luego de los procesos de preselección) de las magistraturas por intermediación del azar o sorteo y plebiscito no vinculante ciudadano para determinar cada cierto tiempo (dos o cuatro años) el funcionamiento integral del judicial como poder del estado al servicio de la población en arreglo o acuerdo a una noción de justicia puesta en práctica en los términos de un aquí y ahora dados.  



A lo largo y a lo ancho de Occidente, desde que el principio de inocencia, se sostiene, casi caprichosa y capciosamente, para el funcionariado político que accede a tal condición por lo electoral, nos despertamos con las noticias acerca de denuncias, de idas y marchas, judiciales sobre tal o cual presidente, legislador, gobernador, intendente, concejal o cualquier tipo de figura política, que asumiendo un rol en el manejo de la cosa pública, se aprovechó, abusando y vejando, la legitimidad de la representación, que siempre y por definición es crítica, para lograr una ventaja personal, que casi siempre se corresponde con una acumulación de bienes materiales o el provecho puntual y específico para obtener un goce que puede ser espiritual pero obtenido mediante la vulneración a la confianza pública que se le ha depositado, para que sea fiel a finalidades colectivas y no facciosas o personales.


Arrecian tanto en las redacciones de medios de comunicación, tradicionales como en redes sociales, los datos, más o menos cercanos con una verdad, siempre a probar, y que nunca alcanzará en tiempo y forma a dictaminar justicia, tanto sobre el acusado, como para el colectivo afectado; sus representantes. En el mejor de los casos, las fuerzas políticas, que se turnan por cabalgar o comandar estas denuncias de “hechos de corrupción” como lo llaman o sindican, inocente o cómplicemente, redactan algún que otro proyecto, para que en caso de ser probado el acto de corrupción los bienes sustraídos, vuelvan al erario público.

Como si fuese un capricho del destino, y por más que nos obstinemos a no creer en clases, se esfuerzan para que las pensemos como tales. La radical importancia de lo sustraído no es el bien, por más que este se valúe en cientos de millones. Lo que se roba un político habiendo accedido por voto popular a su función es cierta confianza pública, horadando, percudiendo, con su malandrismo, al sistema democrático mismo, de allí que establezcamos la tipificación de este delito como democraticidio.

Queda al margen la discusión sí el hombre de estado, tiene que predicar con el ejemplo, y hacer de su vida un testimonio, por intermedio de sus acciones, y por tanto, gran parte de su vida privada, es precedente de su comportamiento público. Queda afuera también la aporía sí el poder corrompe (una persona honesta, se convierte en lo contrario al acceder) o sí el poder devela (alguien que se queda con 10 centavos de un vuelto mal otorgado, es un corrupto en potencia con intenciones de desfalcar al estado). Nos ajustamos a la realidad, todo puede ser, hasta que en el ámbito público, no se desate un escándalo, no importa sí el que accedió es pederasta o criminal, sí fuera de modo contrario, al menos se debería hacer un test de personalidad a los funcionarios. Lo gravoso de este derrotero, es que no es únicamente, lo lesivo, la producción del escándalo, sino lo que se genera luego o para decirlo más claramente, lo que se viene generando, con la sucesión de escándalos de nuestros políticos, a lo largo y ancho de Occidente, habiendo birlado la confianza pública, vejándola, para obtener pingües posicionamientos sectoriales, beneficios espirituales o materiales.

¿No cree acaso usted que el descreimiento hacia lo democrático está vinculado directamente con los actos de corrupción, que se transmitieron en vivo en los diferentes medios de comunicación, casi desde el momento mismo de producido, o desde la denuncia, hasta el estado de no justicia, de no cierre, o de sospecha permanente que casi siempre quedó en el éter, cuando un político fue juzgado?


¿Y quiénes o cómo se eligen a los magistrados? Antes de la forma republicana, el poder incuestionable del rey, que dimanaba de autoridades incluso celestiales o superiores no permitía duda alguna de designar o emplazar a los magistrados. Allí nace la figura del "defensor del pueblo" tan inúltil por simplemente hacer una copia de tal institución en naciones sin haber tenido experiencias monárquicas. 


Debiera constituirse la figura del defensor ante la magistratura que tuviera como principio que de esa "familia judicial" o la constitución de la misma, no tenga familiaridad o vínculo con hombres y mujeres actuantes en la política o que hayan tenido experiencias en los poderes legislativo o representativo. Ninguna hija de alguien que haya sido, legislador y que alcance el cargo de juez, podría contar con una legitimidad democrática o republicana que accedió a tal lugar por otra cosa que no sea por las artes de su padre, o que tenga, incluso muerto o extinto este, una carta o manuscrito que así lo detalle y que se pueda dar a conocer a la opinión pública en un momento dado, por citar un ejemplo.  


