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Disparando de las o en las, escuelas... (Disparando de las o en las, escuelas...)

 Inmersos aún en el pánico desatado tras un caso concreto de violencia fatal en una institución educativa, debe arribar el tiempo de la reflexión serena, para luego de madurar un diagnóstico preciso, trazar abordajes probos para sortear con mayor éxito la encrucijada en la que nos encontramos.


Tal como se nos acostumbra desde lo normado, institucionalizado y luego difundido y promocionado, lo analizado hasta aquí no trasciende más allá de la orilla, de una superficialidad tan banal como criminal, que asusta y espanta. 

Las harto repetidas consultas a integrantes de la comunidad educativa (sea alumnos, padres, docentes, directivos) que no tienen mucho más que decir, que mostrar la perplejidad y el estado de estupefacción en que se encuentran, y la respuesta funcional de la administración, en el exacerbado e ineficaz punitivismo al extremo de revisar con policías las mochilas de los alumnos, no hace más que agravar el cuadro y en el mejor de los casos, brindarle una oportunidad lucrativa a emprendedores que desarrollan bolsos transparentes. 

No podemos quedarnos únicamente en la cuestión sintomática de apuntar a que un episodio violento de esta magnitud se engendra por un desafío de un juego en una plataforma en línea y creer, estúpida y peligrosamente, que cerrando la misma terminaremos con la rabia. Debemos situarnos, lo expresamos en un artículo de semanas atrás, del cuál sólo recordaremos párrafo y medio. "Un nuevo paradigma gnoseológico": De un tiempo a esta parte, el abandono paulatino de la lectura cómo hábito, cómo método de acceso al conocimiento, y por tanto como forma de estar en y ante el mundo, generó una forma distinta de saciar la natural avidez curiosa de lo humano. Condicionado por el contexto instrumental, de la velocidad de la imagen, que de la foto, la instantánea, forma videos, y vuelve en tal circuito, cómo meme, en la vorágine del reel, del scrolleo, el humano accede al conocimiento, casi pura y exclusivamente, por intermedio de millones de reproducciones que otros millones de tantos, sin ningún otro aval que no sea más que la propia voluntad, vomitan, eyaculan “contenido” de todo tipo, especie y pelaje. En tales algoritmos, que legitima la abstracción de lo numérico, sin que esto sea razonado, sopesado o pensado, vamos al encuentro, en el nuevo ámbito de lo social, que es el éter virtual de las redes compartidas, aplicaciones y todo lo que brinda la conectividad, de que nos digan qué hacer con nuestras vidas, que comer, como gozar, de qué manera se gana dinero, como vestirnos, y todo lo que signifique y represente, darle sentido a nuestras vidas, evitando el aburrimiento crítico, para que pensemos nosotros mismos, sin tutelas o con el menor de los condicionamientos, que puede representar para cada uno de nosotros, más fidedignamente el vivir". 

Con el riesgo de ser reiterativos, hasta con la mejor de las intenciones, algunos de los pocos lectores que puedan atreverse a dar lectura de estas líneas, nos pedirán que seamos menos extensos, cómo sí al productor agropecuario se le pidiera, porque sí, a los únicos efectos de un capricho, que acorte los tiempos de cosecha y que además de lo absurdo de tal petición se creyera que la misma pudiese ser cumplimentada.

La escuela como institución, como estructura (sobre todo después de Foucault) fue claramente identificada como un espacio, dónde la voluntad de poder se impartía de una forma muy directa, lineal, vertical y por tanto abrupta, cuando no violenta a nivel real, simbólica y conceptual. 

Podemos decir que en los últimos años, a partir del advenimiento de la democracia, la violencia real (sistemas de corrección que dejaron de usarse y que eran normales, como el pegarles a los alumnos con punteros, hacerlos arrodillar, atarles las manos al banco) fue desapareciendo, o en verdad, tal aspecto de lo violento, se intensificó en sus formatos de lo simbólico para últimamente, resguardarse con potencia en lo conceptual. 
 
 La escuela fue creada con una intencionalidad de ordenamiento social, de funcionalidad específica y determinada de un modelo de comunidad, que de un tiempo a esta parte cruje con mayor estruendo, no porque existan otras propuestas o modelos, sino por la ineficacia e ineficiencia cada vez más palpables y pavorosamente evidenciables. 

O disparamos de este modelo agonizante de la escuela violenta o los disparos, reales, simbólicos o conceptuales, se irán alternando dejándonos a todos inmersos en un estado de preocupación constante.

A diferencia de otros espacios que se llaman escuelas de gobierno o afectadas a poderes del estado, para mejorar en cuestiones electorales o en procedimientos, tal como nuestro nombre lo indica, nosotros a partir del pensamiento, proponemos a todos hacerlo para encontrar las razones de las primeras o últimas causas sea de lo general, como en este caso de una problemática particular.
 