Quien invoca algo que rompe el estado de normalidad, debe probarlo («affirmanti incumbit probatio»: ‘a quien afirma, incumbe la prueba’). Básicamente, lo que se quiere decir con este aforismo es que la carga o el trabajo de probar un enunciado debe recaer en aquel que rompe el estado de normalidad (el que afirma poseer una nueva verdad sobre un tema).En la academia, el onus probandi significa que quien realiza una afirmación, tanto positiva («Existen los extraterrestres») como negativa («No existen los extraterrestres»), posee la responsabilidad de probar lo dicho. Entre los métodos para probar un negativo, se encuentran la regla de inferencia lógica modus tollendo tollens («que es la base de la falsación en el método científico») y la reducción al absurdo.

¿Acaso, por más que sea lamentablemente, no es normal es decir lo probado, lo sospechado, lo que se cree (¿no es esto el verdadero sentido de lo justo, lo que se cree?) en relación a que un político nos roba o se aprovecha para su beneficio de su condición de tal y lo anormal, que se maneje honestamente y no se aproveche, lo anormal y lo que debería ser probado?.

Como pudimos comprobar, el mismo principio de Onus probandi, es el que podría sostener también la modificación que sostenemos. Lo que se ha modificado es la circunstancia de la política que pasó de ser un concepto para gobernarnos a un modo de sobrevivir.

Todos y esto sí es universal, somos responsables, de hacia dónde estamos dirigiendo al mundo, por tanto nunca señalamos lecturas clasistas, el político, que puede ser cualquiera de nosotros, arriba a su condición de tal, no por su expectativa de conducción colectiva, de su vocación por el bien superior, o su aspiración al bronce de la historia o su poder de abstracción. El político quiere acceder a una posición de tal, para primero cambiar su realidad personal. Sí esto no lo terminamos de asumir, terminaremos con la democracia y caeremos en el escalón más bajo de una lucha de todos contra todos, en los reinados y reductos de la violencia como última o primera razón.


“– Es fama -dijo – que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.– Eres muy crédulo- dijo el maestro-. No he menester de la credulidad; exijo la fe.” (Borges, J.L “La rosa de Paracelso”)

“La confianza solo es posible en un estado medio entre saber y no saber. Confianza significa: a pesar del no saber en relación con el otro, construir una relación positivas con él. La confianza hace posible acciones a pesar de la falta de saber. Si lo sé todo de antemano, sobra la confianza. La transparencia es un estado en el que se elimina todo no saber. Donde domina la transparencia, no se da ningún espacio para la confianza” (Chul Han, B. “La sociedad de la transparencia”. Herder. Barcelona.2013. pág., 91).

“Las prácticas políticamente correctas exigen transparencia y renuncian a ambigüedades, con el fin de garantizar la mayor libertad e igualdad contractual que sea posible, de modo que ruede en vacío el tradicional nimbo retórico y emocional de la seducción” ( Illouz, E. “Porque duele el amor. Una explicación sociológica. Katz. 2012. pág., 345) 

En la necesidad de evidencias, aún no hemos acusado recibo del escándalo Sokal que demostró (cómo si hubiese sido necesario y posible asir lo imposible de determinar) que la estructura determina y condiciona la dinámica. Los límites del lenguaje, son el reconocimiento palmario que no tenemos mucho más que expresar lo que hace tanto.

No arribaremos, ni arribamos a lugar alguno. Fugar de nuestra finitud, es el fantasma mayor que construye nuestra psiquis para hacer lo soportable lo cotidiano. En la arquitectura de la angustia, moldeamos el curso y decurso de palabras para que sean validadas por esos otros en el arbitrio de un me gusta, de una manito con pulgar arriba o de una aceptación vía referato ciego. 

La verdad instituida no es ni más ni menos que la preponderante en un circuito de poder que delimita reglas de juego no del todo claras como tampoco absolutamente difusas. 

Lo evidente como condición necesaria de la transparencia y su suficiencia, impone un dispositivo en donde el resultante es la tarea del aquí y ahora. Nos transformamos, por acción u omisión en un algoritmo que dirá cuánto hemos acumulado en un contante y sonante que siempre nos será excesivo y por sobre todo, nos excederá. 


El común democrático, como conjunto de valores defendido y dimanado de los representados y gobernados hacia los representantes y gobernantes, no debe ser impuesto como verdad incontrastable, como sendero único o alternativa superior, sacra o divinizada. 

No necesitamos el derrotero de la prueba constante, el persistente proceso procedimental en el que estamos absortos desde hace tiempo, cuál ave de luz en un túnel oscuro. Así cómo no hubo discípulo para Paracelso en el cuento de Borges, tampoco habrá salida a la sociedad de control desde las letras, que distorsionan las estructuras y dispositivos, propuestas por el filósofo surcoreano, convertido por su nación de adopción y directivos editoriales, en una de las tantas sirenas a las que no escuchará el Ulises actual en que nos hemos transformado. 

El viaje como destino y la meta interdicta, sometida a consideración de los viajantes, en tal amarra encontraremos paz y templanza para discernir entre lo posible y lo imposible, entre lo conveniente e inconveniente, más allá de mentiras y verdades que no son más que dos humores distintos de un mismo cuerpo con necesidad de expresarse. 


Regresamos a la cita de Hegel, cuando determinadamente expresa que la justicia es el gobierno del pueblo, allí es en donde la política debe actuar, explícita y profusamente. La falsa independencia, que se le hubo de arrancar, a Montesquieu en una de sus vaguedades teóricas, debe ser puesta en cuestión. Debemos ajusticiar el concepto de que lo justo, puede ser patrimonio, de seres angelados, de semidioses griegos, los jueces, que, bajo la discreción, fallan, sin tener reparos, siquiera en esa supuesta ley que los ordena.


Definir lo justo, es la cuestión central y sideral, en que el poder político, debe concentrarse para que el pueblo, pueda tener una experiencia semejante, o cercana, a tener que ver, con que plantee sus intereses reales, y no dejar que les sigan engañando, bajo la mentira perversa de lo representativo.

Ufanarnos de nuestras faltas de falta, de nuestra nulidad de carencia, nos conmina en la profundidad ciega de lo incierto. En tal vacío intolerable, debemos demostrarnos, sin embargo, lo contrario. La palabra como posibilidad de conceptos, como intención de comunicación, crea el absurdo de que creamos sin ver ni de ninguna otra percepción que provenga de los sentidos. Precisamente en el sinsentido de los vocablos, de los signos, nace la significación, se entrelazan, disputan, aparean y replican los significantes. 

Nace la elucubración de lo ente, las representaciones de lo que somos y de lo que pudimos ser. Entendiendo el origen de nuestros deseos limitados, las verdades subjetivas, que nos sujetan y nos hacen sujetos, jamás podrían ser absolutas, eternas e inmutables. Tampoco lo otro, su opuesto, el relativismo desenfrenado que siquiera nos posibilita que nos entendamos. En tal anarquía donde se consuma la individuación, prevalece la disposición darwiniana de la supervivencia del más apto. 

Por tanto, aquí ofrecemos, sin más razones que las expuestas que las que expusimos y que seguiremos exponiendo, sin menos que otras tantas que se validan en recintos en donde el saber normativo, se regula bajo pautas de distribución de recursos, de grados académicos o de investiduras que pretenden vestir la desnudez primigenia de lo humano, un pliegue, una perspectiva, una posibilidad, que pueda ser considera para una construcción de mayoría ciudadana, siempre circunstancial como abierta al ensamble de críticas que se le puedan y deban realizar. 


“El error de prohibición es aquel que recae sobre el conocimiento del carácter injusto del acto, sobre su comprensión o sobre la intensidad de la ilicitud. En tal situación, el autor tiene la convicción del obrar legítimamente, sea porque considere que la acción no está prohibida, porque ignore la existencia del tipo legal (ignorancia de la ley), porque dé a una causa justificación o un alcance que no tiene o porque juzgue que concurre una causal de justificación que la ley no consagra o finalmente porque se considere legitimado para actuar” (Gomez L., J. O. Teoría del Delito. Bogota D.C. pág 125.  Ediciones Doctrina y Ley Ltda. 2003).


Cada uno de nosotros en nuestra condición de soberanos, al escindirnos de lo colectivo, para individualmente sufragar y suscribir con ello el contrato social y político en contexto denominado democrático, incurrimos, recurrentemente en un error de prohibición invencible. 


“Se llama error de prohibición al que recae sobre la comprensión de la antijuridicidad de la conducta. Cuando es invencible, es decir, cuando con la debida diligencia el sujeto no hubiese podido comprender la antijuridicidad de su injusto, tiene el efecto de eliminar la culpabilidad” (E. R. Zaffaroni. Manual de Derecho Penal. Parte General, pág. 543. Edit. Ediar 1999).


No se nos puede imputar a ninguna sociedad en general ni individuos en particular, lo que venimos ungiendo como gobernantes o representantes en las diversas aldeas bajo el significante de lo democrático. 