Gabriela Mistral (primera mujer iberoamericana en ser reconocida con el premio Nobel de literatura) desando una poética de la educación, reivindicando el espacio del patio o las escuelas a cielo abierto (que abriría en México al ser invitada para iniciar una reforma educativa) privilegiando el entorno de lo común, el horizonte democrático y que recordamos con su definición inmortal: "Enseñar siempre, en el patio y en la calle como en el salón de clase. Enseñar con la actitud; el gesto y la palabra”. Castoriadis pondría esta decisión conceptual bajo la necesidad de crear un tiempo público, más allá del espacio institucional y regido por horas calendarios, en el sentido lato del término dimensión de lo colectivo o lo común. Recordaba que Herodoto leía sus historias en el marco de los juegos olímpicos. Una pedagogía de lo democrático para dotar la instintividad gregaria bajo una prevalencia ante prioridades comunes, que se definan bajo decisiones consensuales o mayoritarias. Simón Rodríguez, tutor de Bolívar y de Andrés Bello, el llamado “Sócrates venezolano”, alecciona acerca de la distorsión conceptual que había sufrido el aula institucionalizada. Recordaba que desde antes de los peripatéticos (los que daban vueltas) el ocio creativo  constituía el elemento central para la educación, la formación y la areté o conjunto de virtudes en la que debía nutrirse alguien para ser considerado ciudadano. Negar el ocio, o el negocio era precisamente para aquellos que debían sobrevivir en el intercambio de bienes e insumos básicos. No tardaríamos siglos, advertía Rodríguez, en la subversión de los órdenes fundamentales. La transformación de las escuelas, otrora recintos para propiciar el ocio creativo, el pensamiento, la reflexión, en dispositivos que seriadamente forman sujetos-cosificados u objetos para un mercado o para el negocio, de contar con instrumentos deshumanizados o precarizados, o amputados de tal humana condición.
Establecimientos donde se disciplina en la lógica del mando-obediencia, lucha en la que abiertamente pedagogos de la talla de Paulo Freire se dedicaría a los efectos de lograr que “se enseñe a pensar y no a obedecer”.
El patio reúne la disposición espacial como la dimensión del tiempo para lo público, tanto en una escuela, en una facultad, en una conjunto de viviendas o en un hogar mismo, el patio es el recinto en donde lo social puede recobrar sentido. Las plazas son los patios de los barrios, manzanas verdes que re-articulan la noción de un conglomerado urbano o ciudad. En la plaza, como en los patios, no hay jerarquías pre-establecidas, las posiciones se dirimen en forma dinámica y sin la imposición de sectores de privilegio o de acomodo. Sí bien no existe “la universidad de la calle”, tampoco en las universidades, las que siguen la lógica del negocio, es en el único lugar en donde se debe, se puede y tengamos que aprender.
No volveremos a pensar o actuar bajo el concepto de lo común, por estar conminados a compartir un espacio cerrado, el sentido de lo aúlico, nos dará mayores posibilidades de contagiarnos del algún virus resistente, antes que abrirnos a la posibilidad del entendimiento o la comprensión que se logra con los otros, aún tensando bajo discusiones o debates.
Es en el patio, en el afuera que reconocerá el adentro donde se debate la partida desde hace tiempo y la razón de nuestra derrota.
Así como el conocimiento no puede ni debe seguir siendo presurizado, resguardado bajo siete llaves y falsamente entregado por alguna autoridad del saber a cambio de obediencia o prioridad disciplinar, tampoco el elemento simbólico de lo educativo que es el aula, el recinto (el modelo arquitectónico del panóptico que emula la cárcel, la fábrica y el hospicio) la mochila cerrada y revisada o transparente, nos brindará sublimar la violencia que anida en la voluntad de poder, del conocimiento como elemento de legitimidad y autoridad, en un contexto dónde cada vez "sirve" menos tras el tiempo de padecerlo. 

El patio como espacio o el recreo como tiempo. Etimológicamente (recreo) es crear algo de nuevo. En el ámbito educativo, es el tiempo en donde se puede volver a interactuar sin las estipulaciones normativas dimanadas por la institucionalidad, bajo la égida del mando-obediencia y la dinámica de la autoridad disciplinar. Educados para formar parte de un mundo automatizado y tecnocrático, cada vez son más las voces que se agolpan para advertir que la educación tal como la entendemos no forma ciudadanos para una democracia que ofrezca la posibilidad de decidir. De hecho, cuánta violencia se habrá generado para que el síntoma se dispare por la consideración de algunos de ir ( o amenazar) a tales establecimientos armados.