En lo que se denomina “sesgo de posibilidad” nos sujetamos a nuestro fantasma (en clave psicoanalítica) para soportar la realidad esquiva e incierta que nos propone el reflejo de nuestra fragilidad. Queremos creer, nos terminamos convenciendo que lo hacemos porque lo deseamos y porque no nos queda otra, en las nuevas-viejas ilusiones de los que nos proponen gobernarnos y representarnos mejor. 


Sí aceptaremos el desafío que nos propone Nassim Taleb, desarrollaremos la posibilidad de fortalecernos por todas aquellas cosas que no pensamos que nos podrían ocurrir y que tienen más chances de que finalmente ocurran, dado que la realidad no se construye (y mucho menos una colectiva) por profecías auto-cumplidas. Es decir, nada ocurrirá por simplemente pensarlo o desearlo, básicamente porque los humanos somos contradictorios y ambivalentes por definición y constitución. Precisamente esta esencia indeterminada que nos sujeta a la égida de lo incierto, es lo que no podemos tolerar y para ello nos construimos los placebos de tolerancia, las pactos imposibles y los cotos de caza o zonas de confort que jamás serán tales, pero imperiosamente necesitamos creerlas o intuirlas de tal manera. 


Contradictoriamente, como no podía ser de otra manera, consagramos la validez o la invalidez de los actos, mediante la positividad del derecho y lo normativo. 


Es decir, sabemos que nada de lo que nos ocurre (de nacer hasta morir) tiene explicación o sentido lato ni universal, pero en el interregno de nuestras vidas, nos pretendemos manejar bajo lo que estaría bien o mal. Un ordenamiento taxativo, necesario, tal vez imprescindible, pero no justificado, teleológicamente, imposible de sostenerlo con argumentos. 


Tendríamos que estar habilitados a penar a las mayorías que votaron a gobiernos que resultaron perjudiciales para el total de los ciudadanos. Sin embargo, las mismas mayorías circunstanciales, alegarían la figura del error de prohibición invencible. 


Es decir, todos los que votamos alguna vez y seguramente, los que lo harán, tendrán encima de sí la posibilidad, sagrada de elegir mal o la peor de las opciones para gobiernos o representaciones. 


En caso de tener en claro, que el sistema democrático, no sólo no es el mejor de los posibles (desterrar este adagio nos permitirá pensar y más luego construir teóricamente para proponerlo en la práctica, sistemas mejores) sino que además propone no que elijamos a los mejores representantes o gobernantes, sino a los que menos daño nos podrán causar. 

Para los dirigentes políticos, asumir esta gran responsabilidad, los hará más criteriosos y virtuosos. 

En vez de proponernos como lo vienen haciendo, soluciones mágicas o fórmulas narcóticas, que terminan en un espiral de decepción que socava en grado sumo y progresivamente al sistema democrático, debieran pensar en estar a la vanguardia y reconocer que harán todo lo posible por dañar lo menos posible en la imposibilidad que representa el manejar todas las variables del fenómeno humano y ponerle la etiqueta de lo bueno, lo bello y lo justo. 

En caso de pretender una sociedad más democrática, el mejor sendero para ello es reconocer las faltas, las carencias, las imposibilidades y el reducido margen de acción que tenemos para actuar u obrar. En tales fugas, mientras menos daño hagamos (o nos hagamos) será más que suficiente. 

De lo contrario tendríamos (es decir sí creemos que podemos saberlo o conocerlo todo o en el afán de tal manejar el caos en vez de surfearlo) que estar penados, imputados, los que alguna vez votamos mal a representantes o gobernantes que terminaron siendo perjudiciales a las mayorías. 

La energía positiva o emocionalidad no es excluyente, la podemos y necesitamos tener, pero no bajo condición de ilusión, sino de esperanza, es decir a sabiendas que las situaciones no serán en calidad de una perfección inexistente, sino en la posibilidad de que nos haremos el menor de los daños posibles, que seguramente deba ser el más asequible y altruista fin de todo gobierno y representación. 

El pueblo, la ciudadanía, cuando pretenda, hacerse con el poder, debe ir por definir el sentido de lo justo o de la justicia, antes que elegir diputados o gobernantes, el votante, sea a través del voto o como fuese, debe elegir su forma (con jueces o de otra manera) de cómo, los intereses y las prioridades, se definen en relación al colectivo del que es parte, al contrato que lo tiene sujeto y que en letra chica y diminuta, siempre suscribe la palabra última, en donde se establece, finalmente, quiénes o quién, determinara lo que corresponde o no, y en este último caso, las penalidades que le corresponderían a los infractores o victimarios, como sustrato de lo político o de la máxima expresión del poder.


Por Francisco Tomás González Cabañas.-

De la constitucionalidad de la constitución actual.

 La controversia de larga data, en el ámbito de la filosofía del derecho, entre Hans Kelsen y Rudolf Smend, acerca de la identificación plena entre estado y derecho, esgrimida por el primero, y la interacción o dinámica entre las mismas, que arguye el segundo, no sólo que dejaron de nutrirse en el campo académico, sino que la falta de discusión percude, cuando no socava la integralidad de nuestras repúblicas, que se pretenden asentar sobre la determinación normativa de elementos sólidos como intangibles que operan como la constitución o la constitucionalidad. 



Un plexo normativo, dispuesto en la cúspide de un ordenamiento no sólo legal, sino también simbólico, no puede escapar a las interpretaciones o exégesis que cada miembro o grupo interesado le dé, sobre un determinado tema sobre el que verse o mande. 


La ortodoxia positivista que puede exigir tal imposible, se da de bruces con el afán mismo, que algo se constituya como lo primero y de allí dimane lo demás. 


A diferencia de lo que sucede con las matemáticas, en el campo de la sociedad (que no es lo social únicamente) el orden de los factores, sí altera el producto. Lo vemos en los tiempos actuales, cuando se pretende instalar el falso dilema o la exagerada cuestión acerca de la validez humana o de lo humano ante el desarrollo de la inteligencia artificial. 


En el ejemplo, de tanta actualidad, no se puede eludir que es innegable no pretender arribar a conclusiones o resultados, rápidos y efectivos, mediante el procedimiento, del algoritmo, o lo que tiempo atrás se dió en llamar razón instrumental.


Lo expresa muy claramente Jove Villares, D. En su artículo "Smend y Kelsen, estado como integración y problemas actuales": "Mientras la concepción kelseniana caracteriza a la Constitución como norma jerárquicamente superior dentro de las que componen el ordenamiento jurídico y parámetro de validez de las inferiores. La postura de Smend diseña una Constitución que es fruto del proceso de integración y, a la vez, medio y vehículo para mantener a la comunidad integrada y unida. Lo que le lleva a afirmar que, si se viera a la Constitución solamente en cuanto que norma jurídica, ésta carecería de cualquier relevancia y significado, sería letra muerta (Anu Fac Der UDC, 2020, 24: Pág. 79).


La actualidad política argentina, en relación a la tensión que genera para los otros dos poderes del estado, uno de ellos no elegido democráticamente (es decir por las mayorías o el significante pueblo), del ejercicio del poder por parte del titular del ejecutivo nacional, quién interpreta y pone en escena pública el mandato del soberano, es clara y determinante en relación a lo constitucional: La constitución de Alberdi, o sus bases o ideas más preeminentes, a las que refirió y refiere, no están presentes en la Constitución Nacional actual. 


Seguramente el Presidente de la Nación, por su formación económica, por entender el orden de prioridades a las que consagrarse en un primer término, entienda que aún no es el momento, de lo que creemos, consideramos y razonamos, es de una necesidad extrema y fundamental, de reformar la Constitución Nacional, para que en términos de Smend la misma se "integre" a los anhelos políticos que la sociedad expresó mediante su herramienta principal que es el voto popular, y que tiene todo el derecho, o mejor dicho le corresponde, de ratificarlo o en su defecto rectificarlo por la misma y fundamental vía de legitimidad, que es ni más mi menos, que el primero de los eslabones en cualquier sistema político que se precie de democrático. 


En el mientras tanto, seguirán siendo contínuas las idas y venidas, de lo que se da en llamar, apócrifamente, de la constitucionalidad o inconstitucionalidad, en el ejercicio del poder de un Presidente y su relación con el resto de los poderes, condicionado, por el mandato soberano que anida en el devenir o acontecer de sus  decisiones institucionales. 


Los teóricos, comunicadores y público en general (incluso los adeptos a ideologías, militantes de partidos o simpatizantes) pueden realizar sendos aportes en este sentido, que necesariamente será la discusión que nos debemos y que necesitaremos dar en breve. 


Lo que sucedió y suceda hasta entonces, no será más que meros formalismos que no pueden ser resueltos por ningún otro poder, hasta que el delegado por el soberano, vuelva a ser convocado, en una convención constituyente para dar su veredicto acerca de qué palabras deben tener prioridad en el reordenamiento simbólico y real que se ha dado a nivel político y que debe ser ratificado o rectificado a nivel institucional y por tanto constitucional. 



Por Francisco Tomás González Cabañas